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Por Remberto Burgos. 

De los temas más apasionantes y aún enigmáticos es el lenguaje. Nos permite compartir experiencias, sentimientos y recuerdos. Podemos crear, revolver y solucionar conflictos. Es un arma noble si lo utilizamos con el propósito con el cual se incorporó a nuestras vidas. Hay cerca de 6.500 idiomas de uso en nuestro planeta y si nos exponemos a uno de ellos podemos aprenderlo fácilmente.

Al estar en el vientre los bebés se impregnan de esos sonidos maravillosos y el cerebro, con gran flexibilidad, se va adaptando a ellos. Hablarles es un gran sentido de comunicación y contribuyen los gestos en su integración. Las palabras y acariciar el vientre, son los primeros verbos que el feto va asimilando. Es que construir una frase es un laberinto de notoria complejidad y definitivamente lo hacemos muy fácil.

Los gestos que acompañan las palabras son muy importantes tanto para el que habla como para el que escucha. Expertos dicen que en la búsqueda de los gestos se encuentran más cómodas las palabras. Las señas visuales de los padres se convierten en auxiliares de pedagogía en el idioma y son verdaderamente irremplazables. No olvidar que este es un proceso que necesita toda clase de estímulos y el acompañante visual es de primera línea. Sin duda: el lenguaje es más que convertir sonidos en palabras.

El estudio de la evolución en el lenguaje nos ha enseñado muchas lecciones. Expertos en neurolingüística demostraron por ejemplo el significado de los gruñidos de los chimpancés. Estos grandes simios modulan su lenguaje: gruñidos largos y agudos indican que la comida encontrada es muy buena. Cortos y graves que no es tan apetitosa. Los ásperos para decirles a los compañeros de la manada que se encontró la codiciada comida. La vida y el desenvolvimiento colectivo exigen una comunicación y esto que los magnos monos hacen cumple su objetivo.

Las dificultades en el lenguaje se conocen como afasias. Hay dos principales: expresiva o motora y receptiva o de comprensión. Ambas interesantes pero la motora ingresó a la historia neurológica con el paciente que entendiendo todo solo podía articular la sílaba “tan”. 

Este enfermo permitió localizar el área afectada y en forma sucesiva se fueron detectando las diversas focalizaciones neurológicas. Ingresó el hemisferio dominante en nuestro vocablo y entendimos las diferencias semiológicas entre una lesión izquierda o derecha. Cada dos minutos un paciente padece un ictus y de estos enfermos con infarto cerebral la mitad tiene alteraciones en el lenguaje. Dicen los investigadores que la limitación funcional de la afasia solo la supera el cáncer y el Alzheimer. Más aún, aprender varios idiomas es una vitamina contra la demencia. Cuando se presenta una lesión del lenguaje se pierde lo último aprendido.

De los recuerdos imperecederos y llenos de memoria apesadumbrada lo viví en mi casa. Mi padre aficionado a los animales tenía un canario el cual se consentía por todos los miembros de hogar. Vivía en una jaula grande y comida fácil, por la noche se abrigaba protegiéndolo con una sábana. En la mañana mientras se cambiaban los utensilios de la comida empezaban los trinos más lindos y mi viejo le hacía eco. Cuando mi padre enfermó y falleció algo sucedió: el canario dejó de cantar. Se estimuló sin ningún resultado: el gorgoteo y canto se habían ido. Se dejaba la puerta de la jaula abierta y salía, pero volvía. A las dos semanas lo encontraron muerto dentro de la jaula. El factor emocional tiene un papel preponderante en el desarrollo y la presteza del lenguaje.

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Columna El Heraldo

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