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María J. García-Rubio, Universidad Internacional de Valencia and Begoña Albalat Peraita, Universidad Internacional de Valencia

Raúl, de 35 años, ha acudido a la comida de navidad de su empresa. Cuando comienzan a servir los entrantes, no prueba nada. El plato principal es carne con patatas fritas, pero Raúl deja la carne intacta en el plato. Finalmente, llega el postre (variado) y nuestro protagonista se lleva una bola de helado a la boca.

En resumen: de un menú de seis o siete platos, Raúl solo ha dado cuenta de la mitad. Cuando le preguntan, admite que hay alimentos que no le gustan o que no tiene costumbre de comer. ¿Qué le ocurre a Raúl? ¿Está a dieta? Pero entonces no se habría decidido por la bola de helado ni por las patatas…

Quizá usted haya conocido otras personas con un comportamiento similar. Si les hiciéramos una entrevista a sus padres, probablemente nos dirían que desde pequeño era “muy especial” con la comida. A lo mejor su dieta ha consistido básicamente en chocolate y patatas hasta la adolescencia o la etapa adulta.

 

Un menú muy limitado

Raúl padece un trastorno restrictivo de la alimentación, un problema aún poco conocido. En España también se usa el término “comedor selectivo” y fue incluido por primera vez en el el manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales (DSM V) con el nombre en inglés de avoidant/restrictive food intake disorder (ARFID).

Quienes lo sufren se caracterizan por elegir específica y estrictamente ciertos alimentos, guiados sobre todo por sus características sensoriales (color, forma y, especialmente, textura).

Esta restricción es tan exagerada que en el menú diario de los afectados apenas tienen cabida entre 5 y 10 alimentos. Además, experimentan aversión por incorporar productos diferentes, lo que interfiere en el día a día del paciente con este diagnóstico.

 

¿En qué se diferencia de los otros trastornos alimentarios?

En primer lugar que este comienza en la primera infancia, y con más frecuencia en niños que en niñas. Su tasa de prevalencia se sitúa en una horquilla muy amplia, entre el 1,5 % a 23 %. Los comedores selectivos siguen siéndolo en la etapa adulta, aunque lo suelen camuflar bastante bien en su entorno menos próximo.

Pero la principal diferencia con otros trastornos más conocidos (como la anorexia nerviosa) es que la decisión que rige la ingesta de unos u otros alimentos no atiende a las calorías ni tiene que ver con la preocupación por el propio aspecto físico. Y precisamente este rasgo obstaculiza la detección del problema en la mayoría de casos.

Cuando una persona viene a terapia por padecer un trastorno de conducta alimentaria, generalmente la voz de alarma viene de fuera, porque quien lo padece no es consciente de su gravedad. Son las personas de su entorno, como sus familiares, quienes piden ayuda al notar que existe un comportamiento anómalo con la comida.

En cambio, el comedor selectivo puede pasar fácilmente inadvertido al atribuirse erróneamente su comportamiento a una simple cuestión de gustos o capricho. Y eso supone un retraso en el diagnóstico y en el tratamiento.

 

Causas y consecuencias

Algunos estudios que han explorado los factores de riesgo de este trastorno lo han vinculado con problemas emocionales, de apego y de ansiedad. También se ha encontrado que el temperamento del niño (por ejemplo, una tendencia a la impulsividad o a la hiperactividad) puede provocar su aparición en etapas tempranas.

Trabajos más recientes han propuesto una predisposición genética. Específicamente, se ha vinculado con la presencia de un polimorfismo en un gen, diferente al encontrado en los análisis genéticos de otros trastornos de la conducta alimentaria.

Otros estudios han demostrado que los adultos diagnosticados como comedores selectivos presentan una mayor tendencia a tener problemas de crecimiento, hormonales y deficiencias nutricionales.

En cuanto a las consecuencias psicológicas, podemos comparar este trastorno a una fobia. Imaginemos a alguien con miedo a las tormentas; un miedo tan agudo que cuando hay tormenta no puede salir de casa ni hacer cosas con otras personas. A veces, incluso basta con que piense que puede haberla para que su estado de ánimo se altere y aparezca la ansiedad anticipatoria. Ya no disfruta de las cosas: solo está pensando en cuándo empezarán los truenos y relámpagos.

Ahora, imaginemos que esa persona viviera en un lugar donde caen tormentas al menos tres veces al día. Pues así es la convivencia con la ansiedad de una persona con un trastorno de la conducta alimentaria. Para esa evitar desazón, su tendencia natural será sortear las situaciones donde pueda aparecer. ¿Y qué significa eso? Que los afectados limitan su contacto social.

Así pues, el problema del trastorno restrictivo de la alimentación no es únicamente la ansiedad que provoca el hecho de enfrentarse al momento de comer. Además, tiene consecuencias que pueden llevar a la depresión o la ansiedad social, igual que les ocurre a quienes padecen trastorno de conducta alimentaria en general.

 

¿Qué podemos hacer?

En la actualidad existen diversos planes de concienciación y prevención de los trastornos de la conducta alimentaria. Sin embargo, el origen y tratamiento del trastorno selectivo aún no se han definido suficientemente. Se requiere más investigación e intervención para entender mejor las causas, los síntomas y las posibles actuaciones clínicas cuando nos encontramos con un caso como el de Raúl, que no se dejaba la comida en el plato por capricho.The Conversation


María J. García-Rubio, Codirectora de la Cátedra VIU-NED de Neurociencia global y cambio social – Miembro del Grupo de Investigación Psicología y Calidad de vida (PsiCal) – Profesora de la Facultad de Ciencias de la Salud de la Universidad Internacional de Valencia, Universidad Internacional de Valencia and Begoña Albalat Peraita, Psicología General Sanitaria, Universidad Internacional de Valencia

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

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