Hay dos sectores del ámbito laboral que han estado agobiados por exceso de trabajo en estos días: el de la salud y el de los sepultureros, sobre todo en ciudades como Nueva York, Guayaquil y São Paulo, donde la muerte se ha enseñoreado a causa de la pandemia de covid-19, que presumo será conocida en los años venideros como la ‘pandemia asesina 2020’. Aún no sabemos cuál será la magnitud del obituario por su causa. Seguramente podrá equipararse al de algunas de las grandes guerras que han azotado a la humanidad a lo largo de su historia.
A la joven periodista le causó curiosidad el hecho de que las muchas mesas que antes alojaban cadáveres para la docencia estuvieran vacías. De su investigación concluyó que lo están no porque falten muertos, sino porque desde el año 1991, en la nueva Constitución Política quedó consignado que vivos y muertos tienen derechos, y uno de ellos es que se respete su integridad física. Esto llevó a que para contar con material humano destinado a la enseñanza de la anatomía se requiera que los ya cadáveres hayan donado en vida su cuerpo en beneficio de la ciencia, a través de un documentado llamado ‘consentimiento informado’. Explicable, entonces, que la formación anatómica de los pichones de médicos se venga haciendo preferencialmente de manera virtual: en láminas, en simuladores, o en cibercadáveres.

La muerte no es solo un asunto biológico; es también un fenómeno complejo de raigambre personal, pues nos vamos a convertir en cadáver, que significa “carne entregada a los gusanos”, como que esa palabra es un acrónimo originado en tres términos latinos apocopados: caro data verminibus.

Por ser cada día más frecuente la moda de cremar los cadáveres, los gusanos tienen menos oportunidad de nutrirse en los camposantos. Igualmente, para los estudiantes de medicina queda birlada la oportunidad de aprender a lo vivo (en este caso, ‘a lo muerto’) la materia vertebral de su profesión. Para Claudio Galeno –uno de los padres de la medicina occidental (siglo II de nuestra era)–, un médico sin solvencia anatómica es un arquitecto sin planos.En efecto, el cadáver tiene mucho que enseñar. Parodiando al poeta norteamericano Walt Whitman, los médicos cerramos los ojos a los muertos, pero estos nos los abren a nosotros. En condición de iniciados, nuestro primer maestro es un sujeto muerto, dado que el conocimiento en profundidad del cuerpo humano es, en gran medida, lo que nos hará doctos.

Más de una vez, en mi época de estudiante universitario, cuando miraba sobre las mesas los cadáveres que habíamos diseccionado, pensaba que a los que nos aprovechábamos de ellos se nos podía comparar con los buitres, pues estábamos alimentando con carroña nuestra penuria de conocimientos. Y pensaba así recordando la tragedia griega Antígona, en la que Sófocles da testimonio del significado de deshonra y castigo que aparejaba dejar insepulto un cadáver, no tener consideración de él. Por razones políticas y como escarmiento, Creonte, rey de Tebas, prohibió mediante un edicto que el cuerpo de Polinices fuera enterrado, para que se convirtiera en carroña. Quien contrariara esta ley sería considerado reo de muerte y lapidado públicamente. Antígona, hermana de Polinices, amparada por las leyes no escritas de los dioses, decidió contrariar a Creonte y dar sepultura al cadáver fraterno, a costa de su propia vida. Quiso así devolverle la dignidad requerida para entrar en la región de Hades, en el reino de la muerte.

Como corolario de mi escrito: hoy los planos no se hacen a mano, sino en computador.

Académico Honorario Fernando Sánchez Torres. Columna del diario EL TIEMPO.

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Internista-Endocrinólogo. Miembro de Número de la Academia Nacional de Medicina, Fellow del American College of Physicians y Miembro Honorario de la Asociación Colombiana de Endocrinología, Diabetes y Metabolismo. Editor Emérito de la Revista MEDICINA. Editor de Noticias, portal de la Academia www.anmdecolombia.org.co