Académico Luis María Murillo Sarmiento, Miembro correspondiente Academia Nacional de Medicina.

Menos polémica que el aborto provocado, la práctica de la eutanasia, con una antigüedad contraria a la percepción de ser una concepción reciente, es un tópico sensible que bajo un ropaje de compasión y humanidad alberga profundas contradicciones con el que ha sido por siglos el propósito de la medicina: cuidar y defender la vida. 

Pero más que abordar en este escrito la polémica de la eutanasia, que en mi reconoce a un médico comprensivo de la angustia de quien la solicita, que pone todo su empeño en el cuidado paliativo; al no tener corazón para aplicarla, quiero navegar en las aguas de la historia en pos de hechos que demuestran la existencia desde la antigüedad de un pensamiento proclive a terminar la vida. 

La muerte sin sufrimiento físico es un justo anhelo. ¿Quién puede no desear una buena muerte? Pero no por adelantarse en prevención de sufrimiento, no por retrasarse prolongando la vida encarnizadamente (distanasia), no por interrumpir tratamientos para que la muerte ocurra sin intervención ni ayuda (ortotanasia) la muerte es necesariamente buena. 

Tiene la eutanasia mucho de suicidio. Bien puede pensarse en ella como un suicidio mediante mano ajena. Discurren ambos por un idéntico camino: la muerte por la propia voluntad, pero difieren por quien la lleva a cabo. No obstante, hay una distancia abismal entre sufrir la muerte y provocarla. Y más aún, si en vez de la eutanasia compasiva nos referimos a la eutanasia eugenésica que no tuvo cabida solamente en la Alemania nazi. Siglos atrás los espartanos ya habían hecho rodar por el Taigeto a los niños malformados. Siglos atrás, IV centuria a. C, Aristóteles consideró lícito el abandono de los recién nacidos deformes y Platón en La República, dejar morir a quienes corporalmente no eran sanos. Para los estoicos la mutilación y la enfermedad incurable y dolorosa fueron motivo del suicidio y la eutanasia.

Como término, la eutanasia apareció en el siglo I en un escrito del historiador Cayo Suetonio, siglos después de que la idea hubiera ocupado la mente de muchos pensadores. Plinio el Viejo, escritor y militar romano en ese mismo siglo, elaboró la lista de las enfermedades a considerar motivo de eutanasia. Entre los musulmanes, Averroes (siglo XII), médico y filósofo, también la defendió con ahínco entre los judíos y los cristianos, en los que por el contrario, no tenía cabida. 

Muy afines han sido suicidio y eutanasia. Lucio Anneo Séneca, suicida inmortal del siglo I antes de Cristo, fue defensor de la eutanasia. y escribió en sus cartas sobre terminar la vida: “No se debe querer demasiado a la vida ni odiarla demasiado, sino buscar un término medio y ponerle fin cuando la razón lo aconseje”.

Desde el punto de vista médico, redactado por Hipócrates o sus discípulos, el juramento que lleva su nombre, anterior a Séneca, se ha perpetuado por más de 20 siglos. En él la vida humana es objeto de absoluto respeto. Dice el juramento: “Jamás daré a nadie medicamento mortal, por mucho que me soliciten, ni tomaré iniciativa alguna de este tipo. Por el contrario, viviré y practicaré mi arte de forma santa y pura”. En 1948 inspirado en el hipocrático, la Convención de Ginebra redactó un juramento que tradujo el anterior precepto en “Tendré absoluto respeto por la vida humana”. Adoptada la Convención de Ginebra por la Asociación Médica Mundial, esta promete hoy al respecto “VELAR con el máximo respeto por la vida humana”. 

La existencia humana, vista habitualmente por el médico a través de la historia como un absoluto que tiene a cuidado, ha sido relativa dependiendo de quien la sufra o la disfrute. 

En 1516, Tomás Moro, el santo, se refirió a la eutanasia en Utopía, su obra cumbre sobre un Estado Ideal. Los habitantes de su imaginaria isla aplicaban la eutanasia a los enfermos incurables y el autor la consideró un acto de sabiduría, religioso y santo. Años después, pero aún en el Renacimiento, Francis Bacon consideró como función del médico aliviar el sufrimiento, incluyendo en ella no solo la curación, sino la muerte. Y dio a la eutanasia el significado actual de apresurar la muerte del enfermo. 

En el siglo XVIII David Hume puso en duda los mandatos religiosos que impedían la eutanasia. Argumentó al respecto: “Si disponer de la vida humana fuera algo reservado exclusivamente al Todopoderoso, y fuese infringir el derecho divino el que los hombres dispusieran de sus propias vidas, tan criminal sería el que un hombre actuara para conservar la vida, como el que decidiese destruirla».

Por compasión o sin ella y desde hace muchos siglos, el hombre ha causado o propiciado la muerte de sus congéneres para evitarles el dolor de la enfermedad, el peso de sus malformaciones o para “misericordiosamente”, en las guerras, rematar a los heridos. 

En las culturas precolombinas hierbas, humo y estricnina ayudaron al “buen morir” de los enfermos. Y aun cerca de nuestros días el despenador quitaba el sufrimiento a los desahuciados rompiéndoles las vértebras cervicales y causándoles la muerte. Es parte de la tradición peruana contada por Ricardo Palma. También hubo despenadores en Uruguay y en Argentina.

Los primeros movimientos proeutanasia se dieron en el siglo XIX y alcanzaron su objetivo con la legitimación de la eutanasia en Holanda (2001), primer país que la legalizó en el mundo. En 1938 se fundó la «Eutanasia Society of América» cuya meta era legalizar el suicidio para los enfermos terminales con asistencia médica.

La eutanasia también fue abriéndose paso en el mundo subrepticiamente. Así, en Zúrich, en 1975, el médico Urs Peter Von Haemmerli Hackelthal, aduciendo sobrecupo hospitalario, suspendió la alimentación artificial y los medicamentos a los enfermos terminales provocándoles la muerte. Michaela Roeder, enfermera alemana, en los ochenta ocasionó la muerte mediante inyecciones letales que simularon una afección cardíaca a 17 enfermos terminales. Pasó a la historia con el apelativo del “Ángel de la muerte”. “Doctor muerte” fue apellidado Jacob Kevorkian, el médico estadounidense que en aventura semejante terminó en la cárcel. Más de un centenar de eutanasias asistió desde 1990 en enfermos no siempre terminales con la ayuda de dos máquinas, Thanatron y Mercitron, para el suicidio asistido mediante la autoadministración de fármacos letales, la primera, y para inhalación de monóxido de carbono, la segunda.

La historia de la eutanasia inquieta, no sabemos hasta donde los que la padecieron fueron felices con su muerte, ni cuántos sufrieron una imposición que no era su deseo. Su evolución abarca de la antigüedad a la modernidad, del debate moral a la imposición jurídica, desde la compasión al crimen, y a pesar de los debates nunca se lograrán acuerdos, porque es un asunto que toca la conciencia de los hombres en las que residen principios que son irrenunciables.

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Internista-Endocrinólogo. Miembro de Número de la Academia Nacional de Medicina, Fellow del American College of Physicians y Miembro Honorario de la Asociación Colombiana de Endocrinología, Diabetes y Metabolismo. Editor Emérito de la Revista MEDICINA. Editor de Noticias, portal de la Academia www.anmdecolombia.org.co

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