Ha sido la amabilidad -y tal vez la audacia- del doctor Hugo Sotomayor Tribín, la que me tiene aquí en el papel de recordar algunos episodios de la formación del criterio pediátrico en nuestra ciudad. La idea original, si mal no entendí, pudo haber llegado hasta intentar un recuento histórico de la pediatría en el Departamento de Córdoba, un cometido que, a todas luces, y por falta de un registro bibliográfico riguroso, me era imposible. No sólo no contamos con fuentes de información confiables sino que, por lo demás, yo no estoy preparado para reconstruir con un sentido académico acontecimientos remotos, labor ésta que les corresponde con exclusividad a los historiadores. Así las cosas, y haciendo previamente un sobrevuelo breve por algunos hitos de la Historia de la Medicina, me dedicaré a hacer memoria sobre algunos hechos y situaciones que, al menos para mí, han constituido una huella o un legado individual y colectivo dignos de tenerse en cuenta en el campo de la pediatría local, no sin antes advertir y explicar que agradezco el honor que se me ha conferido, y que por ningún motivo lo voy a interpretar como el preaviso que les dan a quienes en la profesión médica ya no tienen nada más que decir.

Dos mil quinientos años han transcurrido desde los tiempos en que Hipócrates decía que la mayor parte de las dolencias de la infancia concluían, unas en el término de cuarenta días, otras en el de siete meses, otras en el de siete años y las otras al entrar a la pubertad, pero que las que se mantienen reacias y no desaparecen en esta época ni en las muchachas con la evacuación menstrual, suelen durar toda la vida.

No cabe duda de que padecimientos como las diarreas prolongadas o la dermatitis atópica, la fiebre tifoidea y algunas enfermedades autoinmunes caben dentro del aforismo hipocrático, pero no es posible atribuirle una sapiencia completa al sólo reconocimiento de la evolución natural de la enfermedad; por aquellos días todavía faltaba mucho camino por recorrer en cuanto a la identificación del origen de nuestros males, sus mecanismos fisiopatogénicos y su tratamiento apropiado. No se crea, sin embargo, que la atención a los niños constituyó desde el principio un asunto prioritario. Éstos, cuando muy pequeños, eran vistos como una prolongación del binomio materno-fetal, y los mayores eran percibidos como adultos en miniatura, de tal suerte que la medicina infantil propiamente dicha, de la que hay infinidad de referencias sueltas en la Historia de la Cultura, no vino a ser un cuerpo de doctrina organizado, por decirlo de alguna manera, sino muchos siglos después de aquellas iniciales peripecias perinatológicas y de aquellos reduccionismos antropomórficos que cometía la medicina general.

Hagamos salvedad de los Papiros de Berlín, el texto de conjuros y exorcismos más antiguo de que se tenga noticia, escrito 1.450 años antes de Cristo, referido al manejo de madres e hijos y a la protección de los niños, y demos un salto que pase por encima de Sorano, el médico de Asia Menor que ejerció en Roma el cuidado materno-infantil a finales del siglo I de nuestra era, y que nos lleve a Thomas Phaer, un abogado y médico londinense que escribió en el siglo XVI un libro sobre los niños en el que hablaba de los terrores nocturnos, de cómo facilitar la salida de los dientes y de que mover en exceso a los lactantes después de tomar el alimento puede causarles vómito, para darnos cuenta del abismo que existe entre las preocupaciones y cuidados generales que motivaban en la antigüedad las atenciones de la salud infantil y la aparición de la palabra Pediatría, la cual vino a darse apenas en 1.722, a propósito de una publicación que hiciera Theodor Zwinger, un profesor de anatomía de la Universidad de Basilea.

Antes de llegar a Zwinger, desde luego, se podría hacer un acopio de innumerables autores y médicos dedicados al cuidado del niño sano y enfermo, pero la relación minuciosa de nombres y fechas no es el objetivo de estos apuntes. Lo que ahora nos ocupa es menos fatigoso y más cercano.

La primera cátedra de pediatría que existió en Colombia la dictó en Bogotá en 1.881 el doctor Gabriel J. Castañeda, quien no era pediatra. El primero que ostentó tal título fue el doctor José Ignacio Barberi, quien estudió en Londres y fundó el Hospital de la Misericordia en 1.906. Lo curioso es que mientras en Europa la separación definitiva entre la medicina infantil y la medicina interna se produjo formalmente en 1.931 al fundarse la Sociedad de Pediatría de Berlín, ya en 1.917 se había fundado la Sociedad Colombiana de Pediatría con sede en Bogotá, y en 1.924 la Clínica Noel en Medellín, ciudad a la que también le cupo contar con las luces del doctor Gustavo González Ochoa, quien se había especializado en pediatría en Nueva York y quien impulsó la creación del Hospital Infantil San Vicente de Paúl, hecho que se dio en 1.961.

Y mientras tanto, ¿qué pasaba en Montería?

En la década de los 50 del siglo pasado, en nuestra ciudad se hallaban ejerciendo la medicina infantil los doctores Julio Baquero Movilla, Miguel Lengua Puche y Álvaro Bustos Berrocal. Después llegaron Charles Brunal Echenique, Alfonso Abuchar Rumié, Daniel Anaya López, Roberto y José Puello Guzmán, y Antonio Bula Bula. Posteriormente vinieron Manuel Vicente Arias, Orto Florez Gómez, Ayres Caballero García y Luis Manuel Mendoza, cuya formación en cirugía infantil significó un gran avance en la atención integral de los pacientes pediátricos. Todos fueron sembrando lo que podríamos llamar el talante pediátrico de nuestra comarca, que por la diversidad de lugares donde ellos se habían instruido goza en sus orígenes de una enriquecedora variedad de perfiles y matices en los que el dogma no tuvo la oportunidad de arraigar. De hecho, múltiples influencias mexicanas, argentinas, antioqueñas, cartageneras y vallecaucanas han marcado el sendero por el que ha discurrido el ejercicio de la pediatría en Montería. Cada uno le imprimió a sus actos y a sus discernimientos un concepto propio del deber y una constante búsqueda de nuevas y más sólidas certezas en beneficio de la comunidad.

Pero unos recuerdos como estos no podrían pasar por alto la existencia de referencias concretas a la actividad intelectual de quienes nos precedieron. A mí me consta que la mayoría, con los altibajos propios de las circunstancias personales de cada uno, fueron asiduos participantes de congresos y simposios nacionales o regionales, y que con acierto y diligencia algunos dictaron conferencias o hicieron parte de mesas redondas en las que se desempeñaron con solvencia y gallardía. Ha sido para mí poco grato, sin embargo, no hallar más que tres publicaciones, una periodística y dos médicas, en las que uno de los miembros de ese grupo de fundadores ya enumerado tuvo una actuación protagónica.

En efecto, antes de tener la oportunidad de ir a hacer un curso de pediatría en el Hospital Infantil de México, Álvaro Bustos Berrocal, como Director de Higiene Municipal, se vio envuelto en una polémica alrededor de los cítricos. El episodio salió publicado en la revista Semana del 31 de Agosto de 1.953, y el corresponsal en Montería, Rafael Yances Pinedo, se refirió así al tema: “En los más antiguos textos de geografía colombiana aparece siempre Montería como un poblado dentro de un bosque de naranjos. Luis Striffler, autor de un libro sobre el Sinú escrito hace más de cien años, presenta a la capital de Córdoba como una mísera aldea, pero anota la presencia de los cítricos. Después, Felipe Pérez, Ángel María Díaz Lemos, los Hermanos Cristianos y demás geógrafos nacionales no dejaron de ponderar los zumos de la naranja monteriana, y esa fama injustificada obligó a muchos agricultores regionales al cultivo de esos árboles asiáticos de la familia de las auranciáceas. Desde hace pocos años, para confirmar las afirmaciones del ingeniero francés y de los geógrafos autóctonos, Montería es uno de los municipios productores de naranjas. Centenares de familias derivan el diario sustento de esos cultivos, y los agrónomos, a través de injertos, hacen toda clase de combinaciones en busca de un mejor tipo de naranja que ofrezca más dulce y jugosa pulpa, más diámetro, una especie de mezcla entre la mandarina y la zajarí. Sin embargo, cuando las cosas iban de ese tamaño, Álvaro Bustos Berrocal inició una campaña en contra de los cítricos y a favor de la guayaba, el marañón y el anón. De acuerdo con los boletines, instrucciones y amonestaciones de la Dirección Municipal de Salud Pública, la naranja contiene una modesta cantidad vitamínica en comparación con las mirtáceas, terebintáceas y anonáceas. Semejante campaña viene, naturalmente, provocando perplejidad entre una ciudadanía acostumbrada a los prodigios de la naranja y a las ventajas de su cultivo y comercio. Viejos prejuicios le imputaban a la guayaba el origen de la apendicitis, al marañón el de la laringitis y al anón el de la amigdalitis. Dueños de parcelas cultivadas de naranjeros no saben si cancelar sus antiguas tareas agrícolas por el descenso en los precios de la naranja. Otros proyectan el cultivo de las nuevas frutas recomendadas. En las heladerías los jugos de guayaba, anón y marañón adquirieron inopinada demanda y precios exagerados. Álvaro Bustos Berrocal anda feliz por el buen éxito de su campaña antinaranjista”.

En el número de Julio de 1.955 de la revista UNIDIA, dirigida en Bogotá por los doctores Alfonso Vargas Rubiano y Heriberto Kraus, aparece una disertación del mismo Bustos Berrocal sobre una disputa que se dio en aquel entonces entre diversas escuelas de pediatría del continente alrededor de la palabra Kwashiorkor, la cual era denostada en dicho escrito con base en su restringido significado dialectal, puesto que en la Costa de Oro africana Kwashiorkor quiere decir “pelo rojo” y en el caso de la desnutrición proteica el síndrome clínico va mucho más allá de una simple decoloración capilar. Cosas de la semántica, diríamos ahora, pero en la Colombia de aquellos tiempos todavía se procuraba preservar la pureza del idioma.

El tercer hallazgo es muy posterior, y tuvo una decisiva influencia en el estudio de la etiología bacteriana de las diarreas del lactante en nuestro terruño. En la compañía de Miguel Lengua Puche, Héctor Espinosa Vellojín e Isaac Ealo Román, Álvaro Bustos Berrocal presentó en el VIII Congreso Colombiano de Pediatría que se realizó en Medellín en 1967, el trabajo al que hago referencia, el cual arrojó los siguientes resultados: Escherichia coli enteropatógena: 8.5%; Shigella: 10.8%; y Salmonella: 5.4%. Obviamente, por aquellos días nada se sabía de Escherichia coli toxigénicas e invasoras, de Escherichia coli enterohemorrágica, enteroagregativa y enteroadhesiva, ni estaban en el candelero de la popularidad los Campylobacter, las Yersinia ni el Clostridium difficile.

A todas estas, la pediatría de Montería se nutría de los conocimientos y de la experiencia de ilustres visitantes del interior del país que fueron asiduos en los eventos que aquí se organizaban con regularidad. Destacaría, por el carácter de pioneros que tuvieron en sus respectivas especialidades, a los doctores Ernesto Plata Rueda, Hugo Trujillo Soto, Jorge Holguín Acosta y Bernardo Ochoa Arizmendi.

No continúo con alusiones particulares a las actividades pediátricas de las generaciones posteriores porque me haría prolijo. Prefiero mirar en perspectiva lo que ha ocurrido a partir de 1.980, sólo para resaltar la apertura del Programa de Medicina en la Universidad del Sinú -Elías Bechara Zainúm- en 1996, la acreditación de alta calidad de dicho programa en Enero de 2.014, la aparición en 2.002 de la revista MEDICINA (ISSN 1692-0880), órgano de divulgación de la Facultad de Ciencias de la Salud de dicha universidad, la publicación de algunos libros de mi autoría que contienen temas de pediatría, infectología, bioética, ensayos, cuentos y crónicas culturales, y el comienzo de la Especialización en Pediatría en Marzo de 2.015.

Lo que sí puedo decirles es que no hemos escapado a los vientos del progreso técnico y a los ímpetus de las recientes prácticas que vinculan a la salud con el lucro. Desde entonces nuestros problemas son otros: el uso no restrictivo de métodos diagnósticos, el incremento sostenido de la resistencia bacteriana, la subordinación médica al imperativo tecnológico y la pérdida del profesionalismo, el cual ha venido naufragando en pro de intereses personales y mercantiles inconfesables.

En este punto es necesario recordar que el hombre puede ser especialista, la ciencia no, como afirmaba don Gregorio Marañón. Un especialista puede ser inculto y eso no le quita su rango; puede desconocer las condiciones históricas y las bases culturales de la perduración de la ciencia, y tal vez eso, haciéndolo caer en la tentación de la vanidad, le haga pensar que su pequeña porción de conocimientos es el centro del universo, pero así nunca entenderá que en la prosecución de la verdad científica importa más lo que se descarta que lo que se descubre, porque el objeto de la ciencia no es tanto la invención de modas y normas como la búsqueda de una mayor lucidez intelectual y ética.

Cómo quisiera yo que, para justificar un lugar en la pequeña historia que nos ha tocado vivir, las actuales generaciones de pediatras tengan en cuenta que la medicina, a pesar de todo, es una profesión, no una ciencia en un sentido estricto, y que nuestro deber más importante es aliviar el sufrimiento y ayudar a resolver los problemas del enfermo de manera sencilla o difícil, pero siempre a partir de una actitud compasiva, lo que implica en primer término el reconocimiento de nuestra  propia falibilidad, y en segunda instancia un sincero respeto por las expectativas del enfermo y su familia, a la que muchas veces hay que persuadir de la inutilidad de nuestro esfuerzo y de que la vida sólo vale la pena vivirla en unas condiciones tales en las que podamos amar y ser felices, al menos en algún momento de nuestra existencia.

                                                                                         Bibliografía

  1. Giuseppe Genta Mesa. Anotaciones para una historia de la pediatría y la puericultura. IATREIA, Vol. 19 No 3, Septiembre 2.006
  2. Gunter Seelmann E. Apuntes de la historia de la pediatría. Hospital de Talcahuano, Chile.
  3. Rafael Yances Pinedo. Revista Semana. Vol. XV No 358, pág. 10, Agosto 31, 1.953
  4. Álvaro Bustos Berrocal. Desnutrición vs. Kwashiorkor. UNIDIA. Año IV No 12, Bogotá, Julio 1955
  5. Memorias. VIII Congreso Colombiano de Pediatría. Teatro Pablo Tobón Uribe. Medellín, Colombia, 1.967

Breve Historia de la Pediatría en Montería. Autor Academico Álvaro Bustos González. Decano, Facultad de Ciencias de la Salud. Universidad del Sinú – Elías Bechara Zainúm, Montería. Presidente del Capítulo Córdoba, ANM.

La fotografia muestra una vista nocturna de la Ronda del Rio Sinu, una de las atracciones turisticas de la ciudad de Monteria en Colombia.

 

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Internista-Endocrinólogo. Miembro de Número de la Academia Nacional de Medicina, Fellow del American College of Physicians y Miembro Honorario de la Asociación Colombiana de Endocrinología, Diabetes y Metabolismo. Editor Emérito de la Revista MEDICINA. Editor de Noticias, portal de la Academia www.anmdecolombia.org.co