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Por Fernando Sánchez Torres

Cuando asisto a unas honras fúnebres eclesiales, junto con las campanas resuenan en mis oídos las palabras del poeta inglés John Donne (1572-1631): “Toda muerte me afecta. / No preguntes por quién doblan las campanas, / lo hacen también por ti”. En términos simples, la muerte de otro es un recordatorio de que la muerte también nos toca. Ahora, viviendo la década de los noventa, trato de eludir los sepelios para no oír el doblar luctuoso de las campanas. Sin embargo, las escucho, asordinadas, pero las escucho, y pienso para mis adentros que lo que trato es de ignorar a la Señora Muerte, no obstante sentir que me respira en la nuca en todo momento.

Consciente de que estoy viviendo tiempo extra, y teniendo al frente mi espectro, reflexionar sobre mi propia muerte es cosa inevitable. Mis hermanos y mis amigos del alma ya han partido casi todos. Me doy cuenta de esa realidad cuando noto la necesidad de aquellos momentos felices que disfruté en su compañía y que no los puedo revivir. Advierto entonces que mi compañía es la soledad, divago y pienso en el final, en que no está lejano en razón a mi apolillada fe de bautismo y a mi corazón arrítmico.

Dado que la muerte no tiene intermitencias –como en la novela de ficción de José Saramago–, con resignación acepto que me moriré ineluctablemente un día de estos. En su libro Core, el médico polaco Andrzej Szczeklik registró: “La muerte no llega de fuera, está dentro de nosotros. Un día cualquiera nos la encontramos como nos encontramos algo olvidado en el bolsillo del abrigo de invierno”.

Es risible saber que hay quienes aspiran a vivir eternamente. En 2014 había un millar de muertos encapsulados, a la espera de volver a vivir dentro de 150 años, según cálculos de los que ofrecen tal oportunidad. En el mundo hay cuatro compañías que venden esos servicios, por si alguien estuviera interesado: Cryonics Institute (CI), en Michigan; Alcor, en Arizona; KrioRus, en Rusia. En España, el Instituto Europeo de Criopreservación (Iecrion) se ocupó de organizar el primer cementerio de cadáveres humanos congelados, vitrificados tridimensionalmente, en cápsulas especiales llenas de nitrógeno líquido.

El procedimiento cuesta en los Estados Unidos cerca de 200 mil dólares; uno de los requisitos es tener entre 18 y 40 años. En 2014 la lista de aspirantes llegaba a dos mil. Entre estos –y como una excepción, pues tenía 91 años–, figura el estadounidense Robert Ettinger, inventor del procedimiento, quien falleció en 2011 y pidió ser congelado para que fuera revivido algún día.

No obstante ser la muerte un tema muy serio, en torno suyo circulan noticias que suscitan risa, como la anterior y como esta: la Funeraria Betancur, de Medellín, en asocio de la compañía aeroespacial norteamericana Celestis, ofrece una morada final en el espacio, teniendo en cuenta que los vuelos espaciales son una realidad. El programa se denomina “Cenizas al espacio”, con tres modalidades: las cenizas viajan a la estratosfera, retornan y caen al mar, por el módico precio de cinco mil dólares; si la cápsula orbita indefinidamente, vale el doble; en la tercera, que es la más costosa –50 mil dólares–, las cenizas serán depositadas en la Luna.

Por supuesto que la muerte también es tomada en serio. En 2020 la Asociación Americana para el Avance de la Ciencia reunió en Seattle, Washington, a un centenar de científicos de todo el mundo para tratar el tema “La muerte en el siglo XXI, lo que queda atrás”. Un asunto que ocupó su atención fue el de las opciones que pueden dársele al cadáver. La más atractiva fue la llamada RON, o “Reducción Orgánica Natural”, que busca devolver todos los nutrientes orgánicos a la tierra en forma de abono, como se hace el compostaje del ganado, descomponiendo rápidamente el cadáver. Entonces este ya no podría seguir llamándose así, pues perdería su condición de tal. Recuérdese que la palabra cadáver es un acrónimo de tres términos latinos apocopados: caro data verminibus (carne entregada a los gusanos).

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Columna del Académico Fernando Sánchez Torres para El Tiempo

Dr. Fernando Sánchez Torres

El Académico Dr. Fernando Sánchez Torres es doctor en medicina y cirugía, con especialización en ginecobstetricia.

Ha sido rector de la Universidad Nacional de Colombia, Presidente de la Academia Nacional de Medicina y presidente del Tribunal Nacional de Ética Médica.

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