Por primera vez en la historia, dos mujeres comparten de manera exclusiva un premio Nobel de ciencias. Emmanuelle Charpentier y Jennifer Doudna han  ecibido el de Química de 2020 por desarrollar “un método para la edición genética”, CRISPR. Esta es la historia de cómo dos investigadoras se encuentran en un congreso, hablan, se entienden, se ponen a trabajar juntas… y cambian el mundo.

La científica francesa Emmanuelle Charpentier y la estadounidense Jennifer A. Doudna fueron reconocidas con el Premio Nobel de Química 2020 por desarrollar un método de edición del genoma que puede explicarse como unas “tijeras moleculares” y que ofrece la promesa de curar enfermedades genéticas algún día, dijo la Real Academia de las Ciencias de Suecia.  “Hay un enorme poder en esta herramienta genética, que nos afecta a todos”, señaló Claes Gustafsson, presidente del comité del Nobel de Química. “Esto no solo ha revolucionado la ciencia básica, sino que también ha dado lugar a cultivos innovadores y dará lugar a nuevos tratamientos médicos revolucionarios”.Según Gustafsson, como resultado cualquier genoma puede editarse ahora “para reparar el daño genético”.Desde hace ya bastantes años son muy raros los premios Nobel de ciencias en solitario. La mayoría de ellos son compartidos por dos o tres personas, en casi todos los casos hombres y muy de vez en cuando dos hombres y una mujer. Así que la fotografía de los premios de ciencia más importantes del mundo es esa: dos o tres varones o, alguna que otra vez, dos varones y una mujer.                                                                                                Miles de investigadoras colaboran entre ellas para que avance el conocimiento. El hecho de que sean varias personas las que comparten la fotografía es un reflejo de la forma en la que se hace la ciencia en la actualidad: la colaboración. Pero esas fotografías que se publicaban año tras año no reflejaban otra realidad que este 2020 sí podemos ver en el galardón de química: una enorme cantidad de los grupos que hacen ciencia están integrados y liderados por científicas. Miles de investigadoras de todos los países del mundo colaboran entre ellas para que avance el conocimiento. Pero eso no lo hemos visto en las fotografías de los Nobel hasta que este 2020 Charpentier y Doudna han puesto cara a una realidad que la Real Academia de Ciencias de Suecia ha tardado en ver.                                                                                                                        La microbióloga precaria y revolucionaria.  Emmanuelle Charpentier (Juvisy-sur-Orge, Francia, 1968), microbióloga de formación, fue quien empezó con el trabajo que les ha llevado hasta el Nobel. Fue una investigadora en precario que tardó muchos años en tener un laboratorio propio pero no se dio por vencida. Tras dos becas posdoctorales en Nueva York, ambas bajo la dirección de dos investigadoras, volvió a Europa y recaló en Viena a principios de los 2000. Allí se empezó a interesar por CRISPR. Tenía una idea revolucionaria y casi herética para la ciencia convencional sobre cómo podría funcionar este sistema. Para demostrarlo necesitaba que alguno de sus estudiantes de doctorado realizara ciertos experimentos porque ella no tenía ayudantes de laboratorio. Pero sus doctorandos no aceptaron entrar en el camino que les mostraba Charpentier, que solo logró que una de sus estudiantes de máster los realizara. Poco después dejó su puesto en Viena y se trasladó a Umea (Suecia) y en 2011 publica en la prestigiosa revista Nature un artículo revolucionario que demostraba cómo dos moléculas de RNA interaccionaban para hacer funcionar el sistema antiviral de las bacterias. La primera firmante era la humilde estudiante de máster.                                                                                                                                                                                              Puerto Rico las unió.  Ese mismo año conoció en un Congreso en Puerto Rico a Jennifer Doudna (Washington D.C., Estados Unidos, 1964), reputada bióloga estructural que trabaja precisamente con RNA. A partir de ahí empezaron a colaborar y solo un año después publicaron juntas en Science un trabajo que va más allá de la ciencia básica y que fue el inicio de su camino hasta el Nobel: una endonucleasa programable por RNA en la inmunidad bacteriana. En todo este trabajo la palabra clave era “programable” porque en él demostraron que se podía usar este sistema para introducir cambios muy específicos en cualquier sitio de un genoma con una elegante simplicidad. Charpentier y Doudna acordaron firmar el paper con relevancia equivalente. Les fue fácil ponerse de acuerdo. Y menos de un año después ya había cientos de laboratorios aplicando su método. Desde entonces les han llovido los premios (en España, el Princesa de Asturias y el Fronteras de la Fundación BBVA, que nos han brindado refrescantes fotografías que, por una vez, no protagonizan chaquetas y corbatas) y continúan investigando y descubriendo cosas nuevas. Su trabajo es un gran ejemplo de cómo la curiosidad científica, sin ninguna intención de aplicación, puede terminar encontrando utilidades enormemente importantes. En esta curiosidad caben ideas locas, que muchas veces quedan en eso pero que, en otras, como en este caso las de Charpentier, sirven para descubrir lo que ocurre de verdad y abren caminos insospechados a la ciencia y a sus aplicaciones.                                                                                                                                                                    En realidad, toda esta historia se remonta a un español, Francisco Mojicamicrobiólogo de la Universidad de Alicante que en 1993 publico su descubrimiento de las secuencias CRISPR (sí, fue Francis Mojica quien les dio este nombre) en bacterias de las salinas de Santa Pola. También fue el primero que, en 2005, sugiere en una publicación que se trataba de un sistema inmunitario bacteriano. Aunque ambos trabajos son la base de todo, le costó muchísimo publicarlos. Nadie se lo creía, como le pasó a Charpentier con sus doctorandos.También es un ejemplo de lo fructíferas que son las colaboraciones entre personas con diferentes especialidades o intereses científicos. Dos investigadoras se encuentran en un congreso, hablan, se entienden, se ponen a trabajar juntas… y cambian el mundo. Enhorabuena, Charpentier y Doudna.                                                                                                                                                                Carmen Fenoll Comes es catedrática de Fisiología Vegetal de la Universidad de Castilla La Mancha, presidenta de la Sociedad Española de Fisiología Vegetal y presidenta de AMIT.         Fuente: SINC    Derechos: Creative Commons.

Comentario del académico Ramiro Calderón Tarazona.
La Medicina del futuro, llamada «medicina de precisión», que incluye genómica,inmunogenética, nanotecnología, I.A., biotecnología, robótica, cómputo de algoritmos e ingeniería genética, con el objeto de personalizar procesos curativos, a saber: secuenciación ultra rápida de ADN, ingeniería de tejidos, reprogramación celular y edición de genoma humano. El dr. Mari Capechi, inmunogenética de Utah U., ha creado cepas de ratones mutantes con rasgos obsesivo compulsivos en sus rutinas de acicalamiento, que los llevan a la muerte. Obteniendo células de médula ósea de ratones normales e inyectándolas en el peritoneo de los mutantes (con los rasgos del T.O.C.) logró su curación en 10 días.
Por dicha investigación le fue otorgado el Premio Nobel de Med 2007, exactamente 100 años después de don Santiago Ramón y Cajal, padre de las Neurociencias. Los dioses han sido misericordiosos con España, después de la arrogante estulticia de don Pablo Morillo y Pascual a Enrile, cuando al condenar a muerte al sabio Fco. José de Caldas en Santa fé de Bogotá, profirieron su lapidaria frase militar «España no necesita sabios». Hoy España lidera la investigación bioquímica en la edición genómica con el Sistema Operativo CRISPR CAS9 (Clustered Regularity Interspaces Short Palindromic Repeats) repeticiones palindrómicas cortas, agrupadas y regularmente secuenciadas, encontradas en las cadenas de ADN de las «archeas» en las salinas de Santa Pola, descritas por Francisco Martínez Mojica( Francis Mojica), desde 1992, en Alicante.
En su laboratorio trabajaron las Demás. Emmanuelle Charpentier y Jackeline Doudna, quienes desarrollaron el sistema proteico intercambiador de genes, y la denominaron CAS9 (tijeras bioquímicas que cortan el ADN, asociadas CRISPR). Ellas recibieron ayer el premio Nobel de Química. Con esta novedosa herramienta estamos en capacidad de realizar o corregir todas las mutaciones genéticas posibles. Es decir, estamos en capacidad de construír nuestra propia evolución biológica.
La revolución que plantea la Medicina de precisión es superior a cualesquiera otras que hayamos intuído, nos permite averiguar lo desconocido de nuestra especie y predecir nuestro futuro. Nos lleva a un nuevo ámbito de la edición y manipulación genéticas y a la reparación biológica. Al igual que la energía nuclear, será catastrófica si se nos sale de las manos, pero si logramos controlarla será benéfica.
                                                                                        Ramiro Calderón Tarazona.

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Internista-Endocrinólogo. Miembro de Número de la Academia Nacional de Medicina, Fellow del American College of Physicians y Miembro Honorario de la Asociación Colombiana de Endocrinología, Diabetes y Metabolismo. Editor Emérito de la Revista MEDICINA. Editor de Noticias, portal de la Academia www.anmdecolombia.org.co