Imagen: Ariel Iván Ruiz, decano de la Facultad de Medicina entregó la placa de «Honor especial al progreso» al doctor Egon Lichtenberger Salomon (Foto: Nicolás Bojacá. Agencia de Noticias UNAL).

Nacido en Alemania en 1921, el patólogo Lichtemberger Salomon falleció en Bogotá en mayo de 2020. Ante la situación de la comunidad judía durante el gobierno del Tercer Reich, para escapar del antisemitismo reinante en Alemania en aquella época, su familia emigró a Bogotá en 1936. Estudio medicina en la Universidad Nacional de Colombia y posteriormente inicio su formación de patología al lado de los patólogos Juan Pablo Llinas (formado en Paris) y Manuel Sánchez Herrera, quien estuvo en Harvard. Posteriormente hizo posgrados en hospitales de la Universidad de New Castle Upon Tyne en Inglaterra y el Hospital Monte Sinai de Nueva York. En 1952 regresó a Colombia y se vinculó al Hospital San Juan de Dios de Bogotá, donde aprovechando el alto número de autopsias practicadas (de fallecidos de la Hortua, el Cancerológico y el Materno Infantil) inicio actividades docente asistenciales con microscopia diagnostica y con reuniones clinico-patológicas que pronto se tornaron en el centro de la docencia en ese hospital Universitario. Por muchos años fue el Jefe del Departamento de Patología, y con él trabajó un grupo de renombrados patólogos, donde se entrenaron muchos residentes que posteriormente fueron destacados profesionales.

A su retiro del Hospital San Juan de Dios ejerció por muchos años como Director del Instituto de Medicina Legal. Cuando ingresó a la Academia Nacional de Medicina como Miembro Honorario, el académico Efraim Otero Ruiz pronuncio las siguientes palabras:

«Retornamos antes de ocho días a esta alta tribuna del pensamiento académico, esta vez para acoger y exaltar como Académico Honorario al Profesor Dr. Egon Lichtenberger. En él consagramos no solamente a la Anatomía Patológica como especialidad, ausente muchos lustros de este recinto bogotano, desde la época de su numerario y posterior Presidente Dr. Juan Pablo Llinássino especialmente a la persona que con su dedicación, su enseñanza y su ejemplo ha servido para darle la categoría que corresponde a esta rama del saber médico, formando generaciones de nuevos patólogos que han extendido su conocimiento por todo lo largo y ancho de nuestra accidentada geografía».

Para reconocer la dimensión exacta de sus contribuciones, habría que mirar en qué estado se encontraba la anatomía patológica en Colombia al finalizar la década de los años cuarentas cuando Egon se gradúa de la Universidad Nacional, en 1947, con una tesis calificada como meritoria. Hasta la época de la II Guerra Mundial toda nuestra enseñanza anatomopatológica tomaba sus raíces en Francia, directamente derivada de Bichat y de Cruveilhier y admirablemente suplementada por los textos de anatomía descriptiva de Testut – Latarjet, que todo estudiante debía memorizar en dos años de agobiador ejercicio mnemotécnico. Allí, desde los bancos de disección anatómica, se barruntaban las variaciones de lo normal a lo patológico, que simultáneamente y a partir del segundo año de carrera se entrelazaban con las preparaciones histopatológicas.

Sin embargo, a pesar de que la escuela fisiopatológica se había originado en la Francia de mediados del ochocientos con Claude Bernard y sus seguidores, la anatomopatología seguía teniendo la  misma rigidez descriptiva de los anatomistas clásicos, sin que tratara de orientarse al estudiante, las más de las veces, hacia las sutiles relaciones entre función y estructura.

En cambio en los países anglosajones la disciplina anatomopatológica, derivada de los estudios de Skoda y Rokitansky en Viena, de los Hunter en Inglaterra o de Welch en los Estados Unidos y fortalecida por la teoría celular de Schwann y de Virchow, además de seguir una tendencia más objetiva y estadística, se había enriquecido, a partir de la era bacteriológica, con los estudios de patología experimental, complementados más y más con estudios bioquímicos, in vivo e in vitro, que trataba de determinar muy de cerca la alteración funcional.

Y si a ello se agregan los trabajos de los primeros neueofisiólogos, endocrinólogos, y oncólogos experimentales – como lo fueron CushingCannonSherringtonLoeb y Rous a comienzos del siglo- los primeros intentos de cultivo de tejidos, iniciados por Carrel, vemos cómo se va diferenciando una escuela, distinta de la francesa y con sus propias e individuales luminarias a medida que avanzan las décadas del siglo XX. Hasta la misma denominación, patología en vez de anatomía patológica, señala ese alejamiento de lo meramente descriptivo hacia algo más fisiopatológico y dinámico.

Como lo reconocería la misión Humphreys en la época a la que nos estamos refiriendo-finales de los cuarentas-, la gran mayoría de la histopatología colombiana seguía la orientación francesa. Tan solo en Medellín, en esos años, comenzaba a darse un cambio hacia la escuela norteamericana inducido por el Profesor Alfredo Correa Henao, formado en Johns Hopkins y creador del Instituto de Anatomía Patológica de la Universidad de Antioquia.

De él ha dicho su biógrafo, el eximio historiador antioqueño de la medicina Dr. Alfredo Naranjo Villegas, lo mismo que podríamos decir del eminente patólogo que hoy Homenajeamos : «Fue él quien le dió (a la anatomía patológica) toda la categoría científica que requería. Gracias a él puede la Facultad de Medicina exhibir un Departamento que haría honor a cualquiera de las más exigentes facultades médicas del mundo.

En ninguna parte como en Bogotá se sintió ese conflicto entre las dos escuelas, que se hacía más notorio a partir de la creación y puesta en marcha del Instituto Nacional de Radium, origen del que fuera después nuestro Instituto de Cancerología. Los visionarios creadores de esa época, encabezados por el Profesor José Vicente Huertas, comprenden lo esencial que es para una institución oncológica el tener un impecable departamento de anatomía patológica y con ese fin envían a Juan Pablo Llinás a comienzos de los años treintas a que se forme en histopatología con Dubreui, en Burdeos, con Del Río Hortega en Madrid y con Auer en Berlín.

La formación de este formidable ejemplar humano se proyectará después no solo en el Instituto sino en sus cátedras de la Nacional y la Javeriana, donde los términos de epitelioma por carcinoma, de linfoblastomas y de adenomas benignos
metastasiantes seguirían imperando por casi dos décadas.

Cuando en el primer semestre de 1941 Daniel De Brigard, jefe de Radium y de toda la consulta externa del Instituto, producto por apellidos y por formación de la más fina y arraigada cultura francesa, viaja a los Estados Unidos, donde visita entre otros a Johns Hopkins, al Chicago Tumor Institute y al Memorial Hospital de New York, se encuentra frente a una diferente escuela de anatomía patológica que lo impacta y le hace escribirle en Abril a su amigo y maestro Huertas : “Es de suma urgencia enviar un nuevo histólogo a que se forme en los Estados Unidos…. para poder descargar a Juan Pablo Llinás del enorme número diario de biopsias… y aprovechar así su preparación y sus enormes conocimientos”. (Esta y las siguientes citas las tomo de mi libro en preparación “setenta años de cáncer en Colombia” y del voluminoso archivo epistolar del Profesor Huertas, al que afortunadamente he tenido un amplio acceso.)

Sin embargo, en una corta visita que hace en Mayo al Canadá, parece que Brigard quisiera volver por los fueros de la histopatología francesa, pues dice que “ha quedado muy impresionado con el profesor Masson, quien hace 14 años regenta la prestigiosa cátedra de anatomía patológica de la Universidad de Montreal”.

Llega a concretar una posible visita del profesor a Colombia “para dictar un curso sobre tumores” y a «convenir los  arreglos para la formación de un especialista anatomo – patólogo para el Instituto. Ese enfrentamiento entre las dos escuelas, francesa y norteamericana, le vuelve a aflorar en su carta-informe de Junio 7, donde se refiere al profesor Masson como “el más brillante y quizás el único que se puede aprovechar de la escuela francesa.” (Recordemos que era la época de la II Guerra Mundial)

A propósito de su posible visita a Bogotá, agrega : “A él le sonó muy bien la cuestión y, al comentarla, tuve la posibilidad de oírle los primeros conceptos que le merece la histología americana, lo nada partidario que es de esta escuela y las diferencias de opinión que siempre ha tenido con los histólogos de ese país.

Realmente trabajan de manera muy distinta a la que se hace allá”. Pero, pese a las diferencias de opinión que pueda albergar, en la voluminosa lista de libros seleccionados por Brigard y que adquiere ese mismo año el Instituto, se encuentran La Histología de Maximow y Bloom, el libro de Técnicas Histológicas de Krajian, la Anatomía Quirúrgica de Callandet, las Enfermedades Neoplásticas de Ewing, el texto de patología de MacCallum, la Patológia de la Piel de MacLeod y Muende, el texto de Tumores de Hueso de Geshickter y Copeland y el de Cáncer Humano de Stout.

De ellos los más costosos serán los textos de MacCallum y de Stout que valdrán la asombrosa suma de diez dólares cada uno ! Muchos de quienes usábamos la Biblioteca del Instituto en los años Cincuentas pudimos aún disfrutar de las exquisitas ediciones de dichos textos norteamericanos.

Ese es el escenario a donde regresa Lichtenberger, recién cursados sus estudios de patología en la Universidad Durham de Newcawstle upon Tyne, en Inglaterra, y en Mount Sinai Hospital y Columbia University de Nueva York, de donde retorna en 1952 ya diplomado por el American Board of Pathology. De ahí pasará a ser jefe y luego Director del Departamento de Patología del Hospital San Juan de Dios de la Facultada de medicina de la Universidad Nacional entre 1953 y 1975, con un breve interregno de medicina legal en Alemania en 1966, ocupando los cargos de Profesor Asociado y luego de Profesor Titular Emérito de Patología entre 1961 y 1985.

Entre 1955 y 1975 será, además, Jefe de la Sección de Patología del Instituto Nacional de Cancerología, donde tuve la oportunidad de conocerlo, de ser su alumno y de cimentar una amistad que se prolongaría después por más de 40 años. Ya para entonces el Instituto, dirigido de 1944 a 1951 por el profesor Cesar Augusto Pantoja, especializado en Harvard, y del 51 al 57 por José Antonio Jácome Valderrama y Jaime Cortázar, ambos de las más estricta formación norteamericana, había cambiado sus rumbos y orientaciones hacia esa escuela.

Se había hecho todo lo posible por incrementar el número de autopsias, se habían instaurado las conferencias clínico-patológicas siguiendo el modelo impuesto por Castleman hacía muchos años en el Massachussetts General Hospital, se daban los primeros pasos para formar las primeras generaciones de cito  e histopatólogos y se habían logrado una activa participación de los mismos en las Juntas de Decisiones de los Jueves, donde se definían o señalaban las conductas terapéuticas en los casos más delicados y urgentes.

La sola enumeración de cargos, de promociones y de publicaciones no bastaría para registrar ese cambiante carácter que Egon supo imprimirle a la anatomía patológica de los años cincuentas y sesentas. Su dedicación incansable en ambas
instituciones vecinas entre sí, San Juan de Dios y el Instituto, donde sin importar lo tardío o lo temprano de los horarios lo veía uno alternar, desde los delantales encauchados de las salas de autopsia hasta los bancos de microscopios, olorosos a formol y a bálsamo del Canadá, del segundo piso, o al micrótomo de congelación vecino a las salas de cirugía, cuando no a sus clases, reuniones y conferencias, lo fue circundando de una aureola de prestigio, de respetabilidad y de sindéresis que lo hacía pensar a uno que estaba situado frente al verdadero maestro.

Pero desprovisto de la pedantería que uno había podido observar hasta en los expertos patólogos norteamericanos, que al final de sus dictámenes se sentían como depositarios únicos de la verdad, combinación de “magister dixit” y de “Roma locuta”. No. La cara adusta y la sonrisa entre irónica y soñadora de Egon, con sus ojos entrecerrados, le hacían a uno pensar que su dictamen era producto de una investigación detenida y responsable. Y que probablemente se requeriría mucho más estudio y más dedicación para aproximarse siquiera a la verdad relativa. Él, más que nadie, comprendía y practicaba lo que hace muchos años le oíamos al distinguido anatomopatólogo, profesor de Johns Hopkins, desde la primera clase en que se enfrentaba a sus alumnos : Recuerden todos, decía él : “Structure is function, frozen at the present time”. La estructura es función, congelada en el tiempo presente..

Convencido, como estaba, de la necesidad de relacionar estructura con función, me llamó a mí -como llamó a otros especialistas, por entonces recién regresados del extranjero-para que, dentro de su curso de patología, le dictara cada año la parte correspondiente a Endocrinología, o mejor, a la fisiopatología endocrina.

Fue a raíz de esto, o quizás un poco antes, cuando nuestras actividades se ligaron aún más, pues por ese entonces, comienzos de los sesentas, yo estaba interesado en determinar la función de los nódulos tiroideos, benignos o malignos, por autorradiografía y por gammagrafía con radioisótopos, y él estaba ya sumergido en su magno estudio de los carcinomas tiroideos en Colombia, que publicaría en 1969 junto con Cuello y Restrepo, y en que se demostraba, al menos para esa época, el gran predominio de las formas indiferenciadas o anaplásticas en países como el nuestro, que tienen una alta incidencia de bocio endémico.

Y era para mí un verdadero placer sentarme largos ratos con él o con su inmediato colaborador Francisco Martín, a aprender a elucidar las proyecciones papilares dentro de los folículos, o las elusivas invasiones capsulares, o a enfocar y a distinguir los desérticos cuerpos de psamoma. Por eso dije antes, y lo repito ahora, que antes que su amigo fui ante todo su alumno. Y eso lo podrán repetir, con mucho más justeza que yo, generaciones de jóvenes patólogos que pasaron durante 20 o 30 años por esos mismos bancos y escucharon de él sus atinadas observaciones, que a menudo comprobada con referencias recientes de textos o revistas, y que hoy lo siguen admirando como amigo y colega de todos los tiempos.

Estoy seguro que todos ellos  habrán recogidos también anécdotas que delatan su ironía y su fino sentido del humor, como cuando hablaba del “cáncer de los patólogos, pero no de los clínicos” o repetía, en los casos dudosos, la observación de sus maestros alemanes : “No es carcinoma, pero debe extirparse”. O cuando, con motivo de la refacción de las salas de patología del Hospital, se iba a tomar una foto de las mesas y equipos escuetos, que a todos les parecía muy insípida. Traigamos un muerto y lo ponemos para que todo se vea más vivo», apuntó Egon. O también cuando, en una de nuestras Juntas de Decisiones del Instituto, en que, por los datos de la evolución y la historia clínica no nos podíamos poner de acuerdo los dos bandos en cuanto a la benignidad o la malignidad de una lesión y Mario Gaitán, por entonces Director, decidió someterlo a votación para resolver el impasse.

Me da mucha pena contradecirlo” -se oyó salir de lo profundo la voz del Jefe de Patología- “pero las votaciones puede que funcionen a veces en las democracias pero nunca funcionan ni podrán funcionar para determinar un criterio anatomo clínico o histopatológico”.

Después de un amplio recorrido por la investigación, la práctica y la docencia de la patología, que lo llevaron, además de pertenecer desde muy temprano a la Sociedad Británica y a la Academia Internacional de Patología, a ser miembro fundador de la Sociedad Colombiana de Cancerología y de las Sociedades Bogotana y Colombiana de Patología de esta última fue Presidente entre 1963 y 1965), la vida de Egon Lichtenberger da una especie de viraje, al iniciarse la década del 80, al ser nombrado Director del Instituto Nacional de Medicina Legal y Ciencias Forenses, al que luego dedicará 14 años de su notable
trayectoria.

Desde entonces se dedicará con ahínco a los diversos aspectos de la medicina legal, enriquecidos en años recientes con los valiosísimos aportes de la inmunogenética, la bioquímica y la biología molecular, y a construir y a dotar el nuevo edificio de la institución, en el mismo lote de la carrera 13 con calle 8a., que hoy se yergue como un homenaje a su memoria.

Como experto patólogo y médico legal lo hemos escuchado varias veces, por invitación, en esta Academia, hablándonos de los diversos aspectos de la violencia en Colombia, de las modalidades comparativas de homicidio en las principales ciudades del país y de todos aquellos horripilantes aspectos que hacen que hoy enarbolemos la dudosa distinción de ser el país donde el homicidio es la primera causa de muerte.

Por eso creemos que le celebración de esta noche es un “volver a encontrarse” con alguien que por muchos años ha estado cercano de las labores de esta magna corporación. De alguien cuya vida profesional se ha entrelazado con las actividades de numerosos académicos, sean ellos cirujanos, clínicos, investigadores o simplemente familiares del ser querido cuya perspectiva vital dependió alguna vez de la observación y la entereza de anatomopatólogo.

De alguien a quien podría aplicarse, con elemental justicia, la frase que dedicó Naranjo Villegas a su maestro antioqueño :

“Fue un afortunado, además, porque en su Departamento de Anatomía Patológica dejó escuela. En una labor en que se pone a prueba la sagacidad del clínico, solo un caballero es capaz de dar altura científica a lo que no debe ser más que un ejercicio intelectual, rigurosamente concebido”.

A esa ciencia, a esa caballerosidad, a ese intelecto, rindamos esta noche un caluroso homenaje de bienvenida !

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Órgano consultor del Gobierno Nacional en temas de educación médica y salud del pueblo colombiano.