El portal digital Nature Briefing de septiembre 4 decía que había 321 candidatos a vacunar contra el SARS-CoV-2. De ellos, 32 se encontraban en ensayos clínicos que pretendían enrolar a  más de 200.000 participantes en 34 países. Las vacunas más avanzadas se encuentran en fase III y ya hay acuerdos entre las universidades y compañías farmacéuticas para producirlas en un tiempo muy corto. Christian Daes, gerente de Tecnoglass, una de las empresas más importantes de Barranquilla, decía hace poco en el foro virtual de El Tiempo: “Caribe, motor de reactivación”, que los colombianos somos expertos en dejar pasar las oportunidades. Esperamos que sea el Gobierno el que nos lleve de la mano, nos financie, nos enseñe cómo aprovechar las oportunidades y no lo ha hecho.

Como toda actividad humana, la carrera por obtener una vacuna se ha politizado de tal manera que Rusia anunció Sputnik-5, antes de tener suficientes datos sobre efectividad y seguridad,  mientras que Trump ha dado la orden de tener una vacuna antes del 4 de noviembre, día de las elecciones en los Estados Unidos. Sin pretender entrar en el campo minado de la politización, es válido preguntar ¿cuántos de los 321 estudios se están llevando a cabo en Colombia?

No contamos en el desarrollo científico y tecnológico mundial porque hacemos parte de ese mundo que tan bien describió Unamuno, uno de los filósofos españoles más importantes del siglo XX, quien creía que nosotros teníamos un destino más alto que preocuparnos por las cosas materiales. Por eso, su “que inventen otros”. En la década de 1970, uno de los más reconocidos ministros de Economía me respondió cuando yo le recalcaba la importancia de invertir en ciencia y tecnología: “¿para qué?  Es mucho más barato comprar una patente y tenemos la tecnología que necesitamos, sin la inversión que implicaría tener nuestro propio sistema de investigación”.

Lástima que algunos de nuestros economistas no se hayan dado cuenta que las grandes compañías norteamericanas solicitan la patente de sus adelantos cuando ya sus productos llenan varias bodegas, para que cuando salgan a la venta, otros los imiten mientras ellos continúan en su rápido camino hacia nuevas innovaciones y nuevos productos.

Nos hemos quedado tan atrás, que mientras ya Google tiene un modelo casi funcional de computación cuántica que da un número infinito de operaciones simultáneas, en Colombia no existe siquiera un supercomputador. Con un supercomputador y algo más de una semana de cálculos, científicos extranjeros han logrado una visión clara de que el SARS-CoV-2 afecta primordialmente el sistema que controla nuestra presión sanguínea y que drogas hoy existentes pueden cambiar el curso de la pandemia. ¿Qué hemos hecho nosotros?

No se trata de tratar temas especializados en esta columna. Lo que sí quiero es seguir llamando la atención, es que no estamos preparados para afrontar ni los efectos sobre la salud y vida de la pandemia, ni sobre los efectos económicos y sociales de la misma por el cortoplacismo de nuestros dirigentes. No tenemos un sistema de ciencia y tecnología que responda a las necesidades reales de nuestro país, ni hay financiación estatal adecuada para que funcione, como lo demuestra el presupuesto de 2020. Sin un sistema robusto de ciencia, continuaremos siendo compradores sempiternos de tecnología. La ciencia y la tecnología no tienen color político, como tampoco lo tienen el hambre y la pobreza.

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Internista-Endocrinólogo. Miembro de Número de la Academia Nacional de Medicina, Fellow del American College of Physicians y Miembro Honorario de la Asociación Colombiana de Endocrinología, Diabetes y Metabolismo. Editor Emérito de la Revista MEDICINA. Editor de Noticias, portal de la Academia www.anmdecolombia.org.co