Por Remberto Burgos De la Espriella

Hace unos días vi un video en un chat regional: Fernando Dangond, neurólogo y trovador académico, deleitaba con el piano y cantaba un emblemático vallenato: (“Isabel Martínez”, autor original: Antonio Llerena) y al fondo sobre una mesita dormitaba una litografía del Sagrado Corazón de Jesús. Veía las teclas y la estampa… De pronto, en esos excelsos momentos de imaginación que nos lleva el cerebro, me pregunté: ¿cuál es el vínculo que hay entre la oración y la inspiración?

¿Por qué rezamos? Quizá es la dimensión espiritual del ser humano que le lleva a buscar que hay algo más allá de su existencia. La trascendencia en este recorrido y la convicción de un Ser Superior regente de todos nuestros quehaceres. La realidad de lo contingente, lo que somos y deseamos y la búsqueda hasta encontrar un sentido a lo que hacemos: el bien supremo.

La nueva cámara fotográfica en neurociencias que hoy tenemos, la resonancia magnética funcional (RNMf), permite conocer el cerebro en vivo y que atrayente ver las imágenes cuando rezamos. Ha identificado una extensa red de activación en donde casi todas las estructuras neuronales están involucradas en ese instante. El lóbulo parietal, responsable de dar sentido, detecta el cambio en nuestro esquema corporal y participa en forma activa. El lóbulo frontal retiene y memoriza las oraciones. Y la parte de la emoción, el sistema límbico, las transforma en vigorosa motivación. ¡Es todo el cerebro entregado cuando rezamos!

Hablar con Dios es conversar con un amigo y así lo han demostrado múltiples investigaciones cuando se estudia la espiritualidad y el cerebro. Sabemos que la tensión arterial se disminuye, la frecuencia cardiaca se normaliza y todas las manifestaciones autonómicas que produce el estrés se reducen. Hablar con un amigo genera la producción de dopamina y endorfinas. El mensajero del apego y del afecto, la oxitocina se aumenta. La serenidad que da una conversación con ese ser cercano solo es comparable a ese diálogo íntimo y sincero que permite la oración en el encuentro con el Ser Superior. Si la felicidad es ese rompecabezas de momentos, la oración es su mejor pegamento.

Lo fascinante de los efectos de la oración en el Sistema Nervioso Central son las conclusiones sobre la modificación en su estructura. Hay evidencia científica que la corteza cerebral es más gruesa y el incremento en los neurotransmisores que guardan relación con la serenidad y el gozo. (Newborg, Universidad de Pensilvania). El trabajo con las monjas carmelitas a quienes le pidieron que recordaran la experiencia religiosa más significativa mientras le hacían una RNMf, demostró que el lóbulo temporal y el núcleo caudado, áreas responsables del amor incondicional se intensificaban.

Encomiéndate a Dios y reza nos enseñaron nuestras madres. Dios te proteja, nos despedían nuestras abuelas. Que cierto desde el punto de vista neurobiológico: nos lleva a actitud asertiva y piadosa ante la vida. Así se descubre el gozo de compartir y los milagros de la empatía.

Si la oración produce todos esos estímulos y bienestar que nos acerca a la felicidad, activando el sistema de recompensa cerebral, vale la pena preguntar que es la inspiración. Quizá el toque mágico en donde la creatividad llega al alma y permite transformar una chispa en sentimiento o una idea en melodía.

En ese momento sublime hay un neurotransmisor circulante: la dopamina. Es la que impulsa la información creativa a los lóbulos frontales para la concepción y nacimiento de la obra artística o la pieza de arte. La música produce los mismos efectos que la oración en las personas: regula tensión arterial y frecuencia cardio-respiratoria. Incluso la música es un coadyuvante en el manejo del dolor. El mensajero del abrazo, la oxitocina, se aumenta en un concierto. Obvio, somos seres sociales y la música nos motiva y genera emociones. Igualmente, en los templos, cuando oramos deseamos exteriorizar el saludo de la paz. Los oratorios en nuestros hospitales, mientras el paciente está en cirugía, son sitios de plegarias trascendentales.” Nunca había rezado con tanta devoción”, nos dicen los familiares.

Buscar los fundamentos neurobiológicos de la religión suena espumoso. La religión une y sus credos son marcos de referencia para el control social. Las convicciones, como cuerpo de la espiritualidad, son una característica de todos los humanos. Los sentimientos que desencadenan, en buena parte, van orientados más hacia el bienestar de las personas que la elección de credo. Así se ahuyenta el fanatismo. ¿Está la fe incrustada en nuestra especie? ¿Fue el ambiente y la cultura los responsables de su adquisición? La fe de nuestros padres quedó fija en nuestros circuitos cerebrales. Oramos porque nos inspiramos. O somos creativos porque nos inspiramos. Lo cierto es que la salud mental del ser humano necesita la compañía y presencia de un Ser Supremo, ajeno a que suene místico, para que en momentos de oscuridad nos consuele, ilumine e inunde de paz interior. Rezaré en estos días santos para que mi Dios personal, en estos tiempos oscuros de la patria, alumbre nuestras decisiones.

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El doctor Remberto Burgos de la Espriella ha sido Presidente de la Asociación Colombiana de Neurocirugía, Presidente Honorario de la Federación Latinoamericana de Neurocirugía y Miembro de Número de la Academia Nacional de Medicina de Colombia.

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Órgano consultor del Gobierno Nacional en temas de educación médica y salud del pueblo colombiano.