Por: Pablo Rosselli Cock

Algunas marchas de protesta han dado origen a grandes cambios en el curso de la historia. Gracias a ellas, las mujeres tienen hoy la oportunidad del sufragio, Mahatma Gandhi obtuvo la independencia de India del Imperio Británico y Martin Luther King Jr. dio un paso en la reivindicación de los derechos civiles en Estados Unidos.

Las imágenes de estos últimos días en las que hordas energúmenas destruyen a nuestras ciudades en medio de la pandemia son desalentadoras. El derecho universal a la protesta se desfiguró al confundir el clamor de justicia con la destrucción. Mientras una mayoría de compatriotas trabaja y se esfuerza por construir y recomponer, otros despedazan lo construido, atentan contra su salud y la de los demás, y desafían lo que el sentido común dice acerca de las aglomeraciones y el contagio.

Con el fin de evitar la propagación de la pandemia, el presidente ruso Vladimir Putin prohibió las marchas, pero los inconformes hace apenas unos días se las arreglaron para protestar masivamente en contra de su gobierno vía You Tube. En España, se llevó a cabo recientemente la primera manifestación de descontento colectivo mediante hologramas en la que «marcharon» por Madrid más de 2000 fantasmas convirtiéndose en un auténtico desfile espectral con luces y sonido incluidos. En junio de 2020, la comunidad Lgbtiq+ mexicana hizo una marcha virtual en el Día del orgullo gay en una clara demostración de responsabilidad social y civismo.

Una protesta virtual así, en las actuales circunstancias sería recibida con gratitud por la mayoría de ciudadanos y quizás tendría una mayor participación. Si así fuere, se conservaría el derecho a la protesta, no habría enfrentamientos entre los manifestantes y las fuerzas del estado, se respetaría el derecho al trabajo, no habría daños en los bienes públicos y privados, no se afectaría la movilidad ciudadana y se contaría con la participación de muchos que, a pesar de su inconformidad, no tienen la oportunidad de salir. Una manifestación con estas características sería una expresión de madurez y sensatez que evitaría la propagación del virus y la sobrecarga del sistema de salud tan afectado en estos tiempos.

Esta propuesta parecerá utópica e ingenua para nuestro medio, pero, si hay conciertos virtuales, liturgias virtuales, reuniones y educación virtual, ¿por qué no pensar en manifestaciones virtuales en las que el Estado garantizaría una apropiada infraestructura tecnológica y una amplia difusión?

No existe una estrategia pedagógica más eficiente que el ejemplo. Si los maestros, unos de los protagonistas de estas marchas, muestran a sus alumnos que se puede protestar y educar desde la virtualidad, ¿por qué no hacerlo? Es difícil de entender para un niño que los adultos se aglomeren, y a la vez los maestros se nieguen a asistir a las aulas por temor al contagio.

Una paradoja fácil de solucionar: clases presenciales y protestas virtuales. Quien quita que estas últimas lleguen para quedarse.

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Pablo Rosselli Cock es Médico cirujano, ortopedista y traumatólogo, Pontificia Universidad Javeriana. Ortopedista infantil, Programa Instituto Roosevelt, Pontificia Universidad Javeriana. Fellow en investigación en Ortopedia Infantil, Dupont Hospital for Children, Wilmington, Delaware, Estados Unidos.

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Órgano consultor del Gobierno Nacional en temas de educación médica y salud del pueblo colombiano.