He leído con atención el artículo del periodista Juan Gossaín en relaciòn con la situación económica de los médicos en la actualidad. No era muy diferente hace 60 años cuando en 1962 egresé de la Facultad de Medicina de la Universidad Javeriana. Había solo 7 escuelas de medicina en Colombia, dos de ellas en Bogotá (Nacional y Javeriana). En Barranquilla, donde había nacido, no había. Como estudié bachillerato allá con los jesuitas, era lógico que estudiase en la Javeriana. Un primo-tío, el cirujano José Antonio Jácome Valderrama, fue quien me estimuló y colaboró para que fuera médico. José Antonio era un médico muy conocido en el mundo social y académico. Como decano, nos habló del juramento hipocrático, de la vocaciòn, de la ética, del apostolado y del servicio a la comunidad. Este aspecto era la clave de la vocación, pues estaba convencido que los ingresos vendrían por añadidura.

Cuando faltaba un par de meses para terminar mi carrera de 6 años, más no de 10 semestres, el decano Bernardo Moreno Mejía me nombró secretario de la facultad. Mi sueldo era de 1250 pesos lo que para una persona que vivía con el papá, que además me prestaba el carro, no estaba malñ aunque para una pareja recién casada que necesitara cubrir sus gastos básicos, se necesitaba al menos el doble.Me codeaba con los profes y era invitado a las fiestas de los grados individuales por derecho propio. Mi sueño duró poco. Debí retirarme a los 4 meses para poder hacer mi año de internado rotatorio en el Hospital Militar Central con turnos cada 3 noches, comida de batallón y sueldo de noventa pesos mensuales. Hasta ese momento no tenía que retornar la inversiòn pues mi padre había pagado de contado matrículas, mantenimiento, ropa y libros, aunque no había pensado que eso fuera un adelanto de mi herencia.

Después del grado me casé y la opciòn era, o trabajar 2 a 4 horas diarias como médico general del Seguro Social para a los 20 años jubilarme, o trabajar como residente de Medicina Interna en el Hospital San José por 300 pesos mensuales. No lo pensé dos veces, pasé el examen para extranjeros y me vine para los Estados Unidos para hacer mi entrenamiento de posgrado como residente. Mi sueldo, con todas las prestaciones, comida, lavandería, con apartamento amoblado del hospital con los servicios por una suma más bien baja, era en equivalente colombiano de más de 3000 pesos. Pude hasta comprar un carrito nuevo. Así fue por 4 años, solo que en el último me doblaron el sueldo por una ley de apoyo a residentes que sacaron y ganaba igual suma haciendo turnos (moonlighting) en otro hospital, porque en la subespecialidad no había obligaciòn de hacer los turnos. Regresé con todo mi menaje doméstico y ahorros para iniciar mi carrera en Bogotá con un sueldo de instructor de 1750 pesos, cuando necesitaba al menos 7000 pesos mensuales. Si me hubiera quedado a ejercer en los Estados Unidos habría comenzado con el equivalente colombiano de 25 a 30 mil pesos. No me arrepiento porque disfruté de la familia, amigos y sobre todo, del «olor de la guayaba», como decía Gabo. Mi hermano menor si se quedó en los Estados Unidos al terminar la especialidad y mi hijo-ciudadano americano de nacimiento- tampoco lo pensó dos veces para venirse, especializarse y ejercer aquí, en el país donde vivo retirado.

Cuando regresé a Colombia no tenía que retornar ninguna inversión, no tenía préstamos que pagar. Pero sí me había quemado mucho las pestañas, había tenido muchas trasnochadas y estrés con los frecuentes turnos. De los médicos de mi edad que se entrenaron en los Estados Unidos, casi todos terminaron ejerciendo en ese paìs, comenzando por mi decano Moreno Mejía que en Colombia mejor no podía estar. Podría yo decir que estaba en una situaciòn privilegiada, aunque a lo largo de mi carrera tuve que acudir a cargos administrativos entre otros en una farmacéutica para poder vivir con estándares aceptables y lograr una pensión. En la era que me tocó, un médico en Bogotá debía tener un ingreso estable o «puesto» (también llamado «chanfa») que garantizara un 70% del total, lo demás se podría intentar a través del consultorio particular. Lo usual de nis colegas era que trabajaran por horas en diferentes puestos, lo que se denominaba «medicina tipo taxi», en una época en que el tráfico lo permitía.

Mi jubilación ocurrió en 2000. Siempre me quedó el desasosiego de no haber podido vivir del ejercicio profesional exclusivamente, Pero los siguientes diez años trabajé de voluntario en la Asociaciòn Colombiana de Diabetes y como internista, en la Asociación San Bartolomé Apóstol Centro Médico. Mi antigua vocación periodística la he ejercido ha través de las revistas médicas y portales, como este de la Academia. Casi 60 años después de mi grado, el panorama para los médicos jóvenes no parece alentador. Estarán endeudados con préstamos del Icetex, bancarios y otros. Para el que se case temprano y tenga familia que sostener, el sueño de la especialidad desaparecerá. Lo he visto en colegas que se van a trabajar a pueblos o ciudades pequeñas con su medicina general, y allí se quedan. Al menos, el retorno de su inversión dura menos que el de un especialista. Me decía el doctor Remerbto Burgos que para un neurocirujano, dicho retorno estaba en 28 años.

El profesor José Félix Patiño decía que la Ley 100 había llevado a la desprofesionalización de la medicina. Pero igual todos los galenos ejercerán por vocación, y aunque no se enteren, cientos de pacientes agradecerán su sacrificio, incluso en el anonimato de la IPS.

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Internista-Endocrinólogo. Miembro de Número de la Academia Nacional de Medicina, Fellow del American College of Physicians y Miembro Honorario de la Asociación Colombiana de Endocrinología, Diabetes y Metabolismo. Editor Emérito de la Revista MEDICINA. Editor de Noticias, portal de la Academia www.anmdecolombia.org.co