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Convocatoria · Academia Nacional de Medicina de Colombia

Monumento en memoria al personal de salud fallecido en pandemia

Obras finalistas

Estas son las obras finalistas de la convocatoria "Monumento en memoria al personal de salud fallecido en pandemia". Haga clic en cada obra para conocer a su autor y la declaración de intención del artista.

Galería

Las diez obras finalistas

Obra ganadora

Umbral

Carlos Castro Arias

“Umbral”, de Carlos Castro Arias

Umbral es una herida en el espacio. Una presencia contundente que se impone en el paisaje urbano como un grito silente, como una memoria suspendida en el tiempo. Su estructura parte de un símbolo que el mundo entero reconoce: la cruz roja. Un emblema concebido para proteger la vida en los escenarios más hostiles —la guerra, la catástrofe, la enfermedad— y que, desde sus orígenes, evoca la presencia del personal médico encargado de dar auxilio, neutralidad, humanidad.

La obra toma esta cruz, la descompone, la fragmenta, la vuelve vulnerable. Las más de 50 barras de acero que la conforman —dispuestas horizontal y verticalmente— ya no forman un signo perfecto. Son vestigios de un equilibrio quebrado, ecos de un sistema tensionado por el peso de lo irremediable. Cada barra se convierte en un pilar, una vértebra dentro de una columna rota pero aún erguida. Juntas, sostienen un bloque de piedra monumental, de más de cinco toneladas, que simboliza la inmensa carga emocional de la presencia del Coronavirus que debió cargar el personal médico durante los días más inciertos de la pandemia.

Ese bloque de piedra no es abstracto: es una lápida suspendida, una masa muda que representa todo lo que no pudo decirse. Lo que no se lloró en su momento. Lo que se sostuvo sin tregua ni descanso. Cada barra lleva grabado el nombre de un médico o personal de la salud que perdió la vida cumpliendo su deber. No son números. No son estadísticas. Son nombres reales, vidas concretas, rostros que dejaron una huella profunda en sus comunidades. Inscribir sus nombres en el cuerpo de la obra es un acto de recuperación y de resistencia frente al olvido. Es también un homenaje a sus familias, que cargan aún con una ausencia que no se puede medir.

Umbral es eso: un lugar de paso, una frontera simbólica entre el recuerdo y el presente, entre la vida y la muerte, entre lo individual y lo colectivo. Es una metáfora visual del esfuerzo compartido, de la solidaridad que emerge en medio del colapso. Pero también es un espacio de duelo. Un altar sin religión. Una arquitectura de la memoria construida con los materiales del sacrificio y la dignidad.

La dimensión misma de la pieza —más de ocho metros de altura y casi siete de ancho— transforma el vacío en monumento. Su escala obliga al espectador a detenerse, a levantar la vista, a reconocerse pequeño frente a la historia que representa. Es un espacio que interpela, que contiene y abraza, pero que también exige atención. Es un lugar donde el tiempo se espesa, donde cada paso alrededor del monolito es una forma de respeto.

En un mundo que rápidamente gira la página, que entierra lo incómodo, Umbral se alza como un punto fijo. Un eje de gravedad emocional en el corazón de la ciudad. Su lenguaje es el de los cuerpos ausentes, pero también el de los que todavía sostienen. Porque hay cargas que no se olvidan. Porque hay nombres que, aunque ya no estén, siguen de pie entre nosotros y por nosotros.

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Finalista

Célula de la memoria

Felipe Arturo

“Célula de la memoria”, de Felipe Arturo

Célula de la memoria es un recinto conmemorativo del sistema respiratorio del cuerpo humano y de múltiples gestos del cuidado que tuvieron lugar durante el tiempo devastador de la pandemia causada por el virus SARS-CoV-2, que dejó alrededor de 15 millones de fallecidos en todo el mundo y casi 800 millones de infectados reportados. Solo en Colombia más de 140,000 personas fallecieron y más de 6 millones de personas sufrieron la enfermedad. De ellas, el personal de la salud se encuentra entre los grupos más afectados, física y emocionalmente, no solo cuidaron a la población bajo un compromiso ético inquebrantable, sino que también sufrieron el estigma de ser tratados como agentes de contagio.

La letalidad del virus consiste en atacar las células pulmonares y obstruir la función respiratoria y es en este sentido que esta propuesta busca reconstituir arquitectónica y plásticamente las estructuras de la respiración, no sólo como un acto de memoria simbólica y restaurativa de los cuerpos afectados sino también como un homenaje al conocimiento médico del cuerpo. La obra también traduce espacialmente la expresión de afecto de unas manos que rodean otras manos, honrando uno de los aspectos más conmovedores de la pandemia en la que miles de personas fallecieron, y sobrevivieron, sostenidas por trabajadores de la salud. De esta manera, se propone crear un recinto a cielo abierto protegido por dos pares de muros que respiran, una celosía externa de concreto conteniendo prismas de metal, y una celosía interna de láminas de metal conteniendo superficies de concreto pigmentado. La capa externa contiene 400 aberturas que simbolizan los vacíos dejados por los profesionales de la salud fallecidos a causa de la pandemia del COVID-19 en Colombia.

La capa interior con orificios curvos multiformes reproduce la estructura de los tejidos pulmonares. El conjunto se asemeja a la estructura de los alveolos y de las células respiratorias que permiten la difusión de moléculas de oxígeno y dióxido de carbono en cada respiración. Adicionalmente, un jardín central dedicado a plantas aromáticas medicinales es similar al núcleo de las células. En el jardín se plantarán dos árboles nativos que contemplan la similitud entre nuestros pulmones y el intercambio gaseoso de las estructuras ramificadas de los árboles y las plantas. Las envolturas plásticas y arquitectónicas también reproducen la relación entre las costillas y la pleura creando espacios protegidos de respiración y circulación en los que nos vinculamos como si fuéramos partículas de aire, glóbulos que recorren los capilares o como diversas moléculas que intervienen en el metabolismo del cuerpo simbólico de la obra.

Al interior de la Célula de la memoria podrán realizarse encuentros, talleres y prácticas relacionadas con la música, la meditación o la respiración en un círculo pensado para ello. Familiares y visitantes podrán además interactuar dejando una flor en orificios dispuestos debajo de cada umbral destinado a honrar el vacío y la luz de las personas conmemoradas. Adicionalmente, se contará con placas de señalización con códigos QR para acceder a información sobre el personal de la salud afectado durante la pandemia, información médica y anatómica presentada en la obra o información botánica de las plantas del jardín.

Célula de la memoria toma elementos de otros memoriales, pero se distancia de ser un monumento exclusivamente funerario al ofrecer una serie de sensaciones y experiencias que reafirman nuestra conexión con la vida, como son los aromas de las plantas, los juegos con el sol y los destellos cambiantes de la luz, así como su habitabilidad múltiple y su espacialidad protectora y vinculante.

Adicionalmente, la propuesta resuena con otras expresiones colectivas y espontáneas que han recordado a las víctimas de la pandemia en el mundo, al contemplar la realización de una escultura colaborativa a través de un taller artístico, con apoyo psicosocial, con familiares de fallecidos y sobrevivientes del COVID-19 del personal de la salud. Esta escultura se instalará en el corazón del jardín medicinal y tendrá soluciones formales y materiales decididas colectivamente.

Las membranas porosas de la Célula dialogan con elementos y gestos arquitectónicos de la obra de Rogelio Salmona, la Biblioteca Virgilio Barco y la atmósfera del parque, dándole continuidad a su malla verde, arbórea y recreativa. Por ejemplo, la base perimetral de la propuesta es un óvalo revestido con los adoquines de ladrillo de los espacios abiertos del parque. De igual manera, el muro-celosía exterior será construido con la modulación de las formaletas usadas en los muros de la Biblioteca y en cuyas líneas se inscriben las cajas metálicas que le dan translucidez. La circularidad externa e interna de la Célula también la hará compatible con la volumetría, el orden geométrico y la espacialidad de la biblioteca. En la Célula de la memoria se producirá un diálogo material propio entre el concreto y el metal haciendo un eco a la relación dual entre el ladrillo y el concreto en la biblioteca y en general en la obra de Salmona.

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Finalista

Ángel

Nadín Ospina

“Ángel”, de Nadín Ospina

Ficha técnica

Material
Bronce a la cera perdida con pátina verde esmeralda. Fundición hueca de 6 milímetros de espesor.
Dimensiones
Altura 5 metros; Ancho 3,65 metros; Profundidad 2,20 metros.
Peso
1.300 Kg.

La pieza escultórica “Ángel” es una representación conmemorativa de carácter simbólico que convoca un sentido trascendente, espiritual y emotivo. La dramática y sensible circunstancia del fallecimiento del personal médico, convoca un sentimiento de reflexión vital sobre el destino, la impermanencia y el legado de los seres que a través de su valor, heroísmo y entrega vocacional han dejado para la comunidad una memoria imborrable de gratitud y admiración.

Cada guardia interminable, cada rostro oculto tras una máscara, cada paso hacia una sala de aislamiento fue un acto silencioso de amor radical.

Esta figura alada es, por tanto, un símbolo del sacrificio colectivo, una presencia suspendida entre el cielo y la tierra, que recuerda que lo más divino del ser humano es su capacidad de cuidar al otro, aun a riesgo de desaparecer. El ángel no sólo honra a quienes se fueron, sino que se erige como un faro de gratitud eterna para quienes permanecen marcados por la memoria del servicio.

La obra representa una figura alada cuya base emerge del agua como una estructura arbórea con raíces y tronco, simbolizando el sentido terrenal, vital de la existencia, para transformarse en un ser humano, genérico, hierático, en una actitud de tránsito solemne, etéreo. La figura está provista de imponentes alas que simbolizan el ascenso espiritual y la sublimación de la corporeidad a un plano sutil.

La escultura hace también una clara referencia al Caduceo De Mercurio símbolo de la medicina. Las alas son el representativo de los médicos indicando la actividad, diligencia y rapidez de las funciones de su servicio.

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Finalista

Gota de una lágrima

Cesar Augusto Padilla

“Gota de una lágrima”, de Cesar Augusto Padilla

“Gota de una lágrima”, es una escultura de 5 metros de diámetro dibujada por una línea figurativa en el espacio, formas y figuras a través del vacío que se acoplan al entorno, al lugar donde se instala el semicirculo, el cual representa una gota, una lágrima fraterna, silenciosa e inmensa, desde su interior emerge sinuosa una hoja, un brote leve, que se levanta a partir de su base y busca la cima, ímpetu primigenio de la existencia, recordándonos lo frágiles y fuertes que somos los seres humanos, los animales y las cosas vivas.

En la base de la escultura “Gota de una lágrima” instalo ocho figuras, cada una de dos metros de altura; todas del mismo nivel o tamaño, aunque cada figura es diferente: médicos y pacientes en consultas abrumadoras; cuatro figuras vacías representan a médicos con el estetoscopio en la mano, personifican aquellos que perdieron la vida en la pandemia, tres de ellos van colmados y acompañados del virus, al otro le ubico la “vara de Esculapio”, símbolo de la medicina. Los pacientes van en siluetas llenas y los pulmones en vacío, con insuficiencia respiratoria, dos mujeres y dos hombres, seres humanos de diferentes edades; cada paciente llegaba sin fuerzas, manteniéndose erguido, abrazado a la esperanza de la medicina para salir de esos frágiles momentos.

La propuesta escultórica en bronce y acero inoxidable es un semicirculo de 5 metros de diámetro, en su interior presento el brote de una hoja, minucia vital que vemos en el medio ambiente. Estamos lejos de apreciar la fuerza primigenia de la naturaleza; ella continúa inmutable su evolución, en imperceptibles y constantes cambios; me pregunto y expongo la inestabilidad de la vida en estos y todos los tiempos; ¿qué hacemos?, ¿miramos el hoy y el futuro?

Allí en la parte inferior también descubrimos unas siluetas que representan a seres humanos que narran la historia del virus Covid-19, en Colombia y el mundo, la batalla titánica del personal y el servicio de salud; la sociedad cuenta con estas personas dedicadas a mantener en la población una salud sana, responsable y posible; el personal médico, de enfermería, auxiliares, terapeutas, farmaceutas y a quienes hacen parte de los equipos sanitarios son representación de la dedicación, dignidad y pulcritud; sabemos de su admirable entrega a su profesión y a su juramento Hipocrático, a riesgo de dar de su propia vida.

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Finalista

Inerme

Manuel Riveros

“Inerme”, de Manuel Riveros

Se trata de un homenaje al talento humano en salud durante la epidemia de Covid 19, en particular exaltando al personal médico y paramédico que incluía administradores de salud, enfermeras, bacteriólogos, terapistas, médicos generales y especialistas, etc. que, haciendo caso a su juramento Hipocrático, exponiendo sus vidas en busca de salvar a la humanidad, algunos de ellos perdieron la vida.

Es por eso que en esta escultura se sintetiza el momento más trágico de la pandemia que fue la muerte para muchos de nuestros colegas. Considerando que durante el periodo de este trágico momento todos les seres humanos fuimos iguales en cuanto al riesgo de perder su vida y estar expuesto a desarrollar esta enfermedad donde los pronósticos de supervivencia de la humanidad eran aciagos, sin tener una diferenciación de clases, ni sexo ni religión ni poder material.

En esta escultura se plasma la tragedia final en donde un profesional de salud se encuentra inerme en brazos de uno de sus colegas que ayudó a luchar por la vida.

La intención de la obra no diferencia entre hombre o mujer, medico, enfermera o terapista, o cualquiera de los que luchamos contra esta enfermedad porque en ese momento en miras a sobrevivir a este problema fuimos obligados a olvidar nuestra imagen visual por las necesidades de protección que eran necesarias para evitar el contagio de esta enfermedad, siendo indispensable el uso de la protección visual, con los lentes especiales en cubrir el rostro con un tapabocas específico que nos hacía sentir aún más el aislamiento interpersonal, que nos impidió cosas tan esenciales como el poder abrazarnos y ni siquiera dar la mano so pena de poder contagiarse y fallecer, tal cómo eran los pronósticos iniciales. La figura en cuestión muestra el dramatismo de ese momento en que un colega de la salud, estando con su protección específica y los cuidados esenciales, al igual a quien lo tiene entre brazos ha perdido la vida, muestra cómo el dolor de quien lo carga en posición como de una ORACIÓN, clama al cielo al no poder tener vivo a su colega.

Esta obra de una simpleza mayor creo logra interpretar ese momento de nuestras vidas.

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Finalista

Evocación 185

Ricardo Cárdenas

“Evocación 185”, de Ricardo Cárdenas

Dice la Academia Nacional de Medicina de Colombia que 185 de sus miembros fallecieron durante la pandemia del COVID-19. Dicen las frías estadísticas que la pandemia duró 840 días. Dicen los cálculos que esos son 28 meses. Para conmemorar los muertos, los días y los meses, quise hacer una escultura que haga pensar en médicos y fechas. Se trata de un monumento para transitar, representando un túnel similar al que hacen diferentes organizaciones para formar una calle de honor a sus miembros, al cruzar sus espadas o sus utensilios de trabajo.

La monumental escultura tiene, precisamente, 185 elementos, un elemento por profesional del sector salud fallecido; con un total de 6 metros de altura y 24 metros de largo y en cuyo recorrido se encuentran 28 huellas en concreto. Ello sería una huella por mes de pandemia.

En la parte superior de la obra y, a lo largo del recorrido, los elementos están separados, dejando entrar la luz y ver el firmamento, el espacio, el más allá… El elemento físico de memoria tiene, entonces, un espacio inmaterial que cada observador representa en su imaginario, sirviendo de homenaje a perpetuidad de heroínas y héroes del cuerpo médico, muertos en cumplimiento del Juramento de Hipócrates.

Cada elemento es exactamente igual al otro: alegoría de que, cualquier miembro del cuerpo médico, sin importar el rango, es igualmente recordado. Sus sacrificios serán, entonces, valorados todos por igual.

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Finalista

Entre el cielo y la tierra

Germán Botero

“Entre el cielo y la tierra”, de Germán Botero

A) La primera consideración corresponde al significado del monumento: honrar la memoria del personal médico que perdió la vida en contingencia sanitaria derivada de la pandemia por Covid-19.

B) La simbología que debe expresar el monumento nos lleva a proponer en la obra elementos narrativos que ubiquen en forma clara este simbolismo al espectador: Para el elemento narrativo principal se propone el concepto de habitación como lugar que reúne lo Íntimo, el refugio, el descanso, pero también el aislamiento, la soledad y el retiro.

Adicionalmente hay dos elementos narrativos formales; una puerta (numerada) y una ventana. Ambos elementos se encuentran cerrados. Las dimensiones y proporciones del habitáculo sugieren y develan una habitación de hospital.

C) El hecho de que el monumento no tenga paredes crea una primera contradicción al espectador, quien no hará una lectura inmediata. El espectador será conducido a través de los elementos narrativos a interpretar el simbolismo del monumento; que en su esencia artística se ubica más en lo inmaterial. El monumento valora más el vacío como significante, se busca que se perciba como un dibujo en el espacio.

D) El dibujo lineal geométrico que se produce, se materializa en acero inoxidable. El brillo, el reflejo de la luz y la limpieza del acero, acentúan la inmaterialidad y la liviandad del monumento. Adicionalmente, el acero inoxidable participa también como elemento narrativo ya que gran parte del mobiliario, enseres e instrumentos en un hospital. son de ese material, debido a su facilidad de asepsia.

E) El piso circular que recibe al visitante a nivel de tierra estará atravesado por una franja en magrito negro que tendrá grabado un texto que corresponde a la introducción y el final del juramento médico de Hipócrates (siglo XI). Esto termina de ubicar y precisar al visitante en el simbolismo del monumento. Esta franja en granito negro y el texto grabado sugieren pero no precisan un aire de mausoleo.

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Finalista

Obra Sin título

Leonel Castañeda Galeano

“Obra Sin título”, de Leonel Castañeda Galeano

La pandemia de COVID-19 fue un acontecimiento que marcó profundamente nuestro presente y transformó a la sociedad en su conjunto. Aunque las epidemias han sido un fenómeno recurrente en la historia, el mundo globalizado convirtió a este virus en una experiencia simultánea a escala mundial. Desde la ciencia, el cuerpo médico enfrentó limitaciones estructurales e infraestructuras hospitalarias desbordadas, así como condiciones laborales adversas. Durante más de dos años, miles de profesionales estuvieron expuestos al riesgo, aislados de sus familias, entre la angustia y la esperanza de sobrevivir. Aun así, se mantuvieron firmes, impulsados por una entrega total a sus profesiones y por un compromiso inquebrantable con el servicio y el cuidado de la vida.

En este contexto, la memoria —a diferencia de la historia, que registra los hechos— es un dispositivo vivo que se activa cuando los seres humanos se conmueven: en la mirada de quien observa, en la resonancia de quien escucha, en el tacto de quien toca. Es una acción que construye, nutre y moviliza; un elemento de cohesión social que permite compartir emociones profundas y colectivas.

El arte, en ese mismo sentido, posee la capacidad de sensibilizar y conmover a partir de la activación emotiva de las experiencias vividas. En mi proceso como artista, exploro la potencia de lo vulnerable como posibilidad de transformación. Mi trabajo reúne un conjunto creciente de obras en diversos medios, que articulan materiales y correspondencias simbólicas. A través de esta articulación, propongo diálogos plásticos y temporales donde el acontecimiento, la norma y la diversidad coexisten como estrategias para hacer(se) cuerpo. Acercar lo distante, establecer conexiones de sentido, propiciar reflexiones y reacciones conmovedoras en torno al cuerpo y su fragilidad es también una forma de despertar respuestas intensas y aproximaciones sensibles al presente que compartimos.

Como resultado de este diálogo y de estas conexiones surge la presente propuesta: una invitación a activar los sentidos, interpelar vivencias y ofrecer un espacio de reconocimiento colectivo a través del arte. Porque recordar también es una forma de cuidar.

Esta propuesta escultórica plantea dicha unidad a través de una síntesis de cuerpos representados mediante siluetas que evidencian la tensión entre la ausencia y la presencia, aludiendo a quienes estuvieron, a quienes resistieron y a quienes partieron. Se trata de cinco piezas metálicas a escala sobredimensionada, dispuestas con una separación de dos metros entre sí, retomando la normatividad de distanciamiento físico que rigió durante la pandemia. Esta disposición no solo evoca una medida sanitaria, sino que transforma esa distancia en un símbolo de cuidado, respeto y resistencia. Una distancia que, paradójicamente, fue asumida por el cuerpo médico como una expresión de protección, con la esperanza de preservar en el futuro los vínculos y la cercanía.

Cada pieza de la escultura establece una relación directa con el entorno a través del juego con la luz natural. Los vacíos en su estructura permiten que la luz las atraviese, proyectando sombras sobre el suelo. Así, las siluetas de los cuerpos representados se vuelven transitorias y cambiantes según el movimiento del sol, evocando la fragilidad de la vida, la huella del paso del tiempo y la naturaleza efímera de la presencia.

Este monumento se propone, entonces, como un acto de memoria a través del lenguaje del arte: un gesto de reconocimiento hacia quienes enfrentaron el límite entre la vida y la muerte, hacia ese cuerpo colectivo que sostuvo a la sociedad en su momento más frágil.

Su emplazamiento en el espacio público —específicamente en el polígono de la Biblioteca Pública Virgilio Barco— permite una interacción constante con la ciudadanía. A diferencia del museo o de los espacios privados para el arte, este lugar de circulación masiva genera dinámicas abiertas y cotidianas de apropiación.

La comunidad puede otorgar nuevos significados a la obra, vincularse con ella desde lo sensible, recorrerla, atravesarla, tocarla. Esta posibilidad de contacto resignifica el aislamiento que alguna vez nos fue impuesto y que fue, precisamente, el contexto en el que el cuerpo médico asumió su labor con entereza. Mantener activa la presencia simbólica de esos cuerpos mediante esta propuesta es una manera de recordar lo que sucedió, de visibilizar a quienes se mantuvieron firmes frente a la descomunal fuerza de la pandemia y, sobre todo, de asumir colectivamente que su sacrificio hizo posible que muchos pudiéramos continuar con nuestro propio tránsito.

Así, esta obra se ofrece como un espacio de encuentro entre memoria, arte y comunidad: un lugar donde lo vivido no se clausura, sino que se transforma en una presencia que persiste.

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Finalista

Gotagüe

Linda Pongutá

“Gotagüe”, de Linda Pongutá

Gotagüe es una propuesta escultórica para el espacio público que utiliza como material principal tanques de oxígeno empleados en clínicas y hospitales durante la pandemia de COVID-19. Estos objetos, esenciales en la atención de pacientes con afecciones respiratorias, se transforman aquí en vestigios materiales de una lucha por preservar la vida en medio del desastre. La instalación se compone de un conjunto de esculturas distribuidas en el parque contiguo a la biblioteca, que por su disposición parecen formar un sistema de organismos dispersos. Aunque separadas, las piezas mantienen entre sí una proximidad que las convierte simbólicamente en conductos por donde fluiría una misma sustancia vital.

Los tanques se agrupan y modifican: abiertos con maquinaria pesada y soldados con bronce, adoptan formas que evocan órganos, raíces, anidaciones de insectos como termiteros o cuerpos vivos detenidos en plena mutación. Las cavidades interiores, ahora abiertas a la intemperie y revestidas en bronce, funcionan como canales y receptáculos vacíos. Las piezas evitan el gigantismo: en lugar de conmover por escala o dificultad técnica, construyen un paisaje a recorrer, que exige atención al detalle, a la forma artesanal de su construcción y al acabado de su soldadura, que semeja tejido cicatrizado.

Con el paso del tiempo, la lluvia y la humedad del ambiente provocarán transformaciones químicas en los metales: el bronce se oxidará, pasando del dorado al verde azulado —un proceso que puede tardar entre tres y ocho años—; el hierro pulido, expuesto al aire, adquirirá un tono naranja cobrizo. La obra se activa como un artefacto de cambio: una forma viva, pausada y persistente, que registra en su piel el paso del tiempo y las condiciones del entorno. El tiempo, en su transcurrir inevitable, contiene en sí mismo la semilla de la vida y de la desaparición.

Esta escultura reconoce ese ciclo y lo incorpora como una poética de la transformación, si no un deterioro, una reconfiguración activa y visible: el aire, el agua y la luz alteran la materia, reorganizan su química y revelan, en su superficie cambiante, la belleza silenciosa del tránsito. Los ciclos del agua y la oxidación, normalmente invisibles, se revelan aquí como una respiración prolongada de la tierra. En este sentido, Gotague se plantea como un puente que une metafóricamente distintas escalas de sistemas respiratorios: el del cuerpo humano representado por los tanques, el de la ciudad por su dimensión monumental, y el del planeta por su relación con la química atmosférica.

Los cuerpos metálicos de la instalación no descansan sobre bases ni estructuras externas; emergen directamente de la tierra, como si fueran extensiones minerales del paisaje. Esta conexión subterránea, que anula la frontera entre escultura y suelo, remite a los procesos de descomposición de la materia orgánica que permiten el renacimiento de la vida. Así como la oxidación señala transformación y no pérdida, el hundimiento de estas piezas en el terreno sugiere continuidad con los ciclos naturales: morir, transformarse, alimentar, renacer. La obra se vuelve una alegoría física del metabolismo del mundo, donde cada cuerpo, incluso inerte, forma parte de una red persistente de intercambio y renovación. Los tanques de oxígeno, testigos de la tragedia y la labor médica, cumplen ahora una función alegórica al recordarnos que la vida y la muerte son partes del mismo proceso, el cual requiere dignidad y cuidado compartido para ser sobrellevado de forma humanitaria.

La decisión de utilizar elementos de tecnología médica como materia constructiva alude a la posición del pensamiento científico frente a la enfermedad y su relación con la naturaleza. Los tanques de oxígeno, que antes simbolizaban la precisión de los procesos médicos, se ven ahora modificados por el aire, la humedad y la polución, proponiendo una metáfora sobre la necesidad de reconciliar ciencia y medio ambiente. Durante la pandemia, el frágil apoyo al personal asistencial en muchos países y la densidad urbana de algunos epicentros facilitaron la propagación del virus, revelando que la salud no es solo una cuestión médica, sino una pregunta sobre cómo habitamos colectivamente los ecosistemas. Desde una perspectiva más amplia, la enfermedad no siempre debe entenderse como una anomalía a eliminar, sino como parte de un sistema autorregulado que también sostiene la vida. Intentar erradicar todos los agentes patógenos es una lucha sin fin; lo sensato es estabilizar el entorno humano —la contaminación, la sobrepoblación— para que nuestra relación con el mundo natural sea más equilibrada.

Gotagüe es un vocablo muisca que puede traducirse como “ser gota”. Así como las estructuras de esta obra se alteran con la humedad del aire, también los seres humanos somos materia en cambio constante, química en movimiento. La oxidación lenta de los elementos en interacción no es distinta a los procesos que atraviesan nuestros cuerpos antes y después de la enfermedad, o incluso de la muerte. Sin embargo, es este proceso el que también mantiene la vida al permitir la transformación de la energía. Gotagüe se instala como una memoria del esfuerzo silencioso y constante del sector salud: el goteo, metáfora del paso del tiempo, recuerda la resistencia noble del trabajo diario: una fuerza que, como el agua, puede desgastar la piedra más dura y, gota a gota, abrir camino, formar cauces, sostener la vida.

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Finalista

Plegaria

Edelmira Boller

“Plegaria”, de Edelmira Boller

Una escultura que honra la vida desde la fragilidad, el duelo y la esperanza

Plegaria, de Edelmira Boller, es una escultura de sitio específico concebida como una estructura porosa, un gran artefacto en desuso que se transforma en un santuario, un oratorio abierto a todas las culturas, religiones y géneros. Desde la poética del rehúso, la conciencia del paso del tiempo y la certeza de la fragilidad humana, la artista propone un gesto de humildad y recogimiento que, más que monumentalizar el dolor, lo acompaña. La base de la obra contiene el abecedario completo; de la combinación de sus letras resultan todos los nombres de las personas a quienes se rinde homenaje en este monumento, configurando una memoria compartida y plural que celebra la vida.

La propuesta responde a las condiciones naturales y artificiales del entorno donde será emplazada, y su carácter simbólico se sustenta en una profunda reflexión sobre el duelo colectivo, sin caer en lugares comunes ni representaciones grandilocuentes.

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