Artículo sobre la conferencia de la Dra. Marta Cecilia Bustamante de la Ossa. Licenciada en Ciencias Físicas de la Universidad Pedagógica Nacional. Magíster en Astrofísica y Técnicas Espaciales en la Universidad de París 7, estudios de doctorado y posdoctorado de la misma universidad europea. Premio Paul Doistau-Émile Blutet de la Academia Francesa de Ciencias en 2021.
En China, dos mil años antes de nuestra era, ya circulaban tratados sobre plantas medicinales. Aquellos textos viajaron por Oriente y Medio Oriente, enriqueciéndose con observaciones locales y adaptaciones prácticas.
El francés Eugène-Humbert Guitard, historiador, librero y editor francés, fundador en 1913 de la Sociedad de Historia de la Farmacia, en conferencias dictadas en la Escuela de Farmacia de París en 1936, subrayó que la historia textual de la farmacología no puede organizarse simplemente en orden cronológico. La invención de la imprenta a fines del siglo XV alteró radicalmente la lógica de difusión: obras antiguas comenzaron a imprimirse tardíamente, mientras textos más recientes podían circular antes. Una obra compuesta en 1450 podía imprimirse en 1490; otra escrita antes de la era cristiana, aparecer por primera vez en 1500.
Este fenómeno revela además una diferencia notable entre el mundo antiguo y el nuestro. A finales del siglo XV y comienzos del XVI, los autores médicos y farmacéuticos de la Antigüedad y de la Edad Media gozaban de mayor popularidad que los contemporáneos. Se imprimían sus obras con alguna adición, pero raras veces con correcciones sustanciales. Cien años no bastaban para “envejecer” un libro científico. Hoy, en cambio, cinco años pueden volver obsoleta una obra especializada.
Siguiendo lo sugerido por Guitard, la historia textual de la farmacología puede organizarse por grandes periodos o escuelas, no necesariamente separados por rupturas radicales, sino por continuidades transformadas. El primer gran momento es el periodo grecorromano, ilustrado por figuras como Hipócrates y Galeno. Hipócrates, nacido en la isla de Cos en el 460 a.C., defendió un empirismo racional basado en la observación clínica.
Galeno, por su parte, nacido en el año 138 d.C. y establecido en Roma como médico de gladiadores, proporcionó descripciones más detalladas sobre la preparación de medicamentos, lo que lo convierte en precursor fundamental de la farmacia.
Posteriormente, emergen otras escuelas. La tradición bizantina, representada por médicos como Alejandro de Tralles, integró saberes diversos sin someterse a una teoría única. Los eruditos nestorianos (seguidores del patriarca Nestorio) y expulsados por razones religiosas, llevaron consigo manuscritos griegos y siríacos (lengua variante del arameo oriental) hacia Mesopotamia, traduciéndolos y ampliándolos con conocimientos indios. Más tarde, los califas árabes atrajeron a estos médicos a Bagdad, favoreciendo la traducción del siríaco al árabe. Desde allí, las obras circularon hacia el norte de África y España, donde fueron convertidas al latín, considerada en ese momento la mayor lengua escrita de Occidente.
Entre los siglos V y X, los árabes desarrollaron la matemática, la astronomía, la física y la medicina. En farmacología y alquimia -precursora de la química- su contribución fue decisiva. Entre ellos brilló con luz propia Avicena, cuya obra enciclopédica marcó la enseñanza médica durante siglos.
La escuela de Salerno, en el sur de Italia, fue la heredera natural de las tradiciones monásticas y árabes. Allí floreció una medicina que integró traducción, práctica clínica y enseñanza. Uno de sus rasgos más notables fue la participación femenina. Figuras como Trota de Salerno dejaron tratados sobre obstetricia y cosmética, testimonio de una apertura inusual para la época. Las mujeres participaron activamente en la construcción del saber médico, aunque muchas nunca han sido reconocidas.
Entre los maestros salernitanos destacó Constantino el Africano, traductor y compilador protegido por la abadía de Montecasino, y Nicolás de Salerno, a quien se le atribuye la autoría del Antidotarium Nicolai, un documento con 140 recetas que fue copiado y recopiado durante siglos. El historiador francés Paul Dorveaux publicó a comienzos del siglo XX dos manuscritos medievales del Antidotarium, conservados en la Biblioteca Nacional de Francia, unificándolos en una sola edición. Sin embargo, la luz intelectual de Salerno, brillante hasta el siglo XI, se vio afectada por las crisis políticas y las cruzadas. La llama del saber no se extinguió, pero se desplazó. Uno de los focos que emergieron surgió en Montpellier.
Fundada hacia el año 1000, Montpellier desarrolló una escuela médica que siempre se reconoció como heredera de Salerno. Allí se consolidó una enseñanza escolástica basada en el comentario de textos antiguos -muchos de ellos transmitidos por los árabes- y en una práctica clínica rigurosa. La universidad combinaba rasgos de escuela profesional y de institución superior, con lecciones dictadas en casa de los profesores y largas prácticas junto al enfermo.
Entre los principios adoptados de Salerno destacan la devoción a Hipócrates, el empeño por establecer la medicina como disciplina académica y el énfasis en la aplicación práctica. En los siglos XVIII y XIX surgieron debates intensos, como el enfrentamiento entre los vitalistas -seguidores de Paul Joseph Barthez- y los partidarios de la medicina experimental, inspirados en Claude Bernard. Los vitalistas decían que la vida no se explica solo por mecanismos físicos, sino por una “fuerza vital” que moldea la materia. Los seguidores de Bernard sostenían que la vida se rige por leyes fisicoquímicas probadas mediante la experimentación, lejos de explicaciones místicas o inmateriales. La tradición de Montpellier abogaba por una medicina práctica y holística, consciente de que ninguna teoría agota la realidad del ser vivo.
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Intervención completa de la Dra. Bustamante en
LA ESCUELA MÉDICA DE SALERNO Y EL RENACIMIENTO MÉDICO
Nota. Victoria Rodríguez G. Comunicaciones Academia Nacional de Medicina
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