Artículo basado en la conferencia de la Dra. Heydy Chica Urzola, psiquiatra de la Universidad Nacional, máster en neurociencias y biología del comportamiento, máster en terapia psicológica de tercera generación y experta en medicina del sueño.
Tradicionalmente, las terapias psicológicas del comportamiento se han organizado en distintas “generaciones” u “olas”, cada una caracterizada por una forma particular de entender los problemas psicológicos y de intervenir en ellos.
Las terapias de primera generación corresponden al modelo de terapia conductual clásica. Desarrollada a partir del método empírico-experimental. Su objetivo principal era eliminar el síntoma mediante la modificación del comportamiento. Un enfoque que tuvo un impacto importante en el desarrollo de la investigación psicológica; muchas de sus técnicas continúan utilizándose en la actualidad.
Las terapias de segunda generación buscan eliminar el síntoma a partir de la modificación de la conducta, pero con la integración de técnicas cognitivas. Este enfoque, conocido como terapia cognitivo-conductual o cognitivo-comportamental, está basado en la interacción entre pensamientos, sentimientos y comportamientos. Aunque este modelo continúa vigente, su objetivo principal sigue siendo la eliminación de los síntomas.
Las terapias de tercera generación introducen un cambio importante respecto a los enfoques anteriores. En lugar de centrarse exclusivamente en eliminar el síntoma, estas terapias buscan comprender su función dentro del contexto en el que aparece. Por esta razón se conocen también como terapias contextuales.
El concepto de contexto, en este modelo, se refiere al conjunto de circunstancias personales, sociales y psicológicas en las que se desarrolla la conducta. Desde este enfoque se plantea que el contexto no solo favorece la aparición del problema, sino que también puede ofrecer herramientas para su solución. El trabajo terapéutico consiste en analizar las condiciones en las que surge el síntoma y comprender qué función cumple en la vida del paciente.
Las terapias de tercera generación comparten una serie de características comunes. En primer lugar, utilizan con frecuencia técnicas de atención plena o mindfulness, que consisten en desarrollar la capacidad de observar los pensamientos y emociones con una actitud de apertura y sin juicio. Tomar conciencia de las experiencias internas sin reaccionar automáticamente ante ellas.
En segundo lugar, estas terapias enfatizan la aceptación del síntoma y su función. A diferencia de los enfoques tradicionales que buscaban controlar o eliminar las emociones negativas, las terapias de tercera generación proponen aprender a convivir con ellas de manera más flexible.
Otro elemento central es la identificación de valores personales. La terapia busca ayudar al paciente a clarificar estos valores y asumir compromisos frente a su proceso con la ejecución de las tareas y ejercicios.
La relación terapéutica también adquiere un papel fundamental en estos modelos. El espacio terapéutico se convierte en un contexto donde el paciente puede explorar sus experiencias, desarrollar nuevas formas de relacionarse con sus pensamientos y emociones, y practicar estrategias de regulación emocional.
El objetivo general de las terapias de tercera generación es desarrollar flexibilidad cognitiva. O sea, tener la capacidad de aceptar las experiencias internas, tomar distancia de los pensamientos y actuar de acuerdo con los propios valores incluso en presencia de emociones difíciles. La búsqueda excesiva de control puede convertirse en un factor que mantiene el problema. Rasgos de personalidad como el perfeccionismo, el neuroticismo; pensamientos rígidos, automáticos y negativos que generan malestar (creencias disfuncionales) pueden considerarse parte del problema, pero en este nuevo enfoque no se trata de eliminar el síntoma, sino de identificarlo y ver cuál es la causa tras esto.
En el caso de la depresión, estos patrones pueden manifestarse en forma de preocupación persistente, dificultades para afrontar el estrés y un patrón de inflexibilidad. En la ansiedad, por su parte, es frecuente la evitación, la rigidez cognitiva y una respuesta a la responsabilidad excesiva por el afán de mantener el control en situaciones que exceden su dominio. Las terapias de tercera generación buscan intervenir en estos procesos desde la flexibilidad cognitiva, la aceptación del síntoma, la regulación emocional y la acción orientada por valores.
Entre los modelos terapéuticos que forman parte de esta corriente se encuentran la terapia dialéctico-conductual (DBT), la terapia de aceptación y compromiso (ACT), la terapia analítica funcional, las intervenciones basadas en mindfulness, la terapia centrada en emociones, el EMDR para el procesamiento de experiencias traumáticas y algunas técnicas de hipnosis despierta y autosugestión. Muchos de estos enfoques han sido usados anteriormente, pero el abordaje es diferente. Hoy se consideran abordajes transdiagnósticos, es decir, aplicables a diversos problemas psicológicos y no únicamente a un diagnóstico específico.
El éxito del tratamiento depende en gran medida de una evaluación clínica integral. Más allá de establecer una categoría diagnóstica, el objetivo es comprender la historia personal del paciente, sus estilos de afrontamiento y los contextos en los que se desarrollan sus dificultades. Este entendimiento profundo permite seleccionar la intervención terapéutica más adecuada. Puede complementarse con tratamiento farmacológico si se requiere. Desde esta perspectiva, los medicamentos se consideran un apoyo que facilita la estabilización de los síntomas mientras la persona desarrolla habilidades psicológicas más duraderas a través de la terapia.
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Intervención completa en: FORO | LA EPIDEMIA SILENCIOSA: ANSI3D4D Y D3PR3SI*N
Nota. Victoria Rodríguez G. Comunicaciones Academia Nacional de Medicina
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