La IA puede entrar en nuestra intimidad al interpretar nuestras emociones y conflictos y recordar nuestras experiencias con precision. Al configurar ese mundo podría influir en lo que pensamos. El desafío a 2030 será preservar la capacidad de disentir de ella y la necesidad de errar, en esencia, dos de las expresiones más genuinas de humanidad.
Por Luis Eduardo Pino V.*
Imaginemos una mañana de 2030. Una mujer despierta después de discutir con su esposo y consulta al agente personal que la acompaña desde hace años. El sistema recuerda conflictos anteriores, interpreta su voz y redacta una respuesta. Antes del desayuno, una arquitectura informática habrá intervenido en su intimidad. La escena es hipotética, pero plantea una pregunta actual: ¿cuánto de nuestra vida mental queremos delegar?
Como médico y desarrollador de inteligencia artificial, me interesa lo que estas herramientas pueden hacer por quien sufre. También me inquieta lo que podrían enseñarnos a esperar de los demás. Debemos ampliar la discusión sobre terapia automatizada hacia los hábitos de pensamiento y convivencia que estamos formando. Debemos ir a la cognición.
La necesidad asistencial es enorme. La Organización Mundial de la Salud informó en 2025 que más de mil millones de personas viven con trastornos mentales. Ante las brechas de atención, una conversación accesible puede abrir una puerta al cuidado. Descartar toda ayuda digital sería desconocer el sufrimiento de quienes tampoco encuentran apoyo humano.
Existen resultados prometedores. El ensayo de Therabot (chatbot de salud mental), publicado en NEJM AI, encontró mejoría sintomática en una intervención con un chatbot especializado frente a una lista de espera. Participaron 210 adultos, con seguimiento hasta ocho semanas. El estudio no demostró equivalencia con psicoterapia profesional ni validó cualquier asistente como tratamiento.
Aliviar tampoco garantiza recuperar. Algunos experimentos encontraron reducciones momentáneas de soledad tras conversar con compañeros artificiales. Sigue abierta la pregunta sobre los vínculos después de años. Un estudio de MIT y OpenAI asoció mayor uso voluntario con peores resultados psicosociales, pero esa asociación no demuestra causalidad: la vulnerabilidad previa también puede influir.
Me preocupa especialmente la complacencia. Myra Cheng y colaboradores de la Universidad de Stanford publicaron en Science tres experimentos con 2.405 participantes: interactuar con una IA aduladora redujo la disposición declarada a asumir responsabilidad y reparar conflictos, mientras aumentaba la convicción de tener razón. Los usuarios valoraron mejor esas respuestas. Sentirse respaldado puede resultar agradable incluso cuando dificulta revisar nuestra conducta.
Hablamos de sicofancia, es decir, modelos que confirman excesivamente nuestra versión de los hechos. Estos aduladores de silicio podrían modificar nuestras expectativas. Un amigo tiene límites, discrepa y puede pedirnos cambiar. Convivir exige aceptar esa diferencia. ¿Qué pasará si nos acostumbramos a ser aplaudidos?, ¿terminaremos considerando defectuosa cualquier relación que nos contradiga?
La transformación puede ocurrir sin enfermedad. Los filósofos Andy Clark y David Chalmers propusieron la mente extendida: ciertos recursos externos participan funcionalmente en nuestros procesos cognitivos. Hoy esos recursos generan interpretaciones y pueden actuar. Una arquitectura con memoria, voz y planificación influye según aquello que recuerda, infiere y ejecuta. Su sofisticación no certifica conciencia ni comprensión clínica.
Aquí importa la ingeniería de contexto (la organización de información e instrucciones para que la IA responda mejor). Si un agente conserva una interpretación antigua como un hecho, podría devolvernos siempre la misma explicación. Nosotros cambiamos; su representación puede quedarse atrás. Necesitamos memorias corregibles y posibilidades de olvidar. La personalización debe permitirnos dejar de ser quienes fuimos.
Propongo llamar delegación interpretativa al hábito de consultar a una IA para decidir qué significa lo que nos sucede. Es una hipótesis, no una categoría clínica. Ayudar a redactar una respuesta y determinar cómo entendemos nuestra vida son intervenciones distintas. Esa diferencia merece atención.
Hacia 2030 veo plausible una reorganización desigual de hábitos. Algunas personas aprenderán a contrastar y corregir sistemas; otras aceptarán respuestas sin examinarlas. La metacognición, nuestra capacidad de observar y regular el pensamiento, será decisiva para reconocer cuándo delegar y cuándo sostener personalmente la incertidumbre.
¿Qué pasa frente al empleo y la democracia?
También debemos observar la identidad profesional cuando una herramienta asume tareas que daban sentido al trabajo. El tiempo liberado podría enriquecer nuestra vida o convertirse en exigencias de productividad. Un chatbot de bienestar difícilmente compensará una organización que utiliza la automatización para hacer insostenible la jornada de trabajo.
La ciudadanía también está comprometida. El agente que interpreta una discusión podría orientar nuestra lectura de noticias o candidaturas. Experimentos publicados en Nature mostraron cambios en preferencias por candidatos después de conversar con IA. Esto no implica control del voto, pero exige preguntar quién orienta recomendaciones apoyadas en información íntima.
En Colombia y América Latina debemos evitar que unos conserven atención humana mientras otros reciban automatización como única alternativa. Recomendar ayuda resulta insuficiente si nadie verifica que exista. También necesitamos proteger las vulnerabilidades inferidas de nuestras conversaciones y poder corregirlas o eliminarlas.
Las instituciones deberían evaluar funcionamiento cotidiano, dependencia y vínculos, además de síntomas. Quienes construimos estos sistemas debemos definir el éxito más allá del regreso del usuario. Un asistente debería ampliar la capacidad de actuar fuera de la interfaz. En educación, aprender a usar IA debe incluir aprender a disentir de ella, exigirle que nos rete.
Vuelvo a la mujer de 2030. El mejor resultado sería que comprendiera mejor lo ocurrido y conversara con su esposo conservando su voz. La inteligencia incorporada a nuestra intimidad debería dejarnos más capacidad para vivir y decidir cuándo termina la conversación. También espacio para equivocarnos, reconocerlo y cambiar, esa es la bella imperfección de ser humanos

* Médico hematooncólogo, magíster en oncología molecular y en adminsitración de empresas de salud. Magíster en Inteligencia Artificial, fundador de AIpocrates y CEO de OxLER. Profesor Adjunto de Ingeniería Biomédica Universidad de los Andes.
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