Prevenir el suicidio no consiste únicamente en enseñar a pedir ayuda, sino también implica aprender a reconocer en otros el sufrimiento que no se dice.
Por Lorena Cudris*
Hay una frase atribuida a Gabriel García Márquez que siempre me ha parecido profundamente humana: “No todos los hombres nacen para siempre el día que sus madres los alumbran; la vida los obliga a parirse a sí mismos una y otra vez”. Pocas imágenes son tan poderosas para hablar de esos momentos en los que continuar viviendo exige algo más que simplemente dejar pasar los días.
Hay etapas en las que una persona debe reconstruirse después de una pérdida, aprender a reconocerse tras una enfermedad, comenzar de nuevo después de una separación o encontrar razones para seguir cuando aquello que daba sentido a su existencia ya no está. Volver a parirse, en esos momentos, puede ser un proceso doloroso y profundamente solitario.
Cada septiembre volvemos a hablar de prevención del suicidio, aparecen campañas, cifras, conferencias y mensajes que recuerdan la importancia de pedir ayuda, hablar de lo que sentimos y acudir a un profesional cuando el sufrimiento comienza a desbordarnos. Todo ello es necesario. Sin embargo, hay una pregunta que pocas veces nos hacemos y que debería ocupar un lugar central en esta conversación: ¿qué pasa con quien no puede pedir ayuda? Hacerlo requiere fuerza, claridad y la posibilidad de reconocer que algo está ocurriendo, y justamente esas capacidades pueden estar profundamente debilitadas cuando una persona atraviesa una crisis.
Tenemos, además, una imagen demasiado evidente del sufrimiento: pensamos que quien está mal necesariamente dejará de trabajar, faltará a sus compromisos, llorará frente a nosotros o encontrará las palabras precisas para decir que necesita ayuda. La realidad suele ser mucho menos visible. Hay quienes continúan levantándose temprano, asisten a reuniones, dictan clases, atienden pacientes, llevan a sus hijos al colegio, responden mensajes y cumplen con todo aquello que se espera de ellas mientras sienten, en silencio, que cada día resulta un poco más difícil. Algunos conversan, hacen planes y hasta sonríen en las fotografías; han aprendido a funcionar mientras sufren y, precisamente, por eso su dolor puede pasar inadvertido.
Uno de los grandes desafíos de la prevención es que hemos puesto buena parte de la responsabilidad sobre quien atraviesa la crisis. Le decimos que hable, que consulte, que llame, que busque ayuda, que no se quede solo. Son recomendaciones necesarias, pero insuficientes si no preguntamos también qué tan preparados estamos los demás para reconocer el sufrimiento antes de que una persona tenga que convertirlo en una petición explícita de auxilio. Hemos hablado mucho de aprender a pedir ayuda; quizás necesitamos hablar con la misma insistencia de aprender a ofrecerla.
Las cifras permiten comprender la dimensión del problema. La Organización Mundial de la Salud estima que más de 720.000 personas mueren por suicidio cada año y, en Colombia, los registros de intentos de suicidio continúan recordándonos que estamos ante un desafío de salud pública que no admite indiferencia.
Pero los números tienen un límite: comienzan a contar cuando el sufrimiento ya se hizo visible para un sistema. No registran las noches en las que alguien no pudo dormir, las comidas compartidas fingiendo normalidad, la sensación creciente de haberse convertido en una carga o ese momento difícil de precisar en el que una persona comenzó a dejar de imaginarse en el futuro.
Prevenir el suicidio no puede comenzar únicamente en un servicio de urgencias; tiene que empezar mucho antes, allí donde transcurre la vida. En una familia donde alguien pueda decir “no estoy bien” sin escuchar inmediatamente que debe ser fuerte; en una universidad capaz de preguntarse qué hay detrás de una ausencia reiterada antes de interpretarla simplemente como desinterés; en un lugar de trabajo donde el agotamiento extremo no sea celebrado como prueba de compromiso, y en un sistema de salud que comprenda que preguntar por el sufrimiento emocional también forma parte del cuidado integral de una persona.
Sentido de pertenencia como primer paso terapéutico
La medicina ha avanzado enormemente en la identificación de factores de riesgo, diagnóstico, tratamientos y protocolos de atención. Esos avances salvan vidas y debemos seguir fortaleciéndolos. Pero el suicidio nos enfrenta a una verdad que la práctica médica conoce bien: las personas no enferman ni se recuperan aisladas de sus circunstancias. Alguien puede necesitar atención psicológica o psiquiátrica y necesitar, al mismo tiempo, descanso, empleo, seguridad, alivio del dolor, protección frente a la violencia, acompañamiento durante un duelo o la posibilidad de sentirse nuevamente parte de algo.
Hay una palabra que debería ocupar un lugar mucho más importante cuando hablamos de prevención: pertenencia. Sentir que pertenecemos no sustituye un tratamiento ni resuelve por sí solo una crisis suicida, pero importa. Importa saber que alguien espera nuestra llegada, que seguimos teniendo un lugar aun cuando estamos enfermos, desempleados, solos o atravesando un fracaso. Importa saber que podemos mostrarnos vulnerables sin convertirnos por ello en una carga para los demás.
Vivimos, paradójicamente, en una época de conexión permanente. Podemos conocer en segundos qué está haciendo una persona al otro lado del mundo y desconocer que quien comparte nuestra mesa lleva semanas sintiéndose solo.
Escuchar al otro, de verdad, implica tolerar silencios, no apresurarnos a ofrecer soluciones y aceptar que algunas conversaciones pueden incomodarnos. También significa comprender que no necesitamos tener todas las respuestas. No se trata de convertir a familiares, profesores, amigos o compañeros de trabajo en profesionales de la salud mental, sino reconocer que todos podemos formar parte de una red capaz de detectar que algo cambió, acercarse sin juzgar y facilitar el acceso a ayuda profesional cuando sea necesario.
Colombia necesita fortalecer sus políticas públicas, ampliar el acceso oportuno a servicios de salud mental, mejorar la detección temprana, formar profesionales, investigar y garantizar seguimiento a quienes atraviesan una crisis. Pero junto a esa respuesta institucional necesitamos construir algo que ninguna ley puede producir por decreto: una cultura del cuidado; una sociedad en la que pedir ayuda no sea motivo de vergüenza, pero en la que tampoco dejemos toda la responsabilidad de hacerse visible sobre quien está sufriendo.
No podemos resolver la vida de otra persona y tampoco debemos asumir que podemos hacerlo. Pero sí podemos contribuir a que nadie tenga que atravesar completamente solo aquellos momentos en los que vivir se vuelve difícil.
Y entonces aquella frase con la que comenzamos adquiere otro significado. La vida, ciertamente, puede obligarnos a parirnos a nosotros mismos una y otra vez. Pero quizá hay algo que deberíamos agregar a esa hermosa imagen: nadie tendría que parirse completamente solo. A veces, para volver a nacer, necesitamos que alguien permanezca cerca mientras encontramos fuerzas para hacerlo.

*Psicóloga, decana del Departamento de Ciencias Sociales de la Universidad de la Costa, Vice Chair de la Organización para las Mujeres en Ciencia para el Mundo en Desarrollo de la Unesco capítulo Colombia, Miembro Internacional de la American Psychological Association, Investigadora Senior de MinCiencias, doctora en Ciencias de la Educación y magíster en Psicología.
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