Órgano consultor del Gobierno Nacional en temas de  Salud y  Educación Médica. Creada por Ley 71/1890, ratificada por Ley 86/1928, Ley 02/1979, Ley 100/1993.

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Artículo basado en la conferencia del Dr. Diego Vargas Chávez, psiquiatra, especialista en docencia universitaria y presidente de la Asociación Colombiana de Psiquiatría.

El suicidio constituye uno de los desafíos más complejos de la salud pública contemporánea. Hablar de este fenómeno implica ir más allá de explicaciones simples o reduccionistas, pues durante mucho tiempo se ha considerado erróneamente como el resultado de un único factor. Uno de los mayores obstáculos en el abordaje es el estigma asociado a los problemas de salud mental. Se estima que, de cada diez personas que necesitan atención, siete no la solicitan debido al miedo a ser señaladas. De las tres restantes que intentan buscar apoyo, solo una o dos logran acceder de manera adecuada a los servicios de salud. Esto significa que entre ocho y nueve personas permanecen sin atención a nivel mundial.

Si se compara con otras enfermedades, resulta evidente la diferencia en la forma en que la sociedad aborda el tema. Hablar de enfermedades como la diabetes o las enfermedades cardiovasculares es relativamente sencillo, y existen amplias estrategias de prevención y tratamiento claramente difundidas. Sin embargo, cuando se trata del suicidio, el diálogo suele verse limitado, lo que dificulta la investigación, el diagnóstico temprano y el desarrollo de políticas públicas eficaces.

Las cifras globales también revelan importantes desigualdades. Aproximadamente el 80% de los suicidios en el mundo ocurre en países de ingresos bajos y medios. Paradójicamente, solo alrededor del 15% de la investigación científica se realiza en estos países, limitando la comprensión de factores específicos y dificultando la creación de estrategias de prevención adaptadas a estas realidades sociales y culturales.

Otro aspecto relevante es la diferencia de género. Los hombres presentan mayores tasas de suicidio consumado, mientras que las mujeres registran más intentos. No obstante, en diversos contextos se ha empezado a observar un aumento en las cifras de mujeres que mueren por suicidio, lo cual sugiere cambios en las dinámicas sociales y en los factores de riesgo asociados. Grupos poblacionales, considerados como minorías, enfrentan las mayores barreras de acceso a servicios de salud y, por lo tanto, son más vulnerables.

En Colombia, según registros oficiales, se reportan cerca de 80 intentos de suicidio al día y alrededor de 8 se consuman diariamente. Aunque en algunos periodos se han observado ligeras disminuciones en el número total de casos, grupos poblacionales como adolescentes y personas mayores de 75 años han mostrado incrementos porcentuales significativos en los últimos años. Los departamentos con mayores tasas de suicidio son aquellos con poblaciones rurales o comunidades indígenas, como Amazonas, Guaviare o Vaupés. Estas regiones suelen enfrentar condiciones de aislamiento geográfico, menor acceso a servicios de salud y contextos sociales complejos que influyen en la salud mental de sus habitantes. 

Los factores que pueden desencadenar el hecho pueden estar relacionados con problemas con la pareja o la familia, crisis mentales, abuso de sustancias, problemas de salud y dificultades económicas, entre otros. Los métodos utilizados también presentan variaciones según el género, la edad y el contexto regional. En general, los hombres tienden a utilizar métodos más letales, mientras que las mujeres y adultos mayores recurren con mayor frecuencia a medicamentos. En zonas rurales, la disponibilidad de sustancias químicas utilizadas en la agricultura también influye en los métodos empleados.

Los trastornos mentales representan un factor de riesgo importante. Algunas condiciones, como la depresión, la ansiedad, la esquizofrenia, el trastorno bipolar o el trastorno límite de la personalidad, incrementan hasta en un 70-80% el riesgo de suicidio. Sin embargo, el fenómeno debe comprenderse dentro de un modelo más amplio que incluya factores sociales y ambientales. Este enfoque, conocido como modelo socioecológico, plantea que la conducta suicida puede estar influenciada por situaciones como el acoso escolar (bullying), la inseguridad alimentaria, el acceso limitado a la educación, enfermedades crónicas o situaciones de discriminación.

La salud mental no se define simplemente como la ausencia de enfermedad, sino como la capacidad de las personas para enfrentar las tensiones cotidianas y desarrollar sus habilidades o  proyecto de vida. Los factores que predisponen al suicidio generalmente se asocian con conductas de riesgo (impulsividad), cambios de ánimo extremos, cambios en la alimentación o el sueño, expresiones de despedida, una enfermedad física o mental grave y el abuso de sustancias, pero también hay otros condicionantes como antecedentes personales o familiares de suicidio y un sistema de creencias fijo sobre la vida. 

No todos vemos la vida bajo el mismo prisma. Lo que para algunos puede tener sentido en la vida, para otros no, y la creencia de la muerte como una búsqueda de solución ante las dificultades está presente en estas conductas autolesivas. La presencia de un dolor psicológico intolerable, la desesperanza o necesidades psicológicas frustradas pueden presentarse como aspectos comunes en la conducta suicida. 

Por ello, la prevención requiere acciones coordinadas en distintos niveles. En primer lugar, es necesario fortalecer la investigación, especialmente en países donde las tasas son más altas. Algunos estudios han demostrado que programas escolares contra el bullying, servicios de apoyo en línea y programas comunitarios de rehabilitación psicosocial pueden ser altamente costoefectivos. 

Existe una alternativa poco explorada y se trata de capacitar a “guardianes comunitarios”, es decir, personas que suelen ser las primeras en escuchar los problemas de otros, como docentes, líderes comunitarios y personas cercanas a la comunidad:  tenderos, peluqueros, que podrían desempeñar un papel clave en la identificación temprana de señales de alerta.

Además, la promoción de hábitos saludables también contribuye a la prevención. Dormir adecuadamente, mantener una alimentación equilibrada, realizar actividad física y reducir el estrés son prácticas beneficiosas tanto para la salud física como para la mental. A esto se suman dos elementos fundamentales: el fortalecimiento de las redes de apoyo social y el uso equilibrado de la tecnología, favoreciendo las relaciones interpersonales y el contacto humano directo.

En el ámbito clínico, la relación terapéutica basada en la empatía y la escucha activa es esencial. Los profesionales de la salud deben evitar posturas de juicio o imposición y, en su lugar, construir un espacio seguro donde las personas puedan expresar su sufrimiento y explorar alternativas de afrontamiento, las llamadas terapias de tercera y cuarta generación.

La comunicación responsable es otro componente clave de la prevención. La forma en que se informa sobre los suicidios puede influir en la percepción pública y en la aparición de conductas imitativas. Por ello, se recomienda evitar la difusión de detalles sensacionalistas, como las notas de despedida, y en su lugar promover información sobre líneas de ayuda y recursos de apoyo. 

Una de las estrategias más simples y poderosas de prevención consiste en algo aparentemente sencillo: preguntar. Diversas investigaciones han demostrado que hablar abiertamente sobre el tema y preguntar directamente a una persona si está pensando en hacerse daño no aumenta el riesgo; por el contrario, puede abrir la puerta a la ayuda y al acompañamiento que muchas personas necesitan.

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Intervención completa en: FORO | LA EPIDEMIA SILENCIOSA: ANSI3D4D Y D3PR3SI*N

Nota. Victoria Rodríguez G. Comunicaciones Academia Nacional de Medicina

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