Cátedra de Humanismo Médico. Iniciativa de la Academia Nacional de Medicina promovida por la Asociación Colombiana de Facultades de Medicina – ASCOFAME. Invitado el Académico Dr. Julián Bohórquez Carvajal, médico y doctorado en Filosofía de la Pontificia Universidad Javeriana. Miembro de Número de la Academia de Medicina de Caldas.
En el corazón del Renacimiento alemán, emergió una figura que no solo dominó el arte, sino que también dejó testimonio en sus obras de las dolencias humanas: Albrecht Dürer, para el mundo hispanohablante, Alberto Durero. Vivió entre 1471 y 1528; fue un artista minucioso, su primer autorretrato lo realizó a los 13 años. Desde niño fue instruido en la orfebrería por su padre, lo que le dio un dominio temprano del buril y lo introdujo en el mundo del grabado. Protestante convencido, su arte se caracterizó por una mirada franca sobre el cuerpo humano, alejada de las idealizaciones católicas, permitiendo una lectura médica más precisa de los personajes que representó.
En sus grabados, como en la Flagelación de 1496, se encuentra un personaje con atrofia muscular y pies deformes, lo que ha sido interpretado como una representación temprana del estrágalo vertical congénito, posiblemente acompañado de espina bífida. Otro ejemplo es el Baño de mujeres, donde se retrata a una figura femenina con signos del síndrome de Cushing, hipotiroidismo o un tumor en la hipófisis que explicarían su aspecto físico.
Durero se formó en Italia, donde estudió geometría, pintura y anatomía. En cuadros como La Virgen con el Niño (1498) o Jesús entre los doctores (1506), se encuentran detalles anatómicos sugestivos, como hemiplejías infantiles o deformidades ortopédicas, que han sido analizados por especialistas en medicina y arte. Incluso su célebre dibujo de las Manos que oran ha sido objeto de análisis clínico, al sugerirse que podrían representar artritis reumatoide, enfermedad que, según se cree, afectó a varios miembros de su familia.
El cuerpo enfermo se convierte así en un motivo persistente en la obra de Durero. En el grabado San Pedro y San Juan curando a un lisiado, la figura del enfermo ha sido interpretada como una representación de lepra, por las señales cutáneas y neurológicas visibles, como la mano en garra y la facies leonina.
El punto más profundo de este vínculo entre arte y enfermedad aparece tras la muerte de su madre en 1514, año en que Durero cae en una profunda depresión. La representación de su madre, envejecida y consumida, es probablemente uno de los retratos más conmovedores de su obra. Algunos han sugerido que la mujer padecía un cáncer de tiroides, pero más allá del diagnóstico, lo esencial es la carga emocional y melancólica del retrato, que marca un antes y un después en su producción artística.
Esa melancolía que lo envolvió tras la pérdida materna se materializa en su grabado más enigmático: Melancolía I. Realizado también en 1514, este grabado representa a un personaje alado rodeado de instrumentos científicos, un polígono, una esfera, un ángel escribiente, un cuadrado mágico que suma 34 por cada lado y que algunos consideran un talismán contra la melancolía, además de un perro echado de aspecto enfermo.

Para algunos expertos, La Melancolía I se fundamenta en la tradición humoral mencionada por Hipócrates en su Tratado sobre la naturaleza del hombre, donde se menciona que la salud y la enfermedad dependen del equilibrio o desequilibrio de los 4 humores. Sangre, la flema, la bilis negra y la bilis amarilla, donde la bilis negra o melancholia era considerada la causante de enfermedades como la epilepsia, la migraña y la tristeza. Aristóteles, en su Problema 30, había vinculado esta bilis con los genios, estableciendo que todos los grandes artistas y pensadores eran melancólicos. Galeno sistematizó este mismo concepto en 4 personalidades: sanguíneo, flemático, colérico y melancólico, de acuerdo a la predominancia de su humor.
En el siglo XI, Santa Hildegarda de Bingen, una mística, médica y artista, plasmó en su obra la idea ancestral de que el cuerpo humano —el microcosmos— reflejaba las estructuras del universo —el macrocosmos—. En su famoso dibujo del “Hombre microcósmico“, vemos esta correspondencia simbólica entre lo humano y lo cósmico, una idea que venía desde la filosofía griega. Aunque Hildegarda compartía la visión de los cuatro humores corporales, creía que la melancolía, relacionada con la bilis negra, era consecuencia directa de la caída de Adán y Eva y una manifestación inevitable del sufrimiento humano.
En la Edad Media, los tipos de temperamento —flemático, sanguíneo, colérico y melancólico— se representaban en figuras, donde el melancólico era retratado con gesto abatido, piel oscura y enfermiza. Esta representación evolucionó hasta las célebres obras de Alberto Durero, particularmente su grabado Melancolía I, que captura la complejidad de ese estado de ánimo: una figura alada con expresión pensativa, rodeada de instrumentos de geometría, en alusión tanto al sufrimiento interior como al genio intelectual.
Su Melancolía I está llena de simbolismos: la balanza, el reloj de arena, el cuadrado mágico, el compás, e incluso el perro flaco y decaído, todos aludiendo al paso del tiempo, la muerte y la introspección. La figura alada, con la mano en la mejilla, repite el gesto melancólico tradicional, pero también representa una mente absorbida en el pensamiento.
Durero distinguió entre tres tipos de melancolía, influido por el texto De occulta philosophia de Heinrich Cornelius Agrippa: la melancolía imaginativa (de los artistas), la racional (de los filósofos) y la mental (de los teólogos). Melancolía I sería entonces la representación de la primera, centrada en el poder creativo de los artesanos y pensadores. Esta clasificación se extendió a otras de sus obras, como su retrato de San Jerónimo, que representa la melancolía racional, con símbolos de contemplación y sabiduría.

En sus últimos años, Durero continuó explorando la temática melancólica. En Los cuatro apóstoles, relacionó a cada apóstol con un humor. El primer apóstol a la izquierda es Juan, que es sanguíneo representado por el color naranja; detrás de Juan está Pedro, el flemático, de oscuro Marcos, el colérico, y puso en primer plano a Pablo, el melancólico, como símbolo del pensamiento profundo y del ideal luterano: la lectura directa de las escrituras.
Este cuadro podría ser la representación de esa última melancolía, la mental (de los teólogos).
Uno de sus dibujos más enigmáticos es su Autorretrato de la mancha amarilla, que envió a su médico señalando un dolor en el hipocondrio izquierdo, zona atribuida al bazo, considerado en la época la sede de la bilis negra o melancolía. Algunos interpretan esta imagen como testimonio de su enfermedad física, otros como la representación simbólica de un dolor emocional tras la muerte de su madre.
Durero no fue solo un artista excepcional del Renacimiento alemán, sino alguien capaz de interpretar signos clínicos de una manera particular, capturando la esencia de los 4 humores tan presentes en la medicina de la época.
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Intervención en: LA MEDICINA EN LA OBRA DE ALBERTO DURERO
Nota. Victoria Rodríguez G. Comunicaciones Academia Nacional de Medicina
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