El Dr Diego Severiche Hernández es un médico egresado de la Universidad Juan N. Corpas, especializado en Medicina Interna en la Universidad Javeriana, en Medicina Crítica y Cuidado Intensivo en la Universidad de la Sabana, y en Educación Médica en El Bosque. Ha trabajado en varios hospitales y clínicas de Bogotá, entre ellos el Hospital de la Samaritana. El médico Severiche ha circulado una emocionante misiva a través de las redes sociales. Se trata de la experiencia de una persona que ha dedicado su vida a ayudar a víctimas del terrorismo, de los desastres naturales, o del Covid 19. Es un verdadero héroe de la medicina, de alguien que siempre ha estado en la primera línea. Se ha destacado en la medicina académica, como podemos ver en el libro cuya carátula anexamos.:

“Queridos familiares y amigos, en un momento de descanso en la UCI del hospital San Rafael de Tunja, quiero compartir esta reflexión, necesito hacerlo, independientemente de las reacciones que pueda generar, o de que alguien finalmente lo lea.

A finales del 1985 fui testigo de la toma del Palacio de Justicia y esa misma noche, desde el Hospital de la Samaritana, vi el incendio del mismo y su desenlace. A los ocho días ocurrió la avalancha de Armero y en los meses siguientes, ayudé a atender a los cientos de pacientes muy críticos que llegaron al hospital. En los años noventa fui testigo y tuve que atender cientos de policías y soldados, más eran los policías, heridos por el del plan pistola de Pablo Escobar y la infame violencia de las FARC, sus masacres y los efectos de los cilindros bomba. Atendí pacientes de los atentados terroristas en un centro comercial en Suba, y el de mayor impacto para mi, el del centro 93. Aun soy el médico de una de las sobrevivientes de ese vil atentando. Varios pacientes y familiares de amigos fallecieron y resultaron heridos en el atentando del club del Nogal y sigo atendiendo algunos de los sobrevivientes. Fui uno de los médicos que atendió e intentó reanimar al Dr. Álvaro Gomez Hurtado, en su fatal atentado. En la década del ochenta y noventa, fui testigo del comienzo de la epidemia del SIDA, y esta nueva epidemia, me hizo recordar, la angustia y ansiedad que nos generaba la atención de esos pacientes. El miedo que generaba realizar algún procedimiento y que accidentalmente nos pudiéramos contagiar de una enfermedad en su momento 100% mortal.

Una careta y unas gafas de protección que habia comprado en su momento para realizar broncoscopias, fueron rescatadas de algun cajón olvidado, y dado que se mantenían en buen estado, he podido reutilizarlas en esta epidemia. Son muchos otros momentos y situaciones, que tal vez, por no extenderme, ya de por sí en este largo texto no voy a mencionar.

Desde el comienzo de esta epidemia del COVID 19, siempre me he mantenido activo, salvo los momentos de aislamiento obligatorio por el alto riesgo de contagio, aunque afortunadamente hasta ahora me mantengo asintomático y las pruebas que me han realizado han sido negativas. He visto pacientes en mi consultorio altamente sospechosos, que he enviado a hospitalizar, alguno de ellos han fallecido, el primero fallecio en la clínica Colombia y aun me angustia pensar si este paciente fue el que contagio al médico de urgencias, uno de los primeros médicos en fallecer en esta epidemia. He tenido varios pacientes atendidos telefónicamente, con cuadros positivos, y desde hace unas ocho semanas, estoy atendiendo innumerables pacientes que se han recuperado de la enfermedad, que están consultando por las secuelas respiratorias y sistémicas de esta enfermedad.

Soy testigo del drama personal, familiar, social, humano de esta epidemia. En los hospitales habia tenido un contacto con pacientes pero los hechos de la última semana son los que me han motivado a compartir mis experiencias con ustedes, eventuales lectores. La semana pasada tuve que pasar revista en la clínica Shaio, en un piso exclusivo de pacientes Covid, en el cual estaban unos veinte pacientes hospitalizados, y el jueves tuve turno en la UCI exclusiva de COVID Tunja, dependiente del hospital San Rafael, donde se encontraban catorce pacientes. Lo que encontré en estos servicios generó en mi estas reflexiones.

Me encontré con un gran grupo de gente joven, yo fácilmente podría ser el padre de cada uno ellos. Médicos generales, enfermeras jefes, terapistas respiratorios, auxiliares de enfermería, personal de aseo o seguridad. Cada uno de ellos llevando su cruz interior o sus propios demonios, con toda la ansiedad y angustia que la atención de estos pacientes genera, por el impacto y sacrificio familiar. Todos en silencio y aislamiento, con dedicación absoluta, ofreciendo lo mejor a cada paciente. No vi a ningún paciente al que se le negara algo, se les cambiaba de posición. Se les prona , se les asea, se les limpian detritos y olores de sus necesidades fisiológicas, sus secreciones, se les alimenta. No se les niega nada de lo humanamente posible.

Y uno se pregunta que motiva a cada uno de nosotros realizar esta actividad, colocando su propia vida de por medio y la única respuesta que uno puede obtener es VALOR Y AMOR. Amor a la humanidad, amor a la vida, que mayor prueba de valor se le puede pedir a un ser humano, que estár dispuesto a dar su vida por la de otro. No puede esgrimirse el argumento económico, y la necesidad de dinero, porque el personal de salud recibe sueldos miserables, y en muchas ocasiones retrasados. Nunca jamás la sociedad, la humanidad, podrá valorar y reconocer, la grandeza humana del personal de salud. Si solamente una minoría de la humanidad tuviera las calidades humanas del pesonal de la salud, este mundo sería diferente. Ojalá algún día los políticos mezquinos y garozos, los mercaderes de la salud, que solamente piensan en el enriquecimiento personal, reconocieran el gran valor del personal de salud. No necesitamos palabras y frases acomodadas, sino un verdadero reconocimiento de nuestra labor. Aún no se que pasará conmigo en esta epidemia, le ruego a Dios, todos los días, que me permita seguir vivo, por todas las personas que amo, pero si su voluntad es otra, partiré muy orgulloso de lo que he hecho, de haberme permitido ser parte de un grupo maravilloso de seres humanos que han dado mejor de sí por sus congéneres y de ayudar a enfrentar esta terrible epidemia”.

Diego Severiche Hernandez

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Internista-Endocrinólogo. Miembro de Número de la Academia Nacional de Medicina, Fellow del American College of Physicians y Miembro Honorario de la Asociación Colombiana de Endocrinología, Diabetes y Metabolismo. Editor Emérito de la Revista MEDICINA. Editor de Noticias, portal de la Academia www.anmdecolombia.org.co