Por Remberto Burgos De la Espriella

Acudí a la vieja Brema, 60 años en mi casa. “Usssso docto, eso es más viejo que el corozo. El marío de la yuca harinosa y la mujé del patacón”. Que mejor definición de esta delicia de la gastronomía costeña: el suero costeño y su modalidad atoyabuey. Es la salsa de tomate de los pobres de las sabanas del Caribe. Es un derivado de la leche y consiste en separar las proteínas sólidas (caseína) de las proteínas líquidas (suero.). Su edad no lo sabemos, pero la influencia árabe y siria lo coloca desde el Siglo XVII y desde ahí es mencionado regularmente, 1886. Ha durado más que la constitución de Núñez. La costumbre de utilizar los recipientes de totumo y bangaños en su preparación o conservación viene de esas tierras. El atoyabuey debía pasar este examen: se colocaba el suero en un plato pequeño y debía sostener parada una cuchara de palo. Ese si era el propio, acreditado y ¡fuera calabazo!

Imaginemos que la sangre es la leche. Tiene dos componentes: las células (glóbulos rojos, plaquetas) y una parte líquida que es el plasma. Le corresponde el 70% del volumen sanguíneo y tiene unos constituyentes muy importantes: agua y sales minerales, los factores de coagulación, la albumina y las inmunoglobulinas. Estas son proteínas valiosas, nos protegen de las infecciones. Por cierto, se hace plasmaféresis para obtener el plasma y esto me recuerda el proceso del atoyabuey. La leche se coloca en el recipiente y va quedando en la parte de arriba “la potente mantequilla”.

Desde los tiempos del corozo se ha utilizado el plasma como tratamiento en diversas situaciones. En la pandemia de la gripe española en 1918, en el Síndrome Respiratorio Agudo Grave (SARS) y en el ébola. Es el concepto de “anticuerpos pasivos”: colocarle al paciente plasma con inmunoglobulinas que se han formado después de la infección. En otras palabras: la persona se enferma, tiene un buen sistema inmunológico que la defiende y supera la infección. Produce una cantidad de inmunoglobulinas que circulan un buen tiempo en su torrente sanguíneo. El plasma actúa como una bodega para su almacenamiento. Este es el donante. Si retiro este plasma y se lo trasfundo a un paciente infectado, receptor, le introduzco estos anticuerpos ya formados que combaten la infección en curso. El principio simple para tratar las cosas complejas: plasma convaleciente.

Muchos países al ver la inclemencia de la pandemia, 89 millones de contagiados en el mundo, y la búsqueda de opciones terapéuticas entraron en esta investigación. Colombia entre ellos y su grupo PC-COVID-19. Varias universidades y un grupo de científicos colombianos dispuestos a encontrar una solución propia —criolla— que disminuya la mortalidad de esta pandemia miserable que hay llega a 55 mil colombianos muertos.

Sin ser original, la investigación colombiana tiene unos “toque toques” nuestros. La correcta selección de donantes (titulación de anticuerpos) y el tiempo de la aplicación (precoz) con su dosis (3 ml por kg de peso durante dos días). El estudio piloto con 10 pacientes y el aleatorizado con 90 casos. La información que se tiene es que su uso reduce el tiempo de hospitalización de los pacientes con COVID y los títulos altos de anticuerpos se obtienen en enfermos que lo reciben. Se habla de actividad inmunomoduladora.

Rigor académico en el protocolo, aprobación del Comité de Ética de las tres instituciones y VoBo del INVIMA son una gran enseñanza para todos los colombianos. He visto siempre que la educación es la tabla de salvación de nuestros pueblos. El ingreso a la sociedad del conocimiento, igualdad de oportunidades, es lo que nos lleva a cumplir los principios de equidad y metas ante los desafíos y adversidades. Es despejar el futuro.

Cuando veo los patrocinadores de este proyecto, entes privados, lamento que la ciencia e investigación no estén considerados como inaplazables en la agenda social del estado. El nuevo ministerio ha estado autista y muy lejos del sentir de los científicos colombianos. Las circunstancias de la pandemia barajaron nuevamente el presupuesto nacional y solo unas pequeñas gotas llegaron para la ciencia. Tenemos el talento y la creatividad. Nos falta el direccionamiento y el apoyo. Cuando llegaremos al 1.5% del PIB, requisito mínimo, y cumplir lo que propuso la misión de sabios: 3.5%. Hoy tenemos 16 doctores graduados por millón de habitantes: debemos incrementar nuestra capacidad científica.

Suena frase gastada y trillada: tenemos que buscar y encontrar nuestras propias soluciones. Aprender lo trascendente que son los trabajos y lazos colectivos. La ciencia no tiene límites, la investigación salta las fronteras y el conocimiento derrumba los muros del oscurantismo. Publicaciones como esta, ajeno a sus resultados, son un bálsamo de esperanza en esta pandemia social que nos asfixia.

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El doctor Remberto Burgos de la Espriella ha sido Presidente de la Asociación Colombiana de Neurocirugía, Presidente Honorario de la Federación Latinoamericana de Neurocirugía y Miembro de Número de la Academia Nacional de Medicina de Colombia.

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Órgano consultor del Gobierno Nacional en temas de educación médica y salud del pueblo colombiano.