Órgano consultor del Gobierno Nacional en temas de  Salud y  Educación Médica. Creada por Ley 71/1890, ratificada por Ley 86/1928, Ley 02/1979, Ley 100/1993.

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Artículo sobre la conferencia del Dr. José Posada Villa, especialista en psiquiatría. Director del Observatorio de Salud Mental Positiva ICSN Clínica Montserrat. 

El Dr. Posada abordó la experiencia del Observatorio de Salud Mental Positiva del Instituto Colombiano del Sistema Nervioso Clínica Montserrat, en la promoción de la salud mental y la prevención de trastornos. Desde una perspectiva académica rigurosa, la salud mental no debe entenderse únicamente como la ausencia de síntomas, sino como un estado dinámico de bienestar que permite a las personas desarrollar sus capacidades, afrontar las tensiones de la vida y contribuir a su comunidad. Esta distinción es crucial para evitar convertir en patologías un malestar cotidiano y para orientar políticas públicas hacia la promoción del bienestar, más allá de la atención clínica.

La pandemia por covid-19 representó un punto de inflexión en la salud mental global y nacional. Según datos reportados por la Organización Mundial de la Salud, los síntomas de ansiedad y depresión aumentaron en aproximadamente un 25% a nivel mundial. En Colombia, entre el 30% y el 40% de la población manifestó síntomas significativos, con cifras superiores al 45% en jóvenes urbanos. Este incremento no puede entenderse como un fenómeno aislado, sino como parte de un proceso más amplio que ha sido denominado “pospandemia”. Lejos de ser un periodo posterior a la crisis sanitaria, la pospandemia constituye un fenómeno social complejo caracterizado por fatiga emocional, duelos acumulados, incertidumbre prolongada y una preocupante normalización del malestar psicológico.

Para comprender adecuadamente esta realidad, se debe recurrir al concepto de sindemia, que hace referencia a la interacción sinérgica de dos o más epidemias en un contexto social determinado. A diferencia de una pandemia, que se centra en la propagación de una enfermedad específica, la sindemia reconoce que los problemas de salud se potencian entre sí y están profundamente influenciados por determinantes sociales como la desigualdad, la pobreza, la violencia, la precariedad laboral y el acceso limitado a servicios. En Colombia, la ansiedad y la depresión no pueden analizarse de manera aislada, sino en interacción con estas condiciones, que agravan su impacto y dificultan la recuperación de las poblaciones más vulnerables.

Los datos nacionales evidencian la magnitud del problema. El aumento sostenido en indicadores de estrés, preocupación y tristeza persistente, documentado por el DANE, refleja un deterioro del bienestar emocional con efectos transversales. Grupos como mujeres, cuidadores, trabajadores de la salud y personas en condiciones socioeconómicas desfavorables han sido particularmente afectados. Este impacto se traduce en varias dimensiones de la vida social: disminución de la productividad laboral -expresada en ausentismo y presentismo (acuden físicamente a trabajar, pero no son productivos)-,  reducción en la concentración y estrés laboral crónico.

En el ámbito educativo, los efectos han sido igualmente significativos. Las instituciones escolares reportan un incremento en conflictos, desmotivación estudiantil y dificultades socioemocionales, así como un notable desgaste en los docentes. En este sentido, la salud mental emerge como un determinante central del clima escolar, del aprendizaje y de la convivencia. 

A nivel comunitario, se observa un aumento del aislamiento social, tensiones familiares, pérdida de redes de apoyo y un incremento de la brecha entre lo urbano y lo rural, lo que refuerza la idea de que la salud mental es, en esencia, un fenómeno relacional.

Existen factores de riesgo como el aislamiento social, la inseguridad económica, la violencia intrafamiliar y la estigmatización que aumentan la vulnerabilidad; por el contrario, tener resiliencia, contar con redes de apoyo y acceso a servicios de salud, fomentar las habilidades socioemocionales y la participación comunitaria actúan como factores protectores de la salud mental. 

El enfoque de salud mental positiva, inspirado en la teoría de la salutogénesis, se centra en los factores que generan salud y bienestar en lugar de las causas de la enfermedad; propone entender la salud mental como un recurso para la vida, centrado en el fortalecimiento del bienestar, el sentido de vida, la resiliencia y el apoyo social. 

El modelo socioecológico complementa esta perspectiva al reconocer que la salud mental se construye en múltiples niveles: individual, familiar, comunitario, institucional y político; fundamental para diseñar intervenciones sostenibles, especialmente en entornos de desigualdad. Desde el Observatorio de Salud Mental Positiva, han desarrollado indicadores que permiten evaluar dimensiones como bienestar subjetivo, resiliencia, sentido de vida, apoyo social, participación comunitaria y percepción de un entorno seguro. Estas herramientas no solo facilitan la comprensión del fenómeno, sino que permiten la toma de decisiones basadas en evidencia.

La evidencia muestra que la promoción de la salud mental reduce la incidencia de trastornos, los programas escolares mejoran la convivencia y el bienestar estudiantil. Las intervenciones comunitarias fortalecen la resiliencia y reducen los síntomas leves, mientras que la alfabetización en salud mental ha contribuido a disminuir el estigma. Estas acciones resultan, además, costoefectivas, lo que refuerza su pertinencia en contextos de recursos limitados. Sin embargo, persisten los desafíos en cobertura y sostenibilidad.

Las experiencias desarrolladas por el Instituto Colombiano del Sistema Nervioso Clínica Montserrat ilustran el potencial de estas estrategias. Programas comunitarios, como aquellos orientados a mujeres cabeza de familia en contextos vulnerables, han evidenciado mejoras en el bienestar subjetivo y en la cohesión social, destacando el papel activo de las comunidades como agentes de transformación. En el ámbito educativo, las intervenciones han fortalecido las capacidades docentes y han generado entornos más protectores para los estudiantes.

La promoción de la salud mental no ocurre exclusivamente en los servicios de salud. Tiene lugar principalmente en los hogares, las escuelas y las comunidades. Padres, madres, docentes y líderes comunitarios desempeñan un rol central en la construcción del bienestar, lo que implica la necesidad de ampliar la responsabilidad más allá del sector sanitario.

En consecuencia, la salud mental debe integrarse plenamente en las políticas de salud pública mediante un enfoque intersectorial que articule educación, trabajo, desarrollo social y salud. Esto requiere inversión sostenida, fortalecimiento de la atención primaria, reducción de inequidades territoriales y participación activa de la ciudadanía. Asimismo, es fundamental avanzar en la reducción del estigma y en la consolidación de redes comunitarias que actúen como factores protectores.

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Intervención completa en: FORO | LA EPIDEMIA SILENCIOSA: ANSI3D4D Y D3PR3SI*N

Nota. Victoria Rodríguez G. Comunicaciones Academia Nacional de Medicina

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