Artículo sobre la conferencia del Dr. Franklin Escobar Córdoba en el marco de la Cátedra de Humanismo Médico. Especialista en psiquiatría de la Universidad Nacional. Experto en medicina del sueño del Comité Colombiano de Acreditación en Medicina del Sueño.
El sueño ha acompañado a la humanidad desde sus orígenes como una experiencia universal y enigmática. Por siglos, filósofos, médicos y científicos han intentado comprender su significado, su función y su relación con la salud humana. Hoy se reconoce al sueño como un proceso biológico esencial regulado por mecanismos neurofisiológicos y, aunque la medicina del sueño como disciplina es relativamente reciente (poco más de 50 años), sus raíces se encuentran en esas primeras reflexiones que civilizaciones antiguas realizaron.
En culturas como la egipcia, la mesopotámica y la griega, los sueños eran considerados mensajes enviados por los dioses. Creían que el estado de sueño representaba una especie de frontera simbólica entre lo mortal y lo divino. Los egipcios desarrollaron una de las primeras clasificaciones de los sueños en tres tipos: cuando los dioses demandaban una acción, otros contenían advertencias o revelaciones, y en el tercer tipo los sueños eran inducidos mediante rituales.
Los griegos heredaron muchas de estas creencias, incluyendo la idea de que los sueños podían ser buenos o malos o que los dioses enviaban mensajes a través de ellos. Consideraban la abstinencia sexual, restringir ciertos alimentos, beber solo agua o incluso ofrecer sacrificios animales a los dioses como una forma de merecimiento para recibir un sueño revelador. El sueño era visto como una especie de antesala simbólica de la muerte, una idea que influiría durante siglos en la filosofía y en la medicina.
La transición hacia una interpretación médica del sueño comenzó con los pensadores griegos. Hipócrates propuso que el sueño era un estado fisiológico asociado con cambios en la circulación de la sangre hacia el cerebro, lo que representó un paso crucial, pues por primera vez se relacionaba el sueño con procesos corporales y con la enfermedad.
Aristóteles profundizó en esta visión y en sus escritos diferenció el sueño y la vigilia; propuso que los sueños podían inducir procesos corporales. Según esta idea, el organismo percibiría cambios físicos o síntomas antes de que el individuo fuera consciente de su enfermedad. Este planteamiento anticipa, en cierta medida, la noción moderna de que el cerebro continúa procesando información sensorial durante el sueño.
La medicina romana adoptó gran parte de la tradición griega, pero llevó el poder de los sueños más allá. Si alguna persona tenía un sueño relacionado con el estado, debía hacerlo público, a riesgo de ser sacrificado si no lo hacía. Creían que los sueños podían revelar la voluntad de los dioses. Más tarde, el médico Galeno desarrolló la teoría humoral del sueño. Según su explicación, durante la digestión se producían vapores y humores (especialmente la flema) que ascendían al cerebro y generaban un estado de reposo funcional. Esta teoría dominó el pensamiento médico durante siglos.
Durante la Edad Media, se produjo un estancamiento en el desarrollo científico, y el sueño volvió a interpretarse en gran medida desde perspectivas morales y religiosas. Sin embargo, el mundo islámico preservó y amplió muchos conocimientos médicos griegos. Uno de los médicos más influyentes fue Avicena, autor del Canon de la medicina. Describió el insomnio como una entidad clínica específica y atribuyó un papel central al cerebro en la regulación del sueño. Avicena identificó también factores emocionales como la ansiedad y el miedo como posibles causas de insomnio, anticipando conceptos que hoy forman parte de la medicina del sueño y de la psiquiatría.
El Renacimiento marcó un punto de inflexión en la comprensión del sueño. Fue entendido como un proceso natural del cuerpo y la mente y reconoció al cerebro como el órgano central en la regulación de los estados de conciencia. El sueño dejó de considerarse un fenómeno sobrenatural y comenzó a interpretarse como un proceso natural del organismo.
Durante los siglos XVI y XVII, surgieron las llamadas teorías pasivas del sueño, que lo concebían como una disminución de la actividad cerebral. Thomas Willis estudió el papel del sistema nervioso y la circulación cerebral en los estados de conciencia, sentando las bases de la neurología moderna. Se abandonó la idea del sueño como fenómeno digestivo o humoral.
En el siglo XIX, con el desarrollo del método científico y de la fisiología experimental, el sueño empezó a definirse como un estado funcional del cerebro. Esta perspectiva rompió con la idea de que dormir era simplemente una forma de inactividad o reposo. Durante este periodo se describieron por primera vez algunos trastornos del sueño, entre ellos la narcolepsia (Westphal, 1877). Estas observaciones dieron origen a la nosología del sueño, es decir, a la clasificación médica de las enfermedades relacionadas con el dormir. Además, se empezó a reconocer que los estados mentales tenían correlatos fisiológicos medibles, lo que preparó el terreno para el desarrollo de nuevas técnicas de investigación como la electroencefalografía y la fisiología del sueño del siglo XX.
El verdadero avance científico en el estudio del sueño ocurrió en el siglo XX con el desarrollo del electroencefalograma (EEG). En 1929, el psiquiatra alemán Hans Berger logró registrar por primera vez la actividad eléctrica del cerebro humano. Este descubrimiento permitió diferenciar objetivamente los estados de vigilia y sueño mediante patrones eléctricos específicos. Ivan Pavlov, por la misma época, estudió la parte comportamental del sueño, clasificándolo como un proceso activo, resultado de una inhibición cortical generalizada que protege a la corteza cerebral del agotamiento funcional. También estableció que los estímulos monótonos y repetitivos favorecen el dormir.
En la década de 1950 se produjo uno de los descubrimientos más importantes en la historia de la medicina del sueño: la identificación del sueño REM (Rapid Eye Movement) por parte de Nathaniel Kleitman y su estudiante Eugene Aserinsky en la Universidad de Chicago. Este tipo de sueño se caracteriza por movimientos oculares rápidos, actividad cerebral intensa y una fuerte asociación con los sueños vívidos.
Posteriormente, el psiquiatra William Dement estableció la relación entre el sueño REM y la actividad onírica, lo que llevó a comprender la arquitectura del sueño como una sucesión cíclica de fases REM y no REM. Este hallazgo transformó radicalmente el campo y condujo a la creación de los primeros laboratorios del sueño.
La medicina del sueño también incorporó avances en cronobiología a mediados del siglo XX, el estudio de los ritmos biológicos y su relación con el tiempo para comprender los ritmos circadianos. Charles Czeisler demostró que el principal reloj circadiano del organismo se encuentra en el núcleo supraquiasmático del hipotálamo, responsable de sincronizar los ciclos de sueño y vigilia con el ambiente.
En la década del 70 se desarrollaron técnicas diagnósticas como la polisomnografía, que permite registrar simultáneamente la actividad cerebral, ocular, respiratoria, cardíaca y muscular durante el sueño. En este periodo también se identificaron numerosos trastornos del sueño, entre ellos la apnea obstructiva del sueño, descrita por Christian Guilleminault.
La década del 80 trajo la creación de las primeras clínicas especializadas en medicina del sueño y comenzó a consolidarse como una subespecialidad médica. En la década del 90 se identificaron genes asociados al reloj biológico.
Hoy, desde el punto de vista de salud pública, existe una alta prevalencia de trastornos del sueño. La apnea impacta a uno de cada 4-5 colombianos. Se ha demostrado que el insomnio crónico está asociado a enfermedades cardiovasculares, metabólicas, psiquiátricas y neurológicas. Además, la privación de sueño se relaciona con accidentes laborales y de tránsito, lo que ha llevado a la creación de políticas públicas y regulaciones en distintos países. En 2023, se publicó la Clasificación Internacional de Trastornos del Sueño en su tercera edición, que se ha convertido en una guía para los especialistas.
El futuro de la medicina del sueño se encuentra en las terapias personalizadas, en los avances tecnológicos y los avances en neurociencias que permitirán medir aún más funciones y variables relacionadas con el sueño.
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Intervención del Dr. Escobar en: HISTORIA DE LA MEDICINA DEL SUEÑO
Nota. Victoria Rodríguez G. Comunicaciones Academia Nacional de Medicina
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