Artículo basado en la conferencia del Dr. Carl S. Machuca Hernández. PhD en Salud Pública, docente en Unisanitas y en la Universidad del Bosque. Director de la Maestría en Salud Pública en la Universidad El Bosque.
El Dr. Machuca plantea una reflexión crítica sobre el profesionalismo médico contemporáneo para entender cómo debe proyectarse y acoplarse a las necesidades de los pacientes y las comunidades. El contexto actual exige revisar ese contrato social a la luz de los fundamentos éticos, sociales y académicos que orientan la práctica médica hoy.
Históricamente, la medicina ha transitado entre dos grandes concepciones. Por un lado, su origen como práctica vocacional ligada a la figura del “sanador”, cargada de significados culturales, simbólicos e incluso mitológicos. Por otro lado, su transformación en un oficio “profesional”. A partir del siglo XIX, la medicina se modernizó, estructurada bajo criterios científicos, institucionales y regulatorios. Este proceso de profesionalización fortaleció el aspecto técnico de la medicina, pero también la introdujo en dinámicas comerciales y de monopolio que transformaron los sistemas sanitarios, lo que progresivamente distanció al médico de su rol tradicional en la comunidad.
En este tránsito, el profesional de la salud dejó de ser exclusivamente un sanador para convertirse en un actor dentro de sistemas sanitarios complejos, regidos por normas institucionales, lógicas administrativas y presiones políticas y económicas. Al profesional no solo se le exige competencias técnicas, sino también autorregulación, responsabilidad social, compromiso con la formación continua y ser un actor que dé réditos económicos a la institución.
Entonces, debe ser una especie de “híbrido” entre el sanador antiguo y el profesional contemporáneo. El gremio de la salud no solamente tiene que preocuparse por dar esa garantía de calidad y bienestar, de precisión en el diagnóstico, sino que también tiene que pensar en los procesos de autorregulación económica, del manejo eficiente y eficaz de los recursos y, asimismo, responder a las necesidades de las comunidades.
Se rige por el contrato social que se define como el acuerdo implícito mediante el cual la sociedad otorga legitimidad y privilegios a la profesión médica, a cambio de que esta responda a sus necesidades de salud. Sin embargo, dicho contrato está atravesado por expectativas divergentes, ¿cuáles son las expectativas de la sociedad y cuáles las de la medicina?
Mientras la sociedad espera que los médicos cumplan su rol de sanador de modo altruista, con moralidad, integridad y honestidad en un medio que brinde calidad en el servicio, la medicina demanda autonomía, respeto al juicio profesional y confianza pública. ¿Cómo compaginar estas dos visiones?
Un comienzo es reconocer la diversidad de comunidades en las que se inserta la práctica médica. No existe una única forma de entender la salud, sino múltiples construcciones culturales y sociales que influyen en las expectativas hacia el sistema sanitario. En este contexto, los modelos formativos tradicionales, como el modelo flexneriano, han sido cuestionados por su énfasis jerárquico y su limitada apertura al diálogo con las realidades comunitarias.
Richard y Sylvia Cruess, del Institute for Health Sciences Education de la Universidad de Quebec, proponen abordar estas problemáticas con un enfoque basado en comunidades de práctica y en la estructuración del contrato social en distintos niveles: macro-comunidad (la profesión médica en su conjunto), meso-comunidad (especialidades y subespecialidades) y micro-comunidad (espacios institucionales y académicos). Esta organización permite comprender cómo se construyen la identidad profesional y los valores del médico en diferentes escenarios.
El Dr. Machuca plantea seis principios orientadores para renovar el contrato social. En primer lugar, la necesidad de establecer relaciones explícitas con las comunidades, promoviendo su participación en los procesos formativos y asistenciales. En segundo lugar, la colaboración interorganizacional, reconociendo que la salud es un fenómeno interdisciplinario, con la participación de expertos, incluso en carreras ajenas a la medicina. En tercer lugar, la promoción de la legitimidad, la confianza y la transparencia en el ejercicio médico. En cuarto lugar, el fortalecimiento del sentido de pertenencia y del bienestar colectivo. La salud no es responsabilidad exclusiva de los profesionales de la salud, es de todos. En quinto lugar, la primacía del bien público, entendiendo la salud como una responsabilidad colectiva. Todos somos parte de una red de información y desarrollo. Finalmente, la preparación para el futuro, preservando valores fundamentales en un contexto de cambio constante.
La formación médica actual evidencia vacíos en la enseñanza explícita del profesionalismo. La existencia de currículos que priorizan modelos de éxito asociados al prestigio o al beneficio económico va en detrimento de una formación ética y humanista. Esta situación se refleja, entre otros indicadores, en problemáticas como la deshumanización de la atención, la principal queja de los usuarios.
El contrato social de la medicina es dinámico y debe ser continuamente reconstruido en función de las particularidades de cada contexto. No se puede seguir adoptando modelos externos; se necesita promover la creación de enfoques propios, pertinentes a las realidades locales. Y esto empieza por el papel de las instituciones educativas en la formación de profesionales centrados en valores, diálogo y responsabilidad social para regresar al modelo humanista que se ha extraviado. Más allá de los cambios estructurales, la esencia de la medicina debe permanecer en su dimensión humana: curar cuando sea posible, aliviar con frecuencia y consolar siempre, como señalaba Hipócrates.
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Intervención del Dr. Machuca en: FORO: PROFESIONALISMO MÉDICO
Nota. Victoria Rodríguez G. Comunicaciones Academia Nacional de Medicina
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