Órgano consultor del Gobierno Nacional en temas de  Salud y  Educación Médica. Creada por Ley 71/1890, ratificada por Ley 86/1928, Ley 02/1979, Ley 100/1993.

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Vivimos más años, pero seguimos castigando la vejez. Desdeñarla es rechazar nuestro propio futuro, y ese es el impacto silencioso del edadismo. Es hora de construir una sociedad capaz de valorar la vida en todas sus etapas.

Por Lorena Cudris-Torres*

La humanidad ha logrado algo que durante siglos parecía imposible: vivir más años. El aumento de la esperanza de vida representa uno de los mayores avances sociales, científicos y sanitarios de nuestra historia. En Colombia, al igual que en muchos países del mundo, la población envejece aceleradamente, y esto transforma la estructura de las familias, los sistemas de salud, las dinámicas laborales y las relaciones sociales. Pese a que celebramos la longevidad, seguimos teniendo enormes dificultades para convivir con la vejez.

Vivimos más, pero no necesariamente vivimos mejor. Envejecer continúa asociado a ideas de deterioro, dependencia, inutilidad o pérdida de valor social. Basta escuchar algunas expresiones cotidianas para identificar cómo el edadismo —la discriminación basada en la edad de las personas— se encuentra profundamente normalizado: “ya está muy viejo para eso”, “los adultos mayores no entienden la tecnología” o “esa persona ya cumplió su ciclo”. Aunque parezcan frases inofensivas, reflejan los prejuicios silenciosos que afectan la dignidad y el bienestar de millones de individuos mayores de 60 años.

La Organización Mundial de la Salud ha advertido que el edadismo es una de las formas de discriminación más frecuentes y socialmente aceptadas. El problema no se limita a comentarios ofensivos, también aparece cuando se infantiliza a los adultos mayores, se les excluye de espacios de participación, se asume que no pueden tomar decisiones por sí mismos o sus necesidades emocionales son minimizadas bajo la idea de que “es normal por la edad”.

Este fenómeno resulta especialmente preocupante porque las percepciones sociales sobre la vejez terminan influyendo en la manera en que las personas viven su propio envejecimiento. Los estereotipos negativos afectan la autoestima, la percepción de utilidad, la motivación y la salud mental. Muchas personas mayores terminan interiorizando la idea de que representan una carga o que ya no tienen un lugar importante en la sociedad.

Ese impacto psicológico suele pasar desapercibido; con frecuencia se habla del envejecimiento desde las enfermedades, las pensiones o la dependencia física, pero poco se discute sobre la soledad, el aislamiento emocional y la pérdida de reconocimiento social. No obstante, estos factores tienen efectos profundos sobre la calidad de vida.

La evidencia científica ha demostrado que el aislamiento social y la exclusión aumentan el riesgo de depresión, ansiedad, deterioro cognitivo e, incluso, muerte. En contraste, las personas mayores que mantienen vínculos significativos, espacios de participación y proyectos personales suelen presentar mejores indicadores de bienestar psicológico y salud general.

Por eso, el desafío de la longevidad no puede reducirse únicamente a sumar años de vida; también implica preguntarnos cómo garantizar que esos años puedan vivirse con dignidad, autonomía y sentido.

El problema es que muchas sociedades continúan valorando principalmente la juventud, la rapidez y la productividad. En ese contexto, envejecer parece convertirse en algo que debe ocultarse. La industria estética, algunos discursos mediáticos y ciertas prácticas sociales refuerzan constantemente la idea de que lo joven representa éxito y lo viejo, pérdida. Pero una sociedad que rechaza la vejez termina rechazando su propio futuro.

Panorama local

En Colombia, esta conversación adquiere una relevancia urgente. El país atraviesa una transición demográfica acelerada, y cada vez habrá más personas mayores. Las proyecciones señalan que en 2050 habrá 14,9 millones de colombianos con 60 años o más (25% de la población), y para 2070 serán 297 mayores por cada 100 jóvenes, uno de los índices más altos del mundo.

Sin embargo, aún existen enormes vacíos en términos de políticas públicas, educación social y preparación institucional frente al envejecimiento. Todavía persiste una visión asistencialista que reduce la vejez únicamente al cuidado o la enfermedad. Poco se habla de participación social, bienestar emocional, inclusión digital o envejecimiento activo. Además, se suele olvidar que no todas las personas envejecen de la misma manera. Las condiciones económicas, sociales y afectivas influyen profundamente en cómo se vive esta etapa de la vida.

Envejecer en condiciones de pobreza, abandono o exclusión incrementa significativamente los riesgos para la salud física y mental. Muchas personas mayores enfrentan soledad, barreras de acceso a servicios y pérdida progresiva de redes de apoyo. Aun así, continúan siendo fundamentales dentro de las familias y comunidades: cuidan, acompañan, sostienen emocionalmente y transmiten experiencias y conocimientos.

La sociedad habla mucho sobre los adultos mayores, pero pocas veces los escucha realmente. Por eso resulta fundamental comprender que el bienestar durante la vejez depende también del reconocimiento social. Todas las personas necesitan sentirse valoradas, útiles y parte activa de la sociedad, independientemente de su edad. Cuando ocurre lo contrario, las consecuencias emocionales pueden ser profundas.

Combatir el edadismo no significa romantizar el envejecimiento ni negar los desafíos reales de esta etapa; significa reconocer que las personas mayores siguen teniendo proyectos, capacidades, deseos, conocimientos y derecho a participar plenamente en la vida social.

En nuestro país hay escasa evidencia para dimensionarlo, y sin datos sólidos no hay política pública efectiva. De ahí que esté en marcha la primera Encuesta Nacional de Edadismo en Colombia, una iniciativa académica rigurosamente diseñada por investigadores, para generar evidencia que soporte la formulación de políticas públicas e intervenciones orientadas al envejecimiento digno y la equidad social.

La longevidad es una oportunidad histórica para replantear nuestra manera de entender el ciclo vital. No se trata solamente de vivir más años, sino de construir sociedades más humanas, capaces de valorar la vida en todas sus etapas. Envejecer es inevitable, lo que sí podemos transformar es la manera en que decidimos acompañar, comprender y dignificar ese proceso.

*Lorena Cudris-Torres, Psicóloga, PhD en Ciencias de la Educación, y decana del Departamento de Ciencias Sociales de la Universidad de la Costa.

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