El académico Fernando Sánchez Torres escribió una interesante experiencia sobre su propia vacunación contra el Covid 19 con la vacuna china (asumimos que la de SinoPharma) y de cómo logró disipar los naturales temores que el asunto le causaban. Un verdadero ejemplo y una lección contra los movimientos antivacuna. el título de su columna fue MI VACUNA CONTRA EL COVID 19.  ______________________________________________________________________________________________________________________________

Cuentan las páginas de la historia de la medicina que Guillaume Dupuytren, gran maestro de la cirugía francesa de principios del siglo XIX, vio gravemente afectada su salud por causa de cólicos hepáticos. Presurosos acudieron en su ayuda los más ilustres profesores del momento, quienes, reunidos en junta médica, luego de un cuidadoso examen y de profundas disquisiciones, conceptuaron que era indispensable someterlo a una cirugía de urgencia. Para entonces, un acto quirúrgico de esa naturaleza aparejaba una alta mortalidad. Informado de cuál había sido el veredicto, Dupuytren expresó solemnemente: “Os agradezco vuestros solícitos servicios, pero ante esa alternativa, prefiero morir de la mano de Dios y no de la mano de los hombres”. A los pocos días, todo París lloraba la muerte del legendario cirujano.

Traigo a colación esta luctuosa anécdota frente a la amenaza del covid-19 y a las recomendaciones de mis médicos. Sé bien que dicho virus es un verdadero basilisco, oculto en cualquier parte, dispuesto a dar su zarpazo en el momento menos esperado. Es implacable con quienes, por el cúmulo de años, somos piezas de museo y, por eso, demasiado frágiles. Para contrarrestar su virulencia, los hombres de ciencia, con increíble diligencia, fabricaron vacunas como arma salvadora. Ha sido fácil estar al tanto de todo lo relacionado con ellas: qué son, cómo actúan, quiénes las fabrican, qué tan confiables son, cuánto cuestan… Cualquiera habla de ellas con propiedad.

Hay algo cierto sobre las vacunas anticovid-19: aún no han sido sometidas al implacable veredicto del tiempo, tan importante en este tipo de agentes salutíferos. En una de mis columnas recientes decía al respecto: “No obstante desconocerse la real eficacia de las vacunas por no haber trascurrido el tiempo suficiente para juzgar su verdadera bondad, la angustia de los compradores ha llevado a dar un voto de confianza ciega a los fabricantes, lo cual es de verdad insólito”.

De mi EPS (Unisalud) me comunicaron que estaba programado para el 9 de marzo. Contrariando mi escepticismo, y poniéndome el ‘velo de la ignorancia’, acudí a la cita.

Pues bien, el anterior preámbulo tiene como propósito ambientar el relato de mi experiencia con la vacuna covid-19. Con una gran carga de escepticismo, de reserva sobre la bondad de ella, me pregunté: “¿Sigo el ejemplo de Dupuytren dejándome morir de la mano del Destino y no de la mano de los científicos?”. Me respondí: “¡No me dejaré operar!”, es decir, “¡no me dejaré vacunar!” De mi EPS (Unisalud) me comunicaron que estaba programado para el 9 de marzo y que la vacuna que me aplicarían sería la china. Poseía información de que no estaba ensayada en personas mayores de 60 años y de que su efectividad era del 50 %. No tenía salida: o la toma o la deja.

Contrariando mi escepticismo, y poniéndome el “velo de la ignorancia”, acudí a la cita, que fue una vivencia existencialista. Buena parte de los candidatos a vacunarse nos movilizábamos apoyados en un bastón o del brazo de alguien, y los demás, en silla de ruedas. De una venerable anciana que estaba a mi lado supe la edad porque la persona que la acompañaba, cuando se lo preguntaron, dijo que había nacido en 1917. Es decir, tenía la friolera de 104 años. En algún momento se dirigió a su acompañante y le dijo: “Mijo, ¿qué estamos haciendo aquí?”. Otro de mis vecinos, quizás por temor al pinchazo, o por hipoglicemia, o por infarto, se desmayó y se lo llevaron en ambulancia. Pero la constante eran rostros arrugados en los que se reflejaba ansiedad esperanzadora. Queríamos seguir viviendo, haciéndole el quite al fiero coronavid-19, confiados en la vacuna.

Puedo dar fe de que a mí me fue bien. Una amable enfermera me pinchó sin que sintiera nada. Han pasado varios días y no he sentido la menor molestia, al contrario de como les ha ido a otros. Para mis adentros me pregunto: “¿Sería que en vez de vacuna me inyectaron placebo?”. Desconfianza de médico escéptico informado. “¡No! –me respondo–. ¡Sí fui vacunado!”. Le concedo toda mi confianza a mi EPS. Por eso, como a la anterior, a la próxima cita asistiré esperanzado y dejaré luego que el paso del tiempo dicte su veredicto.

Fernando Sánchez Torres

Publicada en el diario EL TIEMPO.

PD. El editor de este portal noticioso, algo menos entrado en años que el profesor Sánchez Torres, tuvo una experiencia diferente. Ean general yo creo en los fármacos. No es que no se den casos como el del shock anafiláctico de la enfermera georgiana a la que le aplicaron la vilipendiada vacuna de Oxford y Astra Zeneca y falleció. Es que considero que en un universo de millones de pacientes es natural que a alguien le salga mal la cosa. Creo que esa vacuna y en general las demás son eficaces y seguras. Incluso las chinas y las rusas (y hasta las cubanas) han mostrado resultados. El objetivo es crear la inmunidad de rebaño y volver a la normalidad.

Soy residente en la ciudad de Ocala en la Florida y me puse la primera dosis de la vacuna de Pfizer BioTech el 15 de marzo, estoy programado para una segunda dosis el 8 de abril, ya con 81 años a cuestas, algo menor que el amigo Fernando que va por los 91. Ningún síntoma, aunque espero algunos tolerables o manejables con la segunda dosis.

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Internista-Endocrinólogo. Miembro de Número de la Academia Nacional de Medicina, Fellow del American College of Physicians y Miembro Honorario de la Asociación Colombiana de Endocrinología, Diabetes y Metabolismo. Editor Emérito de la Revista MEDICINA. Editor de Noticias, portal de la Academia www.anmdecolombia.org.co