Órgano consultor del Gobierno Nacional en temas de  Salud y  Educación Médica. Creada por Ley 71/1890, ratificada por Ley 86/1928, Ley 02/1979, Ley 100/1993.

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Artículo basado en la Cátedra de Profesionalismo Médico – Academia Nacional de Medicina y Facultad de Medicina de la Universidad El Bosque-, a cargo del Dr. Luis Carlos Quintero, médico cirujano de la Escuela Colombiana de Medicina, especialista en bioética de la Universidad del Bosque, magistrado del Tribunal de Ética Médica del Huila. Miembro de AIpocrates.

Con el arribo de la inteligencia artificial, han surgido varios cuestionamientos, y en el campo de la medicina es inevitable preguntarse si a la medicina se le cambian los componentes, hasta que ninguna de sus partes originales permanece, ¿seguiría siendo la misma medicina? ¿Los médicos seguirían siendo médicos como se conciben hoy? Un dilema que se asemeja un poco a la paradoja del barco de Teseo. Teseo es un héroe griego que conserva su barco durante años. A medida que las tablas se pudren, las reemplaza por unas nuevas. Al final, todas las piezas originales han sido sustituidas. Entonces, ¿se trata del mismo barco o es otro barco porque tiene piezas nuevas? 

La medicina es una disciplina milenaria y ha cambiado sustancialmente a través de los siglos. En sus orígenes, la figura del médico o medicine man no estaba basada en conocimientos técnicos o científicos, sino en elementos sociales, culturales y, en gran medida, místicos. En distintas tradiciones médicas antiguas, como la griega, árabe o india, era común la presencia de “componentes mágicos”; no existían explicaciones científicas desarrolladas para comprender las enfermedades. La práctica médica ha evolucionado de este componente mágico a uno más técnico y científico; sin embargo, todos estos modelos comparten un aspecto fundamental: la relación con el paciente, basada en escuchar y atender sus necesidades. 

El Dr. Quintero sugiere que el conocimiento médico no avanza de forma lineal, sino en espiral, integrando saberes del pasado con nuevos aportes. Incluso hoy, ciertos elementos básicos antiguos persisten en la práctica clínica. Avicena, en el siglo XI d. C., integraba la observación clínica con la reflexión filosófica. En la medicina árabe, la ética era guía y eje principal. Y en una era en donde la autorregulación es una de las premisas, no hay forma de ejercerla de forma honesta y correcta, sin ejercicio ético. Otro ejemplo de la vigencia de algunos elementos en la medicina es la Oración de Maimónides (o “Plegaria del Médico”), que debería ser tan actual hoy como cuando fue escrita en el siglo XII. Pide salud para curar a otros, sabiduría, compasión, humildad y guía, lejos de la avaricia o el ego, mientras clama por pacientes que confíen y se adhieran a los tratamientos. 

Ya en el siglo XVII, Immanuel Kant sostenía que el conocimiento se basa en la participación activa del sujeto que conoce, destacando especialmente la sensibilidad como la capacidad de percibir y comprender. En medicina, se puede traducir en lo que experimenta el paciente, más allá de simples signos clínicos. Esto implica escuchar de manera activa, interpretar síntomas y organizar esa información para construir un análisis riguroso, pues la práctica médica no es adivinar, sino elaborar un proceso estructurado. El conocimiento médico se entiende como un saber que integra la ciencia, el diagnóstico y la evidencia clínica, apoyándose tanto en la experiencia como en la sensibilidad hacia lo que el paciente siente.

Aparece en el escenario en la primera mitad del siglo XIX el modelo positivista, representado por Auguste Comte, que sitúa al conocimiento científico como la forma más válida de entender la realidad, privilegiando únicamente lo verificable y medible. En medicina, esto llevó a que el diagnóstico y la evidencia objetiva se convirtieran en el eje central, restando importancia a lo que el paciente expresa si no puede comprobarse. 

Este enfoque fortaleció el desarrollo de la medicina basada en la evidencia, apoyada luego por el neopositivismo de comienzos del siglo XX y el Círculo de Viena, donde un influyente grupo de filósofos y científicos buscaba unificar la ciencia a través de la lógica y la observación empírica, impulsando avances como los ensayos clínicos y los métodos estadísticos. Sin embargo, también generó una relación médico-paciente más desigual, donde el paciente pasó de ser un sujeto a un objeto de análisis, minimizando aspectos subjetivos como el dolor, el miedo o la incertidumbre, al no poder cuantificarse fácilmente, creando un proceso de deshumanización que hoy se discute permanentemente.

La aparición de internet y el acceso fácil a la información han reducido la asimetría entre médico y paciente, pues este último puede informarse profundamente sobre su propia enfermedad. A esto se suma el auge de la inteligencia artificial, que introduce una nueva forma de construir conocimiento en medicina, con herramientas como historias clínicas inteligentes y agentes virtuales que analizan, predicen y sugieren decisiones. Estos sistemas, al no ser moralizantes, facilitan que los pacientes se expresen con mayor libertad, lo que puede mejorar la calidad de la información obtenida e incluso, en algunos casos, ofrecer resultados más precisos que los de un médico que al final es humano.

Se pasó de un modelo paternalista a uno más participativo o deliberativo, donde el paciente asume un papel activo en su enfermedad y en la responsabilidad sobre su salud. Claro, desde la información y desde los datos, pero no desde el análisis, que sigue siendo una prerrogativa de los médicos. Dando lugar a lo que se denomina una “paradoja de la precisión”: aunque la inteligencia artificial mejora la exactitud e impulsa una medicina más precisa, el médico sigue siendo clave en la interpretación y el análisis de la información.

A medida que la medicina se vuelve más precisa gracias a los datos y la inteligencia artificial, aumenta el riesgo de perder su dimensión humana. Por ello, la humanización se vuelve el elemento central e irremplazable del ejercicio médico, basada en valores como la autonomía y la dignidad del paciente. Más que un problema de conocimiento, el reto actual es ético: cómo usar la información y la tecnología para tomar mejores decisiones, generar bienestar y actuar con responsabilidad moral, priorizando no solo la supervivencia, sino la calidad de vida y la funcionalidad del paciente.

En este contexto, se destacan aspectos esenciales que la tecnología no puede sustituir, como la responsabilidad frente al sufrimiento humano, el vínculo auténtico con el paciente, la integración de sus experiencias y percepciones; es importante lo que el paciente piensa, cómo lo ve, cómo lo vive, y la aplicación de principios bioéticos como la no maleficencia (no dañar), la beneficencia (hacer lo mejor posible), la autonomía (capacidad de decisión del paciente) y la justicia (darle al paciente lo que necesita o requiere). Esto permite construir una relación médico-paciente más equilibrada y participativa, donde el conocimiento técnico del médico se combina con los valores, deseos y vivencias del paciente para tomar decisiones individualizadas que respondan a sus necesidades reales.

¿El médico entonces sigue siendo el mismo? Sí, por supuesto. El barco sigue siendo el mismo, si se logra la integración del conocimiento y la tecnología, bajo unos principios éticos y respetando siempre la participación del paciente en todos estos elementos.

Hoy el modelo implica desarmar para volver a unir. El desafío actual no es solo técnico, sino profundamente humano: redefinir la identidad del médico en un entorno mediado por tecnología que debe ponerse al servicio del paciente. Esto implica reconocer la carga emocional, los dilemas éticos y la necesidad de una práctica reflexiva y empática. 

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Intervención del Dr. Quintero en: PROFESIONALISMO MÉDICO

Nota. Victoria Rodríguez G. Comunicaciones Academia Nacional de Medicina

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