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El antropólogo Dr. Carlos Alberto Uribe recuerda que Colombia acaba de estrenar la Ley 2450 de 2025 contra el ruido, un intento por reducir la contaminación acústica en todo el territorio. Sin embargo, la norma, llena de objetivos y lineamientos, choca con la realidad: el ruido no es solo un problema externo, sino parte esencial de nuestra vida cotidiana. Se filtra en calles, buses, plazas y playas como un telón de fondo permanente.
Basta un viaje en TransMilenio para comprobarlo: parlantes a todo volumen, improvisaciones musicales, peticiones, súplicas y hasta reclamos. Allí, cada voz lucha por ser escuchada.
Si se camina por la carrera Séptima en Bogotá un sábado o un domingo, la experiencia se repite. Pregones de vendedores, altavoces de promociones, ruido ambiente y música superpuesta.
El estrépito no es patrimonio exclusivo de los estratos populares o el “sector informal”. En las playas caribeñas, en los salones comunales, en discotecas de lujo y fiestas de estratos altos, el ruido también reina: reguetón, hip hop, rock, punk o música popular. Desde chivas rumberas hasta parlantes playeros, cada uno tratando de sobrepasar en volumen al vecino. El ruido es omnipresente en nuestro entorno a toda hora, día y noche, meses, todo el año.
Pero, evidencia el antropólogo, esta omnipresencia sonora revela algo más profundo: el silencio no forma parte de nuestra cultura. Cuando intentamos buscarlo, nos enfrentamos a nosotros mismos. Y allí aparece la soledad, que puede ser refugio o abismo. El aislamiento externo nos obliga a oír nuestro propio ruido interior, y esa introspección puede convertirse en melancolía, depresión o incluso locura, como advirtieron pensadores desde Aristóteles hasta Freud.
A lo largo de la historia, la soledad y la melancolía han sido vistas como hermanas: desde la “bilis negra” de la medicina antigua hasta los neurotransmisores de la psiquiatría moderna. Como postula John Bowlby en su “teoría de las relaciones”, vivimos entre la tensión de buscar compañía y el impulso de preservar la autonomía y ser independientes. Somos seres sociales, pero incompletos; necesitamos al otro para existir, como diría el filósofo e historiador búlgaro Tzvetan Todorov.
Tememos a la soledad y al espejo que nos pone delante y tal vez esa bulla permanente es una anestesia cultural: nos impide vernos por dentro, reconocer nuestras carencias colectivas y enfrentar la melancolía que nos habita.
Pero, ¿qué ocurre cuando esa bulla permanente que acompaña al planeta se silencia producto del confinamiento en un entorno completamente diferente?, el espacio.
Para la Dra. Mariam Farfán, médica aeroespacial, las misiones actuales no se tratan solamente de enviar humanos al espacio y traerlos de regreso, sino de crear colonias fuera de la Tierra, comenzando con la Luna como plataforma para llegar a Marte. El reto ya no es únicamente tecnológico: el desafío central es humano. ¿Cómo garantizar que una persona viva años -quizá décadas- fuera del planeta, conservando su salud mental y su capacidad de adaptación?
La preocupación no es nueva. En 1985, la Unión Soviética intentó mantener una tripulación seis meses en órbita, pero la misión se redujo a dos por problemas conductuales del comandante Vladimir Basyutin. El factor humano, no la ingeniería, obligó a abortar el plan. Desde entonces, agencias espaciales como la NASA han identificado cinco grandes riesgos de los viajes prolongados: microgravedad, radiación, hostilidad del entorno, distancia de la Tierra… y confinamiento con aislamiento, este último el más difícil de resolver.
Los estudios muestran que vivir encerrados en espacios reducidos deteriora la mente y las funciones cognitivas. No hay privacidad, la fatiga aumenta, la cohesión del equipo se fractura y la ansiedad o la depresión aparecen. Hoy, la misión a Marte aún tiene en rojo ese aspecto humano, y antes de viajar tan lejos, se necesitan ensayos más largos en órbita o en la Luna para evaluar la sostenibilidad psicológica.
El aislamiento tiene matices. Aunque los tripulantes compartan cabina, pueden sentirse solos: la barrera cultural y jerárquica limita la comunicación emocional. Además, el alto costo económico obliga a medirlos por eficiencia operativa: cuántas tareas cumplen por unidad de tiempo. La presión, combinada con alteraciones del sueño, variaciones hormonales y cambios cerebrales documentados por resonancias magnéticas, amenaza su rendimiento a largo plazo.
Estudios hechos a tripulaciones han determinado que las mujeres suelen reforzar vínculos en la tripulación, mientras que muchos hombres recurren al humor, incluso humor agresivo, como herramienta sorprendentemente eficaz para reducir tensiones. Más allá de las diferencias culturales, la resiliencia se estableció como un factor mediador entre el estrés y la adaptación.
Las contramedidas actuales buscan prevenir crisis antes de que ocurran. La clave está en la selección rigurosa de astronautas multifuncionales, entrenamientos en misiones análogas, monitoreo continuo, apoyo remoto, inteligencia artificial y realidad virtual. Estas prácticas no solo benefician la exploración espacial: también tienen aplicaciones en la Tierra, desde estaciones polares hasta teletrabajo, despliegues militares, refugios en desastres y sistemas carcelarios, donde el aislamiento prolongado es igualmente crítico.
El futuro plantea una pregunta adicional: ¿qué ocurrirá cuando el turismo espacial crezca? Artemis, el programa espacial de la NASA que busca llevar humanos de vuelta a la Luna y prepararlos para Marte, y sus acuerdos internacionales —en los que países como Colombia ya participan— buscan preparar no solo la tecnología, sino también a los seres humanos para vivir y prosperar más allá de nuestro planeta en condiciones de aislamiento y soledad a las que no estamos acostumbrados.
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Intervenciones en el marco del Foro Soledad y Salud Mental
Nota. Victoria Rodríguez G. Comunicaciones Academia Nacional de Medicina
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