Órgano consultor del Gobierno Nacional en temas de  Salud y  Educación Médica. Creada por Ley 71/1890, ratificada por Ley 86/1928, Ley 02/1979, Ley 100/1993.

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La Organización Mundial de la Salud ha desarrollado una serie de documentos informativos sobre las vacunas, desde cómo actúan hasta cómo se producen. Pero, ¿cómo se desarrolla una vacuna? 

La máxima autoridad en salud a nivel mundial explica que las vacunas se componen de varios ingredientes cuidadosamente seleccionados que trabajan juntos para proteger al cuerpo contra enfermedades. Cada uno cumple una función específica, y todos son sometidos a estrictos ensayos de seguridad durante la fabricación. Uno de los elementos principales son los antígenos o el material genético que contiene las instrucciones para producirlos. Estos son los responsables de activar el sistema inmunitario para que reconozca y combata futuras infecciones.

Los antígenos pueden ser fragmentos de microorganismos (como proteínas o azúcares) o el microorganismo completo, pero debilitado o inactivado. En algunos casos, en lugar de incluir el antígeno directamente, la vacuna introduce material genético (como ARN o ADN) que instruye al cuerpo para que lo produzca por sí mismo. Esta diversidad permite adaptar el diseño de la vacuna según la enfermedad a tratar y la tecnología disponible.

Existen tres principales métodos para fabricar vacunas. El primero consiste en utilizar el microorganismo completo (virus o bacteria), pero desactivado mediante calor, químicos o radiación. Este método es eficaz y probado, como se observa en las vacunas contra la gripe o la poliomielitis, pero requiere instalaciones especiales y, generalmente, más de una dosis para alcanzar la inmunización.

El segundo método emplea microorganismos vivos atenuados, es decir, versiones debilitadas del virus o bacteria que no causan enfermedad en personas sanas, pero sí generan una respuesta inmunitaria eficaz. Ejemplos incluyen la vacuna triple vírica (sarampión, paperas y rubéola) y la de varicela. Aunque se pueden producir a gran escala, estas vacunas no son recomendables para personas con sistemas inmunitarios debilitados.

Una variante moderna de este enfoque es el uso de vectores víricos, en los que un virus inocuo sirve de vehículo para introducir en el cuerpo fragmentos del agente patógeno que generan inmunidad. Un ejemplo es la vacuna contra el ébola. Este tipo de vacunas se puede desarrollar rápidamente y ofrece una buena respuesta inmunitaria sin riesgo de enfermedad.

Otro método es el uso de subunidades antigénicas, donde solo se emplean las partes esenciales del patógeno (como proteínas o azúcares) que el sistema inmunitario necesita reconocer. Al no contener el patógeno completo ni usar vectores víricos, estas vacunas ofrecen una protección segura y eficaz. Son comunes en la vacunación infantil, como en los casos de tétanos, difteria y tosferina.

Las vacunas de ácido nucleico, como las de ARN mensajero (ARNm) o ADN, representan una innovación reciente. No contienen ni partes del virus ni virus completos, sino solo instrucciones genéticas para que el cuerpo produzca una proteína del virus y, con ello, genere inmunidad. Este enfoque ha demostrado ser rápido y seguro, como en las vacunas contra la COVID-19.

Además del componente activo, las vacunas incluyen otros ingredientes esenciales que garantizan su seguridad y eficacia. Los conservantes, como el 2-fenoxietanol, previenen la contaminación en viales multidosis. Los estabilizantes, como azúcares o proteínas, evitan reacciones químicas y mantienen la vacuna en buen estado. Los surfactantes aseguran una mezcla homogénea de los ingredientes.

Por otro lado, pueden encontrarse trazas residuales de sustancias empleadas en el proceso de producción, como proteínas de huevo o antibióticos, pero siempre en cantidades extremadamente pequeñas. También se usa un diluyente, generalmente agua estéril, para preparar la vacuna justo antes de su administración. Finalmente, algunos tipos incluyen adyuvantes, como sales de aluminio, que mejoran la respuesta inmunitaria reteniendo el antígeno por más tiempo o activando células del sistema inmune. Estos han demostrado ser seguros para el organismo humano.

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Fuente: Organización Mundial de la Salud

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