El académico honorario Fernando Sánchez Torres prologó este libro de poesías del fallecido médico Efraim Otero Ruiz, de la siguiente manera:  La escritora francesa Christiane Rochefort, muy conocida por su primer libro, El reposo del guerrero, publicó hace poco más de veinte años un ensayo titulado “Es extraño escribir”,  donde registra la siguiente queja: “Qué pena que nunca se cuente de cabo a rabo la historia de un libro, de dónde diablos salió, adónde llegó, cómo se hizo, del principio al fin, y lo mismo después, porque a continuación del libro hecho por el escritor, viene el libro hecho por los lectores, a menudo nada parecido”. Pues bien, tal reparo lógico lo he recordado –para preocupación mía- al leer el libro de versos Presencia desde el tiempo, escrito por Efraím Otero Ruiz, dado que él me ha encomendado prologarlo, para efecto de su publicación, y no quisiera adelantar el comentario de un libro hecho o interpretado a mi manera. No obstante que un libro de poemas difiere en mucho del que se ocupa de otro género literario, no por ello escapa a una eventual transmutación por parte de los lectores, a punto tal que llegue a convertirse en algo inimaginado por el autor. Para evitar caer en ese imperdonable pecado, pensé que lo más correcto era conocer de primera mano y de cabo a rabo –como lo reclama la escritora Rochefort- la historia de Presencia desde el tiempo, aprovechando la cercanía con Efraím, mi colega y buen amigo. En efecto, por él conocí la biografía de su libro, lo cual me da vía libre para comentarlo y me compromete a no deformarlo.

De lo que no puedo dar razón es “adónde llegará”, pero intuyo que irá lejos, como lo podrán comprobar los  lectores.  Algo sobre Otero Ruiz, escritor. La parábola vital de Efraím Otero Ruiz es en verdad admirable, sea cual fuere el itinerario que quiera transitarse. En el campo médico ha sido sobresaliente, como que durante su larga vida profesional ha ocupado  posiciones envidiables, ganadas con suficientes méritos; en el ámbito social es respetado y querido; a los círculos literarios se ha asomado con éxito, aspecto este del que debiera ocuparme con detenimiento para cumplir bien su encargo. Infortunadamente, como carezco de la formación necesaria para adelantar un juicio crítico correcto, mis comentarios serán marginales, por lo cual ofrezco disculpas al autor y a los lectores. El itinerario de escritor del médico Otero Ruiz se inicia en sus tiernos años escolares, bajo el amparo y guía de preceptores jesuitas. Así lo confirma él mismo cuando repasa sus antecedentes literarios: “En la preceptiva literaria –dice- mis maestros jesuitas eran implacables, pues el cuidado del idioma, tanto hablado como escrito, se consideraba esencial en la formación de un estudiante”. Si a ello añadimos sus extensas lecturas y su talento para escribir, es fácil explicar por qué se le considera como un escritor ágil, vale decir, de ideas y pluma fluidas. Su prosa es galana y amena, dentro de un estilo sencillo, coloquial. A lo anterior se suma su memoria especial, privilegiada; en términos cibernéticos, diría que posee un disco duro de capacidad asombrosa.

Relatar hechos pasados ha sido una de sus aficiones; de ahí su condición de historiador médico y de evocador de colegas y episodios ya idos. La Academia de Medicina y la Sociedad de Historia de la Medicina han sabido aprovechar y disfrutar esta disposición suya, pues con suma frecuencia se le encargan los discursos de recepción, las oraciones panegíricas y la celebración de efemérides. Además de escritor de temas científicos, Efraím ha incursionado como ensayista, narrador y cuentista. Precisamente, el año próximo pasado publicó el libro Cuasi una fantasía, donde recogió relatos y cuentos de reconocida calidad literaria. Uno de esos cuentos, el titulado “La llaga”, fue finalista en 1997 en el Concurso Nacional de Cuentos de Samaná, Caldas. Otro, “Alas de hueso”, conquistó el primer lugar en el concurso de Tanatocuentos realizado en Madrid, España, en 1999. El mejor y más justo elogio del libro lo hizo su prologuista, el académico Adolfo De Francisco Zea, en los términos siguientes: “Cuasi una fantasía es un bello libro de cuentos y relatos que se deja leer con interés y agrado y que guarda en sus líneas un tesoro literario de indudable valía”. Su vena poética, es decir, su inclinación a escribir versos, no fue un asunto tardío sino, todo lo contrario, muy precoz, pues a los trece años ya pulsaba la lira, razón por la cual sus compañeros de colegio lo llamaban “el poeta Otero”. Más adelante, en las reuniones sociales desembozaba al bardo que lleva dentro, declamando versos de su propia cosecha y recogiendo aplausos. En el 2003 puso en circulación un simpático libro titulado Los versos melánicos, que es una especie de autobiografía narrada en prosa, pero matizada con poemas relativos al mundo de la medicina, casi todos jocosos, con mensajes de humor negro, muy a lo “tuerto López”. En su envío al lector le recuerda que “escribo estas estanzas /con el ánimo austero / de compartir contigo mis andanzas / y dedicarte algunas remembranzas / con el saludo de Efraím Otero”. Como traductor ha puesto a prueba sus dotes y capacidad poéticas, si se tiene en cuenta que interpretar a otro en idioma ajeno, sin desvirtuar el mensaje ni despreciar la forma, es una verdadera hazaña. Autorizados críticos que han conocido algunas de las traducciones que el doctor Otero ha hecho del poeta inglés y Premio Nobel Thomas Stearns Eliot y del norteamericano Robert Lee Frost, consideran que las suyas son versiones a la altura de las producciones originales. Siendo así, es de esperar que el médico, poeta y traductor santandereano encuentre el mecenazgo que nos permita degustar pronto las antologías de esos consagrados poetas de lengua inglesa, trasladadas con solvencia literaria a la lengua española.  Comentario a Presencia desde el tiempo. 

No es fácil definir lo que es la poesía, como tampoco establecer sus alcances y finalidades. ¿Es, en verdad, un arte? ¿Es más que un género literario? ¿Qué requisitos debe llenar un escrito para ser tenido como poesía? Existiendo la prosa, ¿es válida la poesía para expresar por escrito los sentimientos? En la década de los años treinta del siglo inmediatamente anterior, el filósofo y ensayista alemán Johannes Pfeiffer escribió una sesuda obrita –por la extensión- titulada La poesía. Hacia la comprensión de lopoético, donde, con sentido crítico, aborda el género poético en procura de hacer claridad sobre él. Allí se lee que “la poesía es un arte que se manifiesta por la palabra”. Así de sencilla es la definición para él. El poeta francés Stephane Mallarmé pensaba que no es con ideas como se hacen los versos, sino con palabras, afirmación esta que desconcierta un tanto, pues le quita al verso la connotación estética, dado que el arte es la expresión bella de las ideas. ¿O es que, acaso, las emociones no requieren de ideas para expresarse? Bien decía nuestro malogrado poeta José Asunción Silva: “El espíritu, sólo / al conmoverse canta”. Es cierto –como afirmaron Mallarmé y Pfeiffer- que una exigencia para el escritor de versos es utilizar las palabras a la perfección, o sea escoger los términos adecuados, que proporcionen ritmo, cadencia, eufonía, para expresar los sentimientos que lo agitan. El poeta debe ser un transmisor de sentimientos, sí, pero también un esteta. Para Silva el verso es vaso santo, dentro del cual –digo yo- vierte el poeta artista sus emociones como ser humano. En otros términos, la intención del poeta es transmitir de manera bella un mensaje, lo que significa que todo poema debe contemplar un fondo y una forma. El fondo o contenido es el mensaje; la forma es el ropaje, la apariencia. Una y otro constituyen lo que se conoce como lenguaje poético.

El citado Pfeiffer sostiene que el buen lector o amante de la poesía es aquel que comprende el contenido de ella a través de la forma y comprende la forma a través del contenido, en recíproca vinculación.  Sabemos que un poema es una composición literaria escrita en verso o en prosa. A su vez, verso hace referencia a una palabra, o a un conjunto de palabras sujetas a medida y cadencia, o solo a cadencia. Por su contenido, los poemas pueden catalogarse de diferente manera: amorosos o románticos, épicos, costumbristas, políticos, ecológicos o naturalistas, sociales, “tanáticos”, etc. Independientemente del contenido, la poesía –insisto- requiere escribirse con sentimiento, pero fundamentalmente con criterio estético, que a su vez puede llevar implícita una sutil o manifiesta cadencia musical. Para algunos la belleza debe anteponerse al mensaje, pues la poesía, además de mirarse, debe escucharse y saborearse, degustarse, como ocurre con una melodía, en la que son la vibración y el ritmo los elementos que le confieren vida. El Nobel mexicano Octavio Paz decía que “la poesía está hecha de sonidos”.  Las elementales consideraciones anteriores acerca de la poesía las he traído a colación para dejar ver que quien aborde un libro de versos está obligado a valorarlo en sus diferentes facetas.  Conociendo su historia, me es dado contar que Presencia desde el tiempo salió del magín  de Efraím Otero poco a poco; es decir, que los poemas fueron escritos en diferentes épocas, sin saber cuáles de ellos iban a compartir más tarde el mismo espacio  antológico.

Precisamente, esto es el libro: una antología, seleccionada por el mismo autor de manera arbitraria, pues los poemas carecen de orden cronológico, morfológico y temático. Muy pocos están fechados, lo cual es una verdadera lástima para el análisis literario, pues esto impide valorar la evolución artística del autor. Cuando se conoce el momento de la creación de una obra artística –y un poema lo es- resulta posible relacionarla con situaciones personales del creador, o con circunstancias e influencias de su entorno. Solo tres poemas tienen fecha: la elegía a los estudiantes sacrificados en Bogotá el 8 y el 9 de junio (1954), la alegoría cibernética (1958) y la elegía al padre Camilo Torres (1969). Por la cronología de los dos primeros, el escritor se hallaba en sus años mozos, aún con olor a universidad. Los hechos aludidos en los tres cantos hirieron muy hondo sus sentimientos y exaltaron su espíritu rebelde frente a las injusticias sociales. Se trata de poemas de protesta social, de solidaridad con los pobres, con los avasallados por la fuerza de las armas, del poder político y de los privilegios. Sin duda, aflora en ellos la sensibilidad propia de la juventud.  Si nos atenemos al título del libro –Presencia desde eltiempo– los versos allí recogidos no tienen, cronológicamente, un principio ni un fin definidos; son intemporales. Se escribieron y ahí quedaron, sin importar el día ni el año, aun cuando el escritor sí recuerda el cuándo y el porqué. Como el lector desprevenido no los conoce, de seguro hará su propia lectura del libro, lo cual no deja de tener su encanto.  Puesto que uno de los poemas de la antología lleva el mismo título del libro, podría pensarse que es el poema “bandera”, el más significativo de todos. Para el autor no es así, pues todos tienen para él igual valor artístico y emocional. “Presencia desde el tiempo” lo tomó para darle nombre a un conjunto de escritos en verso por considerar que todos, a pesar de tener cada uno su propia cronología, están inmersos en el tiempo como un espacio abstracto, como un tiempo intemporal (valga la antinomia), pero continuo, es decir, fueron escritos para evocar el ayer, para trascender el hoy y para proyectarse en el mañana. Presencia desde el tiempo es un libro de muy reducidas páginas y poemas, como toda buena antología. Son 34 muestras, en las cuales no se descubre la influencia de un escritor determinado, como tampoco permiten ubicar al autor en una escuela,  “ismo” o tendencia literaria conocida. El estilo es personal, ceñido a la preceptiva clásica aprendida con los jesuitas, Otero Ruiz es un poeta como otros y distinto a todos.

Cuando maneja el verso libre lo hace de manera cadenciosa, trocando los poemas en prosa rítmica, sin abusar del lenguaje metafórico. Cuando maneja el verso reglado, esquemático, le imprime, además del ritmo y de la métrica obligados, movimiento vigoroso, vital, expresión de su estado anímico. Los temas del puñado de versos que comento son de distinto género, primando el romántico o amoroso, lo cual es explicable si nos atenemos a lo que hace veinticinco siglos sostenía el filósofo Platón: “Todo hombre, por extraño que sea a las Musas, vuélvese poeta cuando Eros le toca”. No siendo nuestro personaje extraño a ellas, su inspiración poética se ve aguijoneada con frecuencia. Por referencia suya, cada poema de ese género fue inspirado por alguna dama, advirtiendo que no me suministró nombres ni detalles, pues –como a García Lorca- la luz del entendimiento le hace ser muy comedido. Algunos adquieren singular belleza, en particular aquellos engarzados a manera de soneto, es decir, en la más alta expresión del pensamiento literario del hombre, según los intelectuales florentinos del Renacimiento. De los treinta y cuatro poemas, once son sonetos y, de éstos, siete son de corte afectivo y amoroso. El díptico titulado “Sonetos del amor perdido” recuerda a nuestro poeta Alberto Angel Montoya, el cantor galante del amor, como lo llamara Jorge Padilla. De particular belleza es el “Soneto al hijo”, inspirado por su segundo vástago; es como la justificación del título del libro: “Presencia desde el tiempo”. A propósito, como ya dije, el poema “Presencia desde el tiempo” no es el poema insignia de la antología. Es un verso libre, escrito en las postrimerías del siglo veinte, y que bien podría llamarse “El poema del olvido”. Es un documento de protesta, de desencanto y frustración en nombre de una generación (“hemos venido a olvidarnos o nacer olvidados, / o a morir olvidados –que es lo mismo-”); una generación trasplantada del bucólico campo a la vida frívola de la gran ciudad, olvidándose de valores y principios elementales y de las tragedias sociales. Igualmente, el poema “Cuento de perspectiva” es la expresión de un sentimiento de protesta contenida, escrito a poco de ocurrida la muerte de los estudiantes en los absurdos acontecimientos del 8 y 9 de junio de 1954. Es un poema luctuoso (“hemos visto derrumbar a balazos / gentes jóvenes / con torrentes de sangre entre las sienes”) y de denuncia social (“en la página roja de los diarios hay hambre / y en los grandes desfiles hay miseria”). Porque el poeta hace versos –anota- cuando la mañana es triste y porque ríe y pone música a lo que escribe, los demás dicen: “felices los poetas”. Igual queja registró Porfirio Barba-Jacob para expresar que el estremecimiento íntimo del poeta va más allá de lo escrito, pues tras las  palabras convertidas en versos hay mensajes que pocos captan; esos mensajes son la perspectiva del cuento, que le da sentido al título del poema.

La falta de privacidad, como también de soledad en este mundo que vivimos, tan inquisitivo y entremetedor, queda bellamente cantada en el poema “Ya no hay dónde llorar”. Los espacios y momentos que en otros tiempos existieron para llorar a solas quedaron avasallados por el mundo de las comunicaciones y por el modus vivendi de la civilización actual. Es una evocación de la soledad, la misma que describiera con donaire el escritor y médico español don Gregorio Marañón, comparándola con un nombre de mujer o con un nombre de copla. En otro poema, “Presentación de soledad”, Otero Ruiz vuelve a evocarla, no obstante sentirse herido por el silencio originado en la ausencia y los recuerdos de la amada. Para ser más iterativo, en el poema “Sensación de que faltas” dice: “Todo me sabe a tu presencia: la soledad que vivo, / la soledad que llevo, la soledad que mece tras mi ventana el árbol”. En el díptico “Sonetos del aroma perdido” llama a su soledad  “arroyo peregrino” y en “Al no tenerte más” confiesa haber tenido ayer y hoy “una enervante soledad”. En la época en que fueron escritos estos versos la soledad era su compañera. Sin duda, era un poeta solitario.

  Siendo poeta y médico, Efraím Otero no podía preterir en sus versos la temática médica, por cierto muy apropiada para hacer vibrar los sentimientos. En “Iatros”, vale decir, “médico”, resume las distintas circunstancias que viven a diario los médicos en ejercicio, algunos sin entender su misión ni desempeñar a cabalidad su papel de consolador. Razón asistía al poeta alemán Rilke cuando decía que los versos son algo más que sentimientos: son experiencias, queriendo decir con ello que es imprescindible tener recuerdos imborrables, por lo placenteros o por lo dolorosos. A propósito, escribió: “Es necesario haber estado junto a los moribundos, es necesario haber permanecido sentado junto a los muertos, en la habitación, con las ventanas abiertas y los ruidos que irrumpen como golpes”. Otero Ruiz canta sus experiencias médicas con sentimiento poético: “(…) quien no ha cerrado reverente dos pupilas sin luz, una por una, / y ha soportado sobre el pecho todo el peso infinito de una tumba(…)”. Cuando laboraba en el Instituto de Cancerología escribió “Dos sollozos en la muerte de un niño”, donde registra: “Yo vi morir un niño. / Es simple darse cuenta que es la muerte / la que llega, rondando por la sangre / y luego, esmerilando las pupilas, / opaca los recuerdos y los gritos”.  En  el poema “Crux atom”  habla el médico nuclear -vale recordar que el doctor Otero a más de especialista en endocrinología lo es también en medicina nuclear- en momentos de pesimismo, de una crisis existencial. Es una reflexión consigo mismo, donde concluye que “todo será inútil, perfectamente inútil”, y donde intuye que “algún científico de allende te reconocerá / como dos positrones / emitiendo rayos opuestos y perjudiciales, / clamando a gritos a los cuatro etéreos / que no salvaste a nadie”. A poco de haber sido intervenido del corazón para corregir un déficit circulatorio, Efraím recuerda en “Canción del corazón a trasplantarse” al pionero de la cirugía cardiaca, Christian Barnard, y añora, con dejo de tristeza, a sus antepasados, que se tornaron polvo sin que los hubieran escudriñado por dentro. En cambio él se ofrece sumiso a que esculquen sus aurículas y corra su corazón el albur de terminar trasplantado en otra habitación, distinta a “la entraña de un organismo joven / que quiso ser poeta / o al menos soñador y visionario”. El poema 34, es decir el último de la antología, se titula “Finale” en doble sentido: por cerrar el contenido del libro y por describir una lamentable circunstancia vivida por el poeta y que lo colocó en la antesala de la muerte. Fue un accidente propio de las ciudades grandes y caóticas, ocurrido en el 2005: un vehículo automotor le embistió, como un toro obnubilado por la furia, y lo dejó maltrecho, cuasi muerto. Afortunadamente nuestro médico-poeta logró salir airoso de tan inesperado trance para que pudiera escribir ese sentido soneto que tituló “Finale”, pero que, tal espero, no será el último de sus poemas. Deseo que, para bien de las letras colombianas, Presencia desde el tiempo corra la misma suerte de Hojas de hierba, aquella antología del norteamericano Walt Whitman que, con el paso del tiempo, su autor fue enriqueciendo en intermitentes ediciones.

 Fernando Sánchez Torres

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Órgano consultor del Gobierno Nacional en temas de educación médica y salud del pueblo colombiano.