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Las experiencias de médicos que vivieron en carne propia la tragedia de Armero o que fueron requeridos para atender a los miles de heridos que dejó el desastre en varias poblaciones se cuentan por decenas. Sus testimonios son memoria viva de un hecho que no debe repetirse.
En el foro, Armero 40 años. Memoria, supervivencia y legado, organizado por la Academia Nacional de Medicina y la OPS; los asistentes presenciales y virtuales tuvieron la oportunidad de escuchar de viva voz sus historias que en este artículo se reproducen parcialmente.
El coordinador del foro y miembro correspondiente de la Academia, Dr. Germán Fernández, recuerda que el 14 de noviembre de 1985 Colombia amaneció con una noticia que estremeció al país. Desde el aire, un piloto de fumigación, Fernando Rivera, relataba con voz angustiada que Armero había desaparecido. Una ciudad entera había sido devorada por la avalancha que siguió a la erupción del volcán Nevado del Ruiz. El Dr. Fernández recordó en ese instante una experiencia similar ocurrida años atrás en Yungay, Perú, cuando un alud provocado por un terremoto sepultó a miles bajo la montaña en 1970.
Para ese momento, el Dr. Fernández dirigía el Hospital El Guavio. Reunió insumos, igual que otros hospitales del Distrito, y a través de la Fuerza Aérea logró viajar junto a una comisión de 35 personas (médicos, enfermeras y auxiliares) a la zona. En el aeropuerto de Mariquita yacían decenas de cuerpos cubiertos de lodo, heridos graves improvisadamente recostados sobre costales. Dentro del Hospital de Mariquita, el personal de salud trabajaba sin descanso entre el barro y el olor a azufre. No había equipos, ni medicamentos suficientes, ni espacio.
El Dr. Fernández regresó a Bogotá, trasladó heridos, se desplazó nuevamente a Venadillo y vio morir a muchos con heridas muy graves producto de la cantidad de materiales que bajaron con el barro. Su hospital, muy pequeño para ese momento, sin UCI o unidad de rayos X, atendió casos graves de gangrena junto a un equipo de médicos italianos que arribó al país. Trabajaron hombro a hombro, inventando métodos para operar, esterilizar y salvar vidas. De aquella tragedia surgió también un aporte médico: las heridas no eran solo gangrenas gaseosas, sino fascitis necrotizantes, y un estudio liderado por el Académico José Félix Patiño se convirtió en un aporte científico de alcance mundial.
En noviembre de 1985, el Dr. Álvaro Valencia Ceballos era residente en cirugía general en el Hospital de la Samaritana, que recibió a 150 pacientes provenientes de la tragedia de Armero. Internos de distintas especialidades —ortopedia, cirugía plástica, psiquiatría— se unieron para atender la emergencia. El Dr. José Félix Patiño convocó al Dr. Valencia, al Dr. Pedro Morales y al Dr. Daniel Castro para trabajar en un estudio sobre una complicación frecuente en estos pacientes: la fascitis necrotizante. Así nació un trabajo conjunto entre la Fundación Santa Fe, la Samaritana, el San Juan de Dios y Medicina Legal, que terminaría siendo publicado en el World Journal of Surgery en 1991.
La fascitis es una infección agresiva, imparable, que convierte el tejido humano en necrosis en cuestión de horas. Analizaron 38 casos confirmados de fascitis necrotizante entre los sobrevivientes de Armero, con una mortalidad cercana al 47%, y aquellos con infecciones por hongos -mucormicosis- tenían una mortalidad aún más alta, del 80%. La causa parecía estar en el lodo volcánico contaminado que, al entrar en contacto con heridas abiertas, sembraba esos gérmenes letales. Los pacientes que lograban sobrevivir eran los que habían recibido desbridamientos radicales o amputaciones tempranas. En desastres naturales con contaminación de heridas hay que sospechar este tipo de infecciones desde el primer momento y actuar sin demora.
El Dr. José Joaquín Cantor Bautista era estudiante de décimo semestre de medicina en la Universidad Nacional y voluntario de la Cruz Roja. En medio del caos que siguió a la avalancha, la falta de coordinación entre instituciones fue evidente: el Gobierno, la Defensa Civil y los organismos de socorro actuaban sin rumbo común, mientras el país aún se estremecía por la reciente toma del Palacio de Justicia. El Dr. Cantor y varios compañeros decidieron ponerse al servicio de la Cruz Roja, logrando llegar en un pequeño avión de la Texas Petroleum Company a la zona cercana al desastre. Al amanecer del 15, el grupo médico se desplazó hacia Guayabal, donde improvisaron centros de atención y comenzaron a clasificar heridos. Sin suficientes insumos ni personal, los voluntarios trabajaban hasta la madrugada limpiando heridas, estabilizando pacientes y organizando traslados en ambulancias o helicópteros.
Cada decisión era dolorosa: priorizar quién viviría, decidir qué hacer con los cuerpos y enfrentar el sufrimiento de los sobrevivientes. Aun así, también hubo momentos de esperanza, como el nacimiento de un bebé atendido entre el barro y el caos, símbolo de que la vida persistía. Tras una semana agotadora, el Dr. Cantor y sus compañeros regresaron a Bogotá para continuar sus estudios, aunque muchos volvieron al finalizar el semestre para ayudar en la habilitación de albergues en varias regiones del país. El recuerdo de los niños rescatados, de las víctimas atrapadas como Omaira y de la solidaridad entre desconocidos quedó grabado en su memoria.
Algunos médicos vivieron en carne propia la tragedia. El Dr. Juan Antonio Gaitán, médico formado en la Universidad Javeriana y especializado en cirugía en Alemania, regresó a Colombia en octubre de 1985 con su esposa embarazada. Sin imaginarlo, quedó en medio de dos tragedias históricas: el asalto al Palacio de Justicia y la avalancha de Armero. Llevaba diez días en el país y, estando cerca del Palacio, decidió entrar a conocerlo, momentos antes de que se iniciara la toma. Como estaba cerca de la entrada, pudo escapar. Siguiendo la recomendación de su padre, quien vivía en Armero, viajó al municipio buscando tranquilidad.
La noche del 13 de noviembre, mientras la lluvia de ceniza caía sobre el pueblo, el Dr. Gaitán sintió cómo la tierra temblaba y el agua negra comenzaba a entrar en su casa. En segundos, una avalancha de agua, lodo y piedras entró a su casa y los fue llevando hacia el techo. Sujetó la mano de su padre, pero la fuerza del barro los separó. Flotando entre los escombros, en un lapso de aproximadamente 20 minutos fue golpeado por un muro, subía y se hundía repetidamente, fue atravesado por un palo y finalmente expulsado a la superficie. Herido y desnudo, entre cadáveres y gritos, recordó que era médico y comenzó a atender sus propias lesiones. Retiró el palo y se aplicó un torniquete con un pantalón que le facilitó otro superviviente. Al amanecer empezó a abrirse paso entre el barro, caminó y finalmente fue rescatado por un helicóptero militar.
En Bogotá, los médicos trataron sus heridas y sobrevivió. Aunque escuchó por radio que su esposa y bebé recién nacido habían sobrevivido, nunca pudo comprobarlo. Perdió a casi toda su familia: su esposa e hijo recién nacido que no aparecieron, sus padres, su hermano y su cuñada. Con el tiempo reconstruyó su vida, volvió a ejercer la medicina y comprendió que el amor debe darse mientras las personas están vivas. Hoy, su hija, nacida irónicamente un 13 de noviembre, también es cirujana: la vida, incluso tras la tragedia, siempre encuentra cómo renacer.
El Dr. Ariel Alarcón, médico psiquiatra y autor del libro Amar el volcán, es otro de los profesionales de la salud que sobrevivieron esa noche. Trabajaba en el Hospital Psiquiátrico Isabel Ferro de Buendía y cuando amaneció el segundo día, comprendió la magnitud del desastre. Había visto una ola de lodo y escombros -una muralla de varios metros de altura- arrastrando un jeep del hospital con el que solían devolver a los pacientes a sus hogares. En medio de la oscuridad y el estruendo, pensó que su vida llegaba a su fin, hasta que una “fuerza invisible” (la avalancha) pareció levantarlo y sostenerlo. Sobrevivió gracias a que el hospital psiquiátrico quedaba alejado del cauce principal del río Lagunilla. Así pasó dos días enterrado, esperando incluso el magma incandescente que, por fortuna, nunca llegó.
Años después, la necesidad de contar su historia se convirtió en una tarea pendiente. Durante décadas guardó silencio, el silencio que protege a quienes sobreviven a un trauma tan severo. Una conversación con periodistas interesados en una serie sobre Armero lo impulsó a escribir su propio relato, un proceso que tomó cuarenta años y que se transformó en un libro entre el testimonio, la poesía y la reflexión. Su editor le aconsejó no buscar la exactitud histórica, sino narrar su vivencia: la experiencia de un trauma que, más que entenderse, debe aceptarse y exorcizarse.
La escritura, especialmente la poesía, dice el Dr. Alarcón, es terapéutica cuando permite que lo indecible encuentre forma en el lenguaje. Años de terapia le han permitido aceptar lo que ocurrió, reconocer la herida -y crecer a partir de ella-, el verdadero propósito de la resiliencia: no solo sobrevivir, sino también avanzar.
¿Es posible amar al enemigo que le arrebató a su familia, marcó su cuerpo y su alma? Le tomó más de 30 años aceptar al volcán e incluirlo como parte de su vida. Comprendió que ese mismo enemigo le enseñó sobre la aceptación, la compasión y la vida. A amar la adversidad y a quien la causó.
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Intervenciones completas en las sesiones sobre Armero:
ARMERO 40 AÑOS – MEMORIA, SUPERVIVENCIA Y LEGADO DÍA 1 PM
Resumen. Victoria Rodríguez G. Comunicaciones Academia Nacional de Medicina
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