Visitas: 40
Sesión conjunta de la Academia Nacional de Medicina y del Colegio Máximo de las Academias.
El doctor Gabriel Carrasquilla G., presidente del Colegio Máximo de las Academias de Colombia y de la Academia Nacional de Medicina, abrió las sesiones conmemorativas impulsadas por la Academia sobre la tragedia de Armero, señalando que, cuarenta años después, se rinde homenaje a las víctimas buscando reflexionar sobre las lecciones que dejó aquel desastre. Inspirados en la publicación que en su momento elaboraron el académico José Félix Patiño y Germán Fernández -un testimonio sobre los aspectos médicos y de salud enfrentados durante la catástrofe-, se organizó un foro conmemorativo para recordar a las más de 25.000 personas fallecidas y analizar las consecuencias humanas, sociales y científicas que aún resuenan en la memoria del país.
El Colegio Máximo de las Academias, que reúne a los diez cuerpos consultivos de Colombia, se unió a este acto, reconociendo que una tragedia como la de Armero trasciende la medicina y abarca disciplinas como la ingeniería, la jurisprudencia, la historia, la economía y la geografía. Los representantes de las Academias compartieron reflexiones, en un espacio que busca no solo recordar, sino también aprender de lo ocurrido para estar mejor preparados ante futuros desastres.
El coordinador del Foro Internacional Armero 40 años. Memoria, supervivencia y legado, y Miembro Correspondiente de la Academia, Dr. Germán Fernández, señaló que para estructurar el encuentro, se conformó un comité organizador integrado por médicos y expertos, que prepara la publicación de nuevas memorias que darán continuidad al libro Aspectos médicos de la catástrofe volcánica del Nevado del Ruiz (1989), y en el que intervinieron el Dr. Germán Fernández Cabrera, Pablo Gómez Martínez, Valentín Malagón, Iván Munera Posada y el recordado José Félix Patiño, comprometidos con mantener viva la memoria y el análisis científico del desastre.
El relato de lo ocurrido estremece aún cuatro décadas después: alrededor de 27.000 vidas se perdieron en Armero, Chinchiná y otras zonas vecinas y 4.400 heridos fueron atendidos en hospitales de varias ciudades. La avalancha, resultado de la erupción y del deshielo repentino del volcán, arrasó con casi toda la población de Armero, dejando miles de heridos y más de 230.000 damnificados. Los ríos Gualí, Lagunillas y Chinchiná se convirtieron en torrentes de lodo y escombros que destruyeron todo a su paso.
La historia también quedó marcada por las advertencias desoídas. Durante meses, periodistas, científicos y funcionarios alertaron sobre el peligro inminente. El Servicio Geológico de Estados Unidos, expertos nacionales y medios de comunicación publicaron reportes que fueron ignorados por las autoridades. Solicitaron planes de emergencia y evacuación inmediata. Algunos expertos y medios que alertaron fueron tildados de alarmistas, mientras se publicaban noticias tranquilizadoras que minimizaron el peligro. Se pidió evacuar la zona, dinamitar represas naturales y reforzar los sistemas de monitoreo, pero la indiferencia y la falta de coordinación gubernamental selló el destino de Armero. La tragedia no solo fue natural: fue también humana, fruto de la negligencia, el escepticismo y la desatención institucional.
El foro, además de rendir tributo a las víctimas, tuvo como propósito dejar una lección permanente para las nuevas generaciones. Busca ofrecer una memoria histórica, pedagógica y reflexiva sobre lo ocurrido; registrar las experiencias de rescate y atención a los heridos; y evaluar la preparación actual del país frente a desastres naturales.
Una tragedia como la de Armero no solo destruyó casas y ciudades, también arrasó con el alma humana. El Dr. Álvaro Rodríguez Gama, Bibliotecario de la Academia Colombiana de la Lengua y Miembro de Número de la Academia Nacional de Medicina, señaló que los psiquiatras que atendieron a los sobrevivientes relatan que los duelos eran inconmensurables, pues se perdieron familias enteras, algunas con más de 30 integrantes. En medio del caos, muchos niños quedaron huérfanos y fueron adoptados en procesos poco controlados.
El sufrimiento emocional se extendió durante años. Los cuadros de estrés postraumático fueron comunes: bastaba el sonido de una sirena o el rugido de un motor para que los sobrevivientes revivieran la angustia de aquella noche. El arte se convirtió en refugio. De esa catástrofe nacieron obras literarias que perpetuaron la memoria colectiva. Libros como Los últimos días de Armero de Carlos Orlando Pardo, Adiós Omayra de Eduardo Santa o Armero, un luto permanente de Luz García narraron la devastación desde la mirada de los supervivientes y testigos. El escritor Germán Santamaría recreó con crudeza el regreso de un hombre a las ruinas de su pueblo en No morirás, y Mario Villalobos, en Armero: 40 años, 40 historias, recogió voces reales que aún resuenan.
Documentales y películas también han representado el suceso; Armero 2017, El valle sin sombras (2015), Lo que nos dejó el volcán (2015) son solo algunas de ellas. La fotografía inmortalizó la tragedia; la imagen de Omaira Sánchez, la niña atrapada entre el barro, se convirtió en símbolo mundial de inocencia e impotencia humana ante la fuerza de la naturaleza. Pintores transformaron el lodo en color, y el Papa declaró el terreno de Armero “campo santo”, otorgándole un sentido espiritual a la devastación.
Después de la tragedia era indispensable recuperar el cauce del río Gualí. El ingeniero Mario Lezaca, vicepresidente de la Sociedad Colombiana de Ingenieros, relató cómo fue esto posible. La avalancha había transformado por completo el paisaje: el río se convirtió en un torrente de barro, troncos y piedras gigantescas que arrasaron viviendas, hoteles y barrios enteros de la ciudad de Honda antes de desembocar en el Magdalena. La labor que le fue encomendada consistía en rescatar el cauce, proteger los puentes y evitar que el agua siguiera devorando el terreno. Una misión complicada que requirió la excavación de cerca de 28.000 m3.
En medio del desastre, una piedra del tamaño de un edificio quedó incrustada en el centro del río, desviando las aguas hacia las zonas pobladas en los dos costados. Esa mole natural se convirtió en el principal objetivo para recuperar el cauce; había que removerla. La solución fue tan arriesgada como necesaria: dinamitar la piedra y construir espolones de gaviones (estructuras construidas con mallas de alambre rellenas de piedras) para obligar al río a retomar su curso original. Pero la corriente era implacable; cada lluvia se llevaba parte del trabajo, y los obreros debían reconstruir una y otra vez las defensas, luchando contra el agua, el fango y el cansancio. El bulldozer que usaban, traído con dificultad desde los Llanos Orientales, se desgastaba rápidamente, corroído por la arena y las piedras del río. Poco a poco, las obras devolvieron algo de orden al cauce, se reforzaron los puentes y se recuperaron los taludes, aunque el recuerdo de la avalancha seguía latente en cada rincón.
Aunque su trabajo era eminentemente técnico, el ingeniero Lezaca recuerda con tristeza a un médico sobreviviente que buscaba desesperadamente a su esposa, una enfermera belga desaparecida tras la tragedia. Él, rescatado en helicóptero con fracturas en ambas piernas, pasó meses en recuperación sin saber de ella. Cuando volvió, solo halló ruinas y rumores: le decían que su mujer vagaba por los caminos, desorientada y sin rumbo, víctima del colapso emocional.
Y ante tanta devastación, ¿cuál fue la responsabilidad del Estado? El abogado Luis Fernando Sánchez, académico correspondiente de la Academia Colombiana de Jurisprudencia, recordó que, en su momento, el Consejo de Estado y el Tribunal Administrativo del Tolima absolvieron al Estado de responsabilidad, calificando el desastre como un caso de fuerza mayor: imprevisible e irresistible. Sin embargo, reflexionó que, de haberse juzgado hoy bajo la Constitución de 1991, el fallo habría sido distinto, pues el desarrollo de la responsabilidad objetiva del Estado permite una visión más técnica y menos formalista. Las víctimas no fueron reparadas, ni material ni simbólicamente, y el país aún carga con esa deuda moral e histórica.
El centralismo en Bogotá contribuyó a la tragedia, al ignorar las advertencias locales, subestimar los riesgos e ignorar completamente a la ciencia. Armero, entonces una ciudad industrial pujante, fue el motor económico del Tolima. Su desaparición significó también el estancamiento del departamento. El caso de Armero no puede entenderse desde una sola disciplina o profesión porque no es solo lo material lo que debe reconstruirse, es todo el tejido social y emocional de una comunidad. Criticó la simplificación del Estado, que prefirió exonerarse de culpa en vez de asumir la responsabilidad moral de reparar. “Ningún decreto ni sentencia repara el duelo”, afirmó, “y en eso, como nación, fallamos”. La tragedia de Armero no fue imprevisible; lo fue la sordera del Estado.
Esta primera sesión concluyó con la reflexión del vicepresidente de la Academia Colombiana de Ciencias Económicas, Dr. Beethoven Herrera, quien recordó con nostalgia la imagen luminosa del nevado del Ruiz que marcó su infancia en el Líbano, Tolima. Décadas después, al regresar, encontró una montaña desnuda, desprovista de nieve por el cambio climático. Esa visión desoladora, dice, refleja no solo la pérdida ambiental, sino también la pérdida de fe y de paz en una tierra golpeada por la violencia.
Las fumarolas y cenizas del volcán fueron ignoradas por las autoridades, e incluso los científicos que alertaron del peligro fueron ridiculizados. La noche de la tragedia, mientras la televisión distraía al país con un partido de fútbol, la avalancha descendió por el río Lagunilla en solo dos horas, barriendo vegetación, casas y vidas. Hoy, Armero no es más que una planicie árida cubierta de ceniza, un pueblo sepultado bajo cuarenta años de olvido. Los sobrevivientes fueron reubicados en un lugar artificial, pero nada pudo reemplazar la vitalidad del antiguo valle fértil, donde florecían el arroz, el algodón y las frutas. Armero simboliza la memoria y el reclamo de un país que no ha aprendido a prevenir ni a planificar, un país donde la muerte vence constantemente a la vida.
:::::::::::::::::::::::::
Intervenciones completas en:
ARMERO 40 AÑOS, EFEMÉRIDES – COLEGIO MÁXIMO DE LAS ACADEMIAS
Nota. Victoria Rodríguez G. Comunicaciones Academia Nacional de Medicina
![]()





