Órgano consultor del Gobierno Nacional en temas de  Salud y  Educación Médica. Creada por Ley 71/1890, ratificada por Ley 86/1928, Ley 02/1979, Ley 100/1993.

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Artículo basado en la conferencia del Dr. José Sinay Arévalo Leal, especialista en medicina nuclear. Bioeticista y profesor de la Universidad del Rosario. Magistrado del Tribunal Nacional de Ética Médica. 

El Dr. Arévalo no pretende hacer una crítica de la Carta Médica, sino más bien una reflexión valorativa y razonada del concepto, y prefiere hablar de “profesionalidad médica” y no tanto de “profesionalismo médico”.

La diferencia para él no es menor. En el lenguaje cotidiano, un “profesional” puede ser simplemente alguien competente en una actividad: el deportista que ejecuta bien su disciplina o incluso quien realiza con eficacia actividades moralmente cuestionables, reduciendo un poco el concepto a la destreza técnica. En contraste, la profesionalidad médica implica una responsabilidad superior, entendida con una dimensión moral, ética y social del quehacer médico.

Si bien el ideal de la medicina es una centrada en el paciente y más personalizada, se mezcla con otros factores como la productividad, la optimización de recursos o la aparición de bonificaciones o incentivos. Aunque la medicina no puede entenderse como un oficio meramente técnico ni como una actividad guiada exclusivamente por la eficiencia o los incentivos económicos, estos factores existen y ejercen presión sobre los sistemas de salud. 

Además, enfrenta tensiones crecientes derivadas de modelos de gestión que privilegian la eficiencia económica. La lógica de “hacer más con menos” ha generado fenómenos como la precarización laboral y la sobrecarga asistencial, que afectan tanto a los profesionales como a los pacientes. 

El Dr. Arévalo reflexiona sobre si la medicina debe considerarse un simple oficio o una profesión con un compromiso ético profundo; no es la profesión en sí la que representa la medicina, sino la medicina misma como un valor que debe ser defendido. En ese sentido, la Carta Médica es una herramienta útil, pero subordinada al propósito mayor de ejercer una buena medicina a través de los médicos. También recuerda que el juramento hipocrático no es un principio “nostálgico y pasado”; sigue siendo vigente y fundamental en la práctica médica.

Quienes ingresan a la carrera de medicina aceptan voluntariamente una tradición ética ya establecida, sin cuestionarla. Esta permanencia se debe a que los médicos asumen voluntariamente la responsabilidad de administrar un bien social mayor esencial: la vida y la salud. 

La profesionalidad médica se inscribe entonces en un marco más amplio: el contrato social. La sociedad confía en los médicos y les otorga legitimidad para actuar en un ámbito sensible y complejo. A cambio, espera de ellos no solo competencia técnica, sino integridad moral. Este pacto no depende de modas, tecnologías o contextos cambiantes; permanece como fundamento de la medicina a lo largo del tiempo.

Y allí entra la ética médica, una ética aplicada que debe ser discutida y construida por los propios médicos, ya que surge de la práctica misma, entendida como un conjunto de principios y valores que orientan el actuar hacia un fin claro. Esta moral funciona como un marco que evita desviaciones y garantiza la protección de valores fundamentales como la vida.

Aunque existen múltiples herramientas y documentos guías: cartas, leyes y códigos, su valor es limitado frente a la importancia de los fines esenciales de la medicina. Estos fines incluyen curar cuando es posible, cuidar cuando no lo es, aliviar el sufrimiento, prevenir enfermedades, promover la salud y acompañar una muerte digna. El problema surge cuando la práctica médica se enfoca solo en actos curativos, dejando de lado estos objetivos fundamentales que definen el verdadero sentido de la medicina.

La profesionalidad médica se construye a partir del compromiso con esos fines internos, más que con beneficios externos como el dinero, el prestigio o el poder, que también existen, y son metas a alcanzar para muchas personas en cualquier profesión. Pero en medicina, esto implica desarrollar excelencia y vocación, entendidas como la capacidad de mejorar continuamente y de encontrar sentido en la práctica real frente al paciente o en otros roles como la investigación o la administración. 

La profesionalidad médica se expresa, entonces, en una serie de virtudes fundamentales o rasgos que destacan a un profesional sanitario: maestría, que supera el conocimiento técnico e integra experiencia y juicio clínico; autonomía profesional, entendida como la capacidad de tomar decisiones responsables en contextos de incertidumbre; autorregulación, que incluye el control ético individual, la calidad y el compromiso colectivo entre colegas; altruismo, basado en la empatía y la compasión que impulsan a actuar en favor del paciente; disciplina, reflejada en la constancia, el rigor y la mejora continua; y elegancia del pensamiento, es decir, la capacidad crítica para analizar, dudar, comparar y decidir con criterio. Virtudes que nunca deben caer en desuso. 

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Intervención del Dr. Arévalo en: FORO: PROFESIONALISMO MÉDICO

Nota. Victoria Rodríguez G. Comunicaciones Academia Nacional de Medicina

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