Artículo sobre la conferencia de Miguel Escobar. Zootecnista, MSc. PhD (c) Biociencias
La trayectoria profesional del Dr. Escobar ha estado vinculada al estudio de la leche. Su experiencia en Nueva Zelanda, país cuyo sistema productivo descansa de manera decisiva en la economía agropecuaria, marcó un punto de inflexión en su aproximación científica: allí comprendió que la salud poblacional puede analizarse desde la calidad de los sistemas alimentarios. En la actualidad, su trabajo se orienta a evaluar distintos orígenes de leche en Colombia y su posible efecto modulador sobre la microbiota intestinal de niños neurotípicos y de niños dentro del espectro autista.
El eje conceptual de esta investigación se inscribe en el marco de la llamada nutrición de precisión, enfoque que reconoce la bioindividualidad como principio rector. Cada ser humano posee una configuración microbiana singular; en buena medida, “somos microbiota”.
Desde una perspectiva histórica, el estudio del microbioma humano ha experimentado una transformación notable. En el siglo XIX, con los aportes de Louis Pasteur y Robert Koch, la microbiología médica emergió asociada a la noción de microbio como patógeno. La pasteurización respondió precisamente a esa lógica de eliminar las cargas microbianas. No obstante, hacia 1899, Tissier aísla el Bifidobacterium bifidum, que contribuye a regenerar y equilibrar la flora intestinal, esencial para la salud digestiva, introduciendo una visión alternativa: ciertos microorganismos podían desempeñar funciones benéficas. Más adelante, en 1907, Élie Metchnikoff propone el papel benéfico de los fermentos lácteos, un avance en una época donde los sistemas de refrigeración eran primitivos.
Durante buena parte del siglo XX, el avance tecnológico permitió cultivar más especies bacterianas y, posteriormente, estudiar su impacto clínico en cuadros como diarreas y disbiosis. El tránsito hacia el siglo XXI estuvo marcado por la secuenciación del ARN 16S y el desarrollo del Human Microbiome Project, iniciativa que amplió de manera exponencial el conocimiento sobre la diversidad microbiana humana. No solo interesa qué microorganismos están presentes, sino qué metabolitos producen, cómo interactúan entre sí y qué relación guardan con distintas enfermedades.
La microbiota intestinal, considerada por algunos como “el órgano olvidado”, pesa aproximadamente 200 gramos en un adulto promedio, pero su relevancia excede con creces su masa. El tracto gastrointestinal, con una superficie cercana a los 30–40 m², alberga una cantidad de células bacterianas comparable al número de células humanas. Mientras el genoma humano contiene alrededor de 23.000 genes, el microbioma intestinal codifica más de tres millones.
La configuración de esta comunidad comienza incluso antes del nacimiento. La salud y nutrición maternas, el uso de antibióticos y el tipo de parto influyen en la colonización inicial. El nacimiento por cesárea o por vía vaginal, así como la duración de la lactancia materna, determinan trayectorias microbianas distintas. Durante los primeros dos años de vida se consolida una microbiota; en la adultez se madura y estabiliza, y en la vejez tiende a perder diversidad, con un aumento relativo de poblaciones potencialmente nocivas.
El microbioma intestinal humano está compuesto principalmente por bacterias (95%); el 5% restante se distribuye entre Archae, Eukarya y virus que regulan la dinámica bacteriana, evitan la hinchazón y controlan poblaciones de bacterias. Los filos, que agrupan a los microorganismos intestinales, son variados, pero los firmicutes corresponden al (60-70%) del total. Abundantes en dietas ricas en fibra, fermentan carbohidratos complejos y producen ácidos grasos de cadena corta, fundamentales para la integridad del epitelio intestinal y la regulación de la inflamación. Además, aportan hasta un 10 % de la energía diaria.
Las investigaciones recientes del Dr. Escobar en poblaciones infantiles han evidenciado diferencias en la composición microbiana entre niños neurotípicos y niños dentro del espectro autista, incluyendo variaciones en la proporción de Firmicutes y Bacteroides. Estos hallazgos abren la posibilidad de explorar estrategias de modulación nutricional que, sin pretender simplificar la complejidad del trastorno, contribuyan a mejorar la calidad de vida mediante intervenciones sobre la microbiota.
Los bacteroides como el Lactobacillus -uno de los prebióticos más importantes- es un marcador de equilibrio gastrointestinal, pues ayudan a restaurar la microbiota después del uso de antibióticos. Su presencia ayuda a reducir la duración de diarreas, mitigan síntomas del síndrome de intestino irritable, disminuyen la producción de gases y sintetizan compuestos antibacterianos. Se encuentran principalmente en productos fermentados como yogur y kéfir y en suplementos probióticos. Sin embargo, al igual que las bifidobacterias, disminuyen con la edad, lo que refuerza la necesidad de dietas que mantengan su presencia.
En neonatos alimentados con leche materna, las bifidobacterias pueden representar hasta el 90–95% de la microbiota intestinal. Las funciones atribuidas a las bifidobacterias incluyen la prevención de diarreas, la modulación del sistema inmunitario, la reducción de la inflamación, el fortalecimiento de la barrera en la mucosa intestinal y la protección frente a patógenos. Al estimular la producción de moco intestinal y participar en la degradación de carbohidratos complejos, estas bacterias consolidan un entorno metabólico favorable. En Colombia, infortunadamente, la duración promedio de lactancia exclusiva es inferior a las recomendaciones internacionales, que sugieren seis meses de exclusividad y continuidad hasta los dos años con alimentación complementaria.
La leche, lejos de ser un alimento simple compuesto únicamente por proteínas, grasas y carbohidratos, contiene 2.350 componentes. Cada uno cumple funciones específicas en el tracto digestivo y en la modulación de la microbiota. En este contexto, la lactosa (tradicionalmente señalada como responsable de síntomas gastrointestinales) es reinterpretada. Se plantea que su destino fisiológico no debería limitarse al intestino delgado. Por el contrario, su llegada al intestino grueso favorecería la proliferación de lactobacilos, contribuyendo a un ecosistema intestinal más saludable. Otros componentes lácteos, como la betacasomorfina-7, péptido derivado de una mutación ancestral en razas bovinas europeas, podrían explicar las diferencias en la tolerancia a la leche entre poblaciones (algunas con mayor adaptación genética que otras), dando sentido a por qué en poblaciones mezcladas coexisten individuos con alta tolerancia y otros con síntomas ante determinados tipos de leche.
En eubiosis, entendido como el equilibrio dinámico de la microbiota, se optimiza la producción de metabolitos beneficiosos, se reducen patógenos y se favorece la comunicación con diversos órganos, incluido el cerebro, en el denominado eje intestino-microbiota-cerebro. La disbiosis, en contraste, se ha vinculado con trastornos metabólicos, inflamatorios y neuropsicológicos como ansiedad, depresión o exacerbación de síntomas en enfermedades complejas.
La microbiota es un ecosistema dinámico y modulable. Su equilibrio depende de decisiones nutricionales tempranas y sostenidas a lo largo de la vida. Una dieta diversa favorece una microbiota diversa, y esta diversidad constituye un indicador funcional de salud. Durante los primeros años de vida, la microbiota evoluciona desde una comunidad simple predominantemente aeróbica hacia un ecosistema complejo dominado por anaerobios estrictos.
En particular, el aumento de microorganismos anaerobios fermentadores refleja un mayor grado de maduración intestinal, inmunológica y metabólica. Así, el seguimiento del perfil microbiano desde el nacimiento podría convertirse en una herramienta predictiva capaz de señalar riesgos, orientar intervenciones nutricionales y anticipar posibles alteraciones inmunológicas o metabólicas.
Estudios han demostrado que la microbiota del recién nacido es inicialmente muy distinta a la de la madre, pero converge progresivamente hacia un patrón adulto saludable cuando existe lactancia materna prolongada. La abundancia de Bifidobacterium en madres sanas se asocia con un desarrollo microbiano favorable en sus hijos, especialmente cuando la lactancia es exclusiva durante los primeros meses. La leche materna no solo aporta nutrientes, sino también oligosacáridos prebióticos, inmunoglobulinas, lactoferrina y una microbiota propia procedente de la glándula mamaria. En contraste, aunque las fórmulas infantiles pueden satisfacer requerimientos nutricionales básicos, muestran menor diversidad microbiana, menor presencia de bifidobacterias y lactobacilos, además de asociarse con mayor riesgo de alergias, trastornos metabólicos y menor protección inmunológica a largo plazo. Si las condiciones no permiten lactar, la leche de fórmula debería ser lo más parecida posible a la leche materna.
La introducción de alimentos sólidos incrementa la diversidad y promueve la aparición de otros géneros fermentadores. Por tanto, el momento y la calidad de la alimentación temprana influyen decisivamente en la configuración del ecosistema intestinal, siendo una responsabilidad de padres y cuidadores. Al final, el desarrollo temprano de la microbiota constituye una buena estrategia de medicina preventiva.
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Foro Ética, costumbres y bases científicas para una buena alimentación y la seguridad alimentaria. Sesión conjunta Instituto de Estudios Bioéticos-ICEB y Academia Nacional de Medicina.
Intervención completa en:
ÉTICA, COSTUMBRES BASES CIENTÍFICAS PARA UNA BUENA ALIMENTACIÓN Y LA SEGURIDAD ALIMENTARIA
Nota. Victoria Rodríguez G. Comunicaciones Academia Nacional de Medicina
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