Conferencia del Académico de Número Álvaro Rodríguez Gama*, especialista en psiquiatría de la Universidad Nacional, coordinador de la Comisión de Vocabulario Técnico, miembro de la Academia Colombiana de la Lengua y de la Real Academia de la Lengua Española, secretario ejecutivo de la ALANAM.
A lo largo de la historia de la medicina, ningún galardón ha logrado alcanzar el prestigio y la influencia de los premios Nobel. Aunque existen infinidad de medallas, diplomas y distinciones científicas, el Nobel sigue siendo el sueño dorado de investigadores de todo el mundo.
La historia de estos premios se remonta a Alfred Nobel, un químico sueco cuya fortuna provenía tanto de la industria del petróleo como de sus propios inventos, entre ellos la dinamita. La tragedia de perder a su hermano Emil, víctima de una explosión mientras experimentaba con nitroglicerina en la fábrica familiar, marcó su vida y, eventualmente, su legado. Convencido de que las herencias solo provocan disputas y despilfarros, decidió que su fortuna debía servir para premiar a quienes hicieran aportes excepcionales a la humanidad. Así nacieron los Nobel, destinados a físicos, químicos, médicos, literatos y pacifistas, y posteriormente también a economistas.
El Nobel de Medicina ha sido otorgado 115 veces a 229 personas entre 1901 y 2024; 13 mujeres hacen parte de los ganadores. Para el Dr. Rodríguez, los elegidos suelen compartir rasgos singulares: una mente crítica que duda de todo, una notable capacidad de trabajo y una humildad sorprendente. Algunos son callados, taciturnos, incluso excéntricos, pero siempre marcados por una incansable búsqueda de respuestas. No temen equivocarse ni mostrar su ignorancia, algo invaluable en un mundo donde, en opinión del Dr. Rodríguez, la medicina aún tiende al narcisismo profesional.
La genética ha sido uno de los campos más revolucionarios entre los Nobel de Medicina. Los primeros descubrimientos en torno a los cromosomas, las mutaciones por rayos X y, sobre todo, la estructura de doble hélice del ADN descubierta por James Watson y Francis Crick, abrieron las puertas a una nueva era, revolucionando la biología molecular. A partir de ahí, el código genético fue descifrado por Har Khorana y Marshall Nirenberg, ganadores en 1968, revelando cómo se generan las proteínas que sustentan la vida, y posibilitando terapias antes inimaginables.
Uno de los avances más sorprendentes fue la identificación de la transcriptasa inversa por Baltimore, Dulbecco y Temin, ganadores en 1975, que reveló cómo ciertos virus pueden revertir el flujo genético y convertirse en causantes de tumores. La enzima transcriptasa inversa permite a ciertos virus convertir su ARN en ADN e integrarlo en el ADN de la célula huésped. Algunos virus, como los retrovirus, pueden causar cáncer al integrar su material genético (ARN) en el ADN de la célula huésped. La transcriptasa inversa es una enzima que permite a estos virus sintetizar ADN a partir de su ARN, un proceso inverso a la transcripción normal del ADN al ARN.
Otros investigadores como Hamilton Smith y Daniel Nathans, ganadores en 1978, desarrollaron enzimas de restricción que permitieron manipular el ADN, y con ello, nació la ingeniería genética, revolucionando la medicina pero también generando mucha controversia desde el punto de vista ético. Gracias a estas tecnologías, hoy es posible intervenir en enfermedades genéticas graves.
Los ganadores de 2002, Howard Horvitz, Sir John Edward Sulston y Sydney Brenner, hicieron descubrimientos concernientes a la regulación genética del desarrollo de los órganos y la muerte celular programada, abriendo el camino para la prolongación de la vida. La longevidad saludable es ya un objetivo tangible. Genetistas afirman que millones de niños nacidos en 2024 podrían vivir hasta los 120 años. Esto no solo plantea desafíos biológicos, sino también sociales, éticos y culturales.
Se ha logrado, incluso, replicar órganos mediante células madre, reduciendo los problemas de rechazo inmunológico, a partir de las investigaciones de los ganadores del año 2007, Mario Capecchi, Sir Martin John Evans y Oliver Smithies. La posibilidad de crear órganos personalizados a partir de células propias transforma radicalmente la medicina de trasplantes y despierta asombro ante lo que antes parecía ciencia ficción.
Shinya Yamanaka y Sir John Gurdon fueron premiados en 2012 por sus investigaciones sobre reprogramación celular. Gurdon demostró que el núcleo de una célula adulta podía ser reprogramado para desarrollar un organismo completo. Yamanaka descubrió que las células adultas podían ser reprogramadas a un estado similar al de las células madre embrionarias.
La medicina moderna no se detiene: desde el desciframiento del genoma del mamut por Svante Pääbo, Nobel 2022, hasta el desarrollo de vacunas de ARN mensajero por Katalin Kariko y Drew Weisman, premios Nobel 2023, o microARN, Victor Ambrose y Gary Ruvkun, premios Nobel 2024, que salvaron millones de vidas en la pandemia, cada paso parece más osado que el anterior. La medicina avanza con una velocidad asombrosa, aunque infortunadamente sigue siendo un privilegio de pocos.
El impacto de todos estos descubrimientos converge en una medicina personalizada, un enfoque que sustituye las fórmulas estándar por tratamientos adaptados a la genética de cada paciente. Ahora, el estudio del genoma individual permite anticipar enfermedades antes de que aparezcan, transformando completamente la medicina. La genética no solo nos explica quiénes somos, sino hacia dónde podríamos ir, abriendo posibilidades insospechadas para el cuidado de la salud humana.
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Conferencia en el marco del Foro Efemérides Médicas organizado por la Academia Nacional de Medicina el pasado 20 de junio.
Nota. Victoria Rodríguez G. Comunicaciones Academia Nacional de Medicina
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