Órgano consultor del Gobierno Nacional en temas de  Salud y  Educación Médica. Creada por Ley 71/1890, ratificada por Ley 86/1928, Ley 02/1979, Ley 100/1993.

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Conferencia del Académico de Número Dr. Luis María Murillo Sarmiento, coordinador de la Comisión de Historia y Humanidades, especialista en ginecología y obstetricia del Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario, escritor, poeta, miembro de la Sociedad Colombiana de Historia de la Medicina y del Instituto Colombiano de Estudios Bioéticos.

Medir la temperatura corporal ha sido un acto humano, antes que clínico. Desde tiempos inmemoriales, las madres han usado sus manos para detectar la fiebre de sus hijos, y los médicos, incluso hoy, registran en las historias clínicas si el paciente está “febril al tacto”. Ya en los tiempos de Hipócrates, mucho antes de Cristo, se hablaba del “calor dulce” como reflejo del equilibrio corporal y de la fiebre ardiente como señal de enfermedad, todo enmarcado en la teoría de los humores.

Dos siglos después de Hipócrates, Filón de Bizancio, un ingeniero griego, diseñó un aparato que consistía en una esfera hueca de plomo llena de aire, conectada a través de un tubo a un recipiente con agua. Cuando la temperatura del aire en la esfera aumentaba, el aire se expandía, empujando el agua hacia el recipiente. El movimiento del agua indicaba un cambio de temperatura, aunque no había una escala numérica para medirla con precisión. No era aún un termómetro, pero sí el primer paso hacia él. Siglos más tarde, Galileo mejoró este principio con un tubo sumergido en vino, donde la expansión y contracción del aire movía el líquido, y aunque no daba una cifra exacta, sí indicaba variaciones. Otro aparato basado en su trabajo fue el termómetro de esferas flotantes, que usaba la densidad y colores para mostrar la temperatura aproximada: las esferas con menor densidad flotaban y las más densas se hundían.

El término “termómetro” proviene del griego thermos (calor) y metron (medida); fue acuñado en 1624 por el jesuita Jean Leurechon. Dos amigos de Galileo, Giovanni Sagredo y Santorio Santorio, introdujeron escalas numéricas a sus modelos. Santorio, médico de profesión, creó aparatos para medir la temperatura del cuerpo y fue el primero en usarlo con fines clínicos, aunque el aparato aún era rudimentario.

Para mejorar la precisión, comenzaron a cambiarse los líquidos utilizados: primero agua, luego alcohol (que no se congelaba tan fácilmente) o vino y, finalmente, mercurio. Christian Huygens en 1665 introdujo la escala centesimal, que iba de la congelación a la ebullición del agua. Le asignó el 100 al punto de congelación y el 0 al de ebullición.

Daniel Gabriel Fahrenheit, polaco de nacimiento pero establecido en Holanda, introdujo en 1714 el primer termómetro de mercurio, y en 1724 su famosa escala, en la que 32° era el punto de congelación y 212° el de ebullición del agua. René de Réaumur, en 1730, introdujo un termómetro de agua y alcohol  y lo dividió en 80 grados, aunque su aplicación fue más usada en meteorología y fabricación de alimentos. En 1742, Anders Celsius incorporó la escala que lleva su nombre. Usando el 0 como punto de ebullición y 100 como punto de congelación, invertida dos años después por Carlos Linneo para establecer 0° como el punto de congelación y 100° como el de ebullición del agua.

La precisión no era el único problema: los primeros termómetros eran enormes y requerían más de 20 minutos para tomar una lectura. Todo cambió en 1867, cuando el médico inglés Thomas Clifford Allbutt (1836-1925) diseñó un termómetro portátil y clínico, de solo 15 cm, que necesitaba apenas cinco minutos para medir. Este invento marcó el verdadero inicio del termómetro médico práctico. Allbutt lo presentó en su artículo “Termometría médica” y con él se inició una nueva era en la observación del paciente. Su termómetro permitió, por ejemplo, que el alemán Carl August Wunderlich realizara en 1868 un estudio monumental con un millón de registros, concluyendo que la temperatura normal del cuerpo humano oscila entre 36.3 °C y 37.5 °C.

Allbutt no solo inventó el termómetro clínico moderno; fue también un médico brillante y polifacético. Nacido en Inglaterra, se formó en Londres y ejerció por casi tres décadas en Leeds, donde trabajó en el hospital de la ciudad antes de ser nombrado comisionado de salud mental en Londres. Más tarde, fue profesor en Cambridge hasta su muerte a los 88 años. Además de la termometría, investigó enfermedades vasculares, nerviosas y fue pionero en el estudio de la neuromielitis óptica. Su pasión por la medicina se extendía también a la historia y a la literatura médica, escribiendo tratados que mezclan ciencia y humanismo.

Por todo esto, Allbutt fue reconocido ampliamente: miembro de la Royal Society, Caballero Comendador de la Orden del Baño, fundador de la Sociedad de Historia de la Medicina y presidente de la Asociación Médica Británica. Su vida es reflejo de una época donde el médico era también filósofo, inventor y humanista. A cien años de su muerte, se lo recuerda no solo por su invención —el termómetro que nos acompañó hasta la llegada de los dispositivos digitales—, sino por encarnar esa medicina con vocación, profundidad y visión que aún hoy inspira a quienes la ejercen.

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Conferencia en el marco del Foro Efemérides Médicas organizado por la Academia Nacional de Medicina el pasado 20 de junio. 

Nota. Victoria Rodríguez G. Comunicaciones Academia Nacional de Medicina

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