Órgano consultor del Gobierno Nacional en temas de  Salud y  Educación Médica. Creada por Ley 71/1890, ratificada por Ley 86/1928, Ley 02/1979, Ley 100/1993.

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En el marco del Día Internacional de la Mujer y la Niña en la Ciencia, la académica Dra. María Claudia Ortega López, pediatra, especialista en gestión en salud, alergóloga e inmunóloga del Hospital de Clínicas de São Paulo, señaló que la ciencia necesita a las mujeres, pero también necesita condiciones justas para que ellas puedan liderar.

Su reflexión parte de una realidad que, aunque incómoda, es innegable. En Latinoamérica persiste una notable brecha de género en medicina. Si bien la presencia femenina en las facultades ha aumentado de manera sostenida en las últimas décadas, las mujeres continúan subrepresentadas en los cargos de decisión, enfrentan brechas salariales persistentes y están expuestas a altos índices de acoso laboral. El problema no es de talento ni de vocación; es estructural.

La historia de la medicina en Colombia y en el mundo está marcada por mujeres que, pese a contextos adversos, transformaron la ciencia. En el siglo XVII, una criolla formada por frailes médicos del Hospital San Juan de Dios de Mompox, Juana Bartola de Mier Vargas Gutiérrez de la Rochela, ejerció la medicina combinando saberes herbolarios indígenas con el galenismo. Fue nombrada protomédica por el virrey Sebastián de Eslava y Lazaga, convirtiéndose en la primera protomédica de América. Su ejercicio profesional, en una época en la que las mujeres no accedían a la educación universitaria, constituye un acto de audacia intelectual y social.

En el siglo XIX, varias mujeres colombianas viajaron a Europa en busca de formación académica. Entre ellas, la doctora Ana María Galvis, graduada en 1877 en la Universidad de Berna. Más adelante, figuras como Sara Pérez de Moncó, formada en el Hering Medical College de Chicago, y Lidia Grutzendler, graduada en la Universidad de París en 1915, enfrentaron resistencias sociales simplemente por ser mujeres que ejercían la medicina.

En 1925, la Universidad de Cartagena otorgó el primer título de medicina a una mujer en Colombia: la doctora Paulina Beregoff, quien además se convirtió en la primera profesora de una facultad de medicina en el país. Una década después, en 1935, ingresó la primera mujer a la carrera de medicina en la Universidad Nacional de Colombia, Gerda Westendorp Restrepo. No obstante, debió abandonar sus estudios al contraer matrimonio. Solo hasta 1945 otra mujer, Inés Ochoa, logró graduarse como doctora en medicina y cirugía en esa misma institución.

El panorama internacional ofrece ejemplos igualmente poderosos. Marie Curie, premio Nobel de Física y Química; Rosalind Franklin, clave en la comprensión de la estructura del ADN; Ada Lovelace, quien sentó bases fundamentales de la informática; Florence Nightingale, precursora de la enfermería; y Elizabeth Blackwell, quien se convirtió en la primera mujer en ejercer formalmente la medicina en Estados Unidos.

En genética y evolución, Barbara McClintock y Lynn Margulis transformaron paradigmas científicos de la teoría evolutiva en el siglo XX. En tecnología, Grace Hopper y Radia Perlman desarrollaron innovaciones esenciales en el área de la programación informática.

Sin embargo, el camino continúa siendo desigual. Existe la discriminación de género con sesgos implícitos. El acceso restringido a financiamiento y oportunidades de investigación, sumado a una sobrecarga doméstica y familiar, que reduce tiempo y energía para la producción científica, dificulta para muchas mujeres conciliar la vida laboral y personal. 

También se presentan sesgos en la evaluación de la investigación y productividad científica que afectan ascensos y reconocimiento. Falta mentoría y redes de apoyo. La doctora Ortega López propone acciones en tres niveles: individual, institucional y social.

A nivel individual, es fundamental fortalecer habilidades de liderazgo y negociación, buscar mentoría, construir redes de apoyo y cultivar la confianza y autoestima profesional.

A nivel institucional, se requiere implementar políticas claras de igualdad de género, mecanismos efectivos contra el acoso, transparencia salarial, oportunidades de desarrollo profesional y criterios de evaluación libres de sesgos. La diversidad y la inclusión no son concesiones simbólicas, sino motores de innovación.

A nivel social, es imprescindible promover la educación científica en niñas y jóvenes, desmontar estereotipos de género desde los medios y la cultura, y crear programas de financiamiento específicos para proyectos liderados por mujeres.

La conmemoración del Día Internacional de la Mujer y la Niña en la Ciencia no es un acto simbólico aislado; es un llamado a revisar estructuras, prácticas y culturas organizacionales. La evidencia histórica demuestra que las mujeres son protagonistas del progreso científico, aun cuando las condiciones han sido adversas.

Crear entornos inclusivos y equitativos no debería ser solo una prioridad ética, sino una estrategia inteligente para el desarrollo científico y social de Latinoamérica. Cuando las mujeres participan plenamente, la ciencia no solo avanza: se humaniza, se amplía y se fortalece.

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Intervención completa de la Dra. Ortega en 

BRECHA DE GÉNERO EN MEDICINA: UN LLAMADO DE ATENCIÓN EN AMÉRICA LATINA

Nota. Victoria Rodríguez G. Comunicaciones Academia Nacional de Medicina

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