Artículo basado en la conferencia del Académico Dr. John Ospina Nieto, especialista en cirugía gastrointestinal y endoscopia digestiva. Con entrenamiento en cirugía experimental, microcirugía y capacitación quirúrgica laparoscópica. Actualmente, gastroenterólogo adscrito a la Clínica de Marly Jorge Cavelier y asesor científico en gastroenterología de Colsanitas.
Hace más de dos décadas, el Dr. Ospina Nieto publicó el libro Medicina en estado crítico, que invitaba a pensar en el ejercicio de la profesión. Su última edición apareció en 2015, pero el tema sigue siendo tan relevante hoy como en ese tiempo. Pero entonces, si el diagnóstico es reiterado, ¿por qué el pronóstico no mejora?
No hay una respuesta única. Profesionales de la salud, docentes, estudiantes, pacientes, aseguradoras, industria farmacéutica, directivos e instituciones: todos participan -en mayor o menor medida- en la construcción o el deterioro del sistema. La corresponsabilidad es ineludible.
Los titulares de prensa de hace 20 años y los de hoy hablan de quiebras hospitalarias, sistemas en bancarrota y reformas inconclusas. En este contexto emerge una paradoja contemporánea: el médico ya no solo debe defender al paciente de la enfermedad, sino defenderse también del paciente. El aumento de litigios, la medicina defensiva y la sospecha permanente erosionan la confianza, que históricamente fue el eje de la relación médico-paciente.
Uno de los núcleos críticos señalados por el Dr. Ospina es la pérdida de identidad profesional. La medicina, que nació como servicio, ha visto diluir su principal objetivo: servir al otro. Se observa una peligrosa combinación entre estudiantes menos comprometidos con el estudio riguroso, docentes desmotivados para enseñar con excelencia y un entorno laboral sombrío. Una evolución simbólica descrita por el Dr. Ospina con ironía como… de estudiante a estorbante, de residente a resistente, de instructor a destructor.
El contraste con el ideal clásico es revelador. El antiguo texto atribuido a Esculapio exhortaba al aspirante a médico a examinar su vocación antes de abrazar una vida de sacrificio, incomprensión y soledad moral. Los médicos en su preparación académica prometen honrar su profesión y es un compromiso que deben transmitir permanentemente a los colegas por venir.
Pero la realidad de la práctica médica es tan ácida como la sentencia de Voltaire: los médicos son hombres (o mujeres) que prescriben medicamentos que conocen poco, curan enfermedades que conocen menos, en seres humanos de los que no saben nada. Parte del problema viene desde la formación; se pasó de una formación bajo un régimen casi militar, donde lo importante era trabajar y trabajar, con turnos difíciles, poco descanso y mucha práctica clínica, a una era donde la carga teórica es importante y la práctica en simuladores es frecuente, pero con poco acceso al escenario clínico real. No hay balance.
Incluso los hábitos saludables propuestos a los pacientes, como comer bien, descansar adecuadamente, hacer ejercicio, no fumar, etc., son difíciles de seguir para los mismos médicos por la imposibilidad de llevar un ritmo de vida regular.
Otro factor señalado es la pérdida de espiritualidad, no entendida como religiosidad, sino como conciencia de trascendencia. La tecnificación, la racionalidad extrema y la inteligencia artificial han desplazado dimensiones humanas esenciales. La medicina basada en la evidencia transformó la práctica clínica, aportando rigor metodológico y estándares comparables. Sin embargo, su éxito produjo un efecto colateral: la tentación de reducir el acto médico a protocolos, algoritmos y paraclínicos.
El contexto social tampoco es ajeno. En 1913, la obra El hombre mediocre, de José Ingenieros, describía una sociedad dócil, dominada por la rutina y la falta de ideales. Su diagnóstico resuena hoy. La mediocridad no es ausencia de talento, sino renuncia a la excelencia. Cuando esa actitud permea instituciones sanitarias, hospitales quebrados y prácticas desleales, el deterioro se acelera. La cultura del “canibalismo médico”, donde colegas desacreditan sutilmente el trabajo ajeno, erosiona aún más la confianza social.
Hoy en día, el paciente investiga más, pero no necesariamente mejor. La irrupción de la inteligencia artificial y las plataformas de búsqueda producen miles de respuestas en segundos y algunos pacientes llegan a consulta simplemente para validar lo que “ya les dijo el algoritmo”.
El riesgo no es la tecnología en sí, sino la disminución del juicio crítico y de la responsabilidad profesional frente a la información. Plataformas generativas producen textos científicos con referencias inexistentes; los artículos falsos pueden superar filtros editoriales y son difícilmente comprobables. De allí la importancia de autorregularse.
La calidad, por su parte, no es un atributo individual aislado. Como señalaba Peter Cotton, la excelencia en salud depende del sistema completo: desde la competencia técnica hasta la experiencia del usuario. Un gran cirujano en un entorno desorganizado produce una experiencia deficiente. La calidad implica estándares verificables, reacreditación periódica y evaluación continua.
La fórmula propuesta (Impacto = Conocimiento + Habilidad × Actitud) sintetiza una pedagogía ética. El conocimiento es indispensable, la habilidad técnica crítica, pero la actitud se multiplica. Una actitud comprometida potencia incluso recursos limitados.
El Dr. Ospina plantea entonces una sentencia que se contrapone a la de Voltaire. Los médicos deben ser hombres y mujeres que prescriben medicinas que conocen bien, para curar enfermedades que entienden, en seres humanos de los que saben mucho, porque cuando de pacientes se trata, tomar sus manos es a veces más importante que examinarlas.
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Intervención completa en: ENTRE LA CIENCIA Y EL SERVICIO
Nota. Victoria Rodríguez G. Comunicaciones Academia Nacional de Medicina
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