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IV Simposio del Departamento de Psiquiatría de la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional de Colombia en asocio con la Academia Nacional de Medicina de Colombia
El vicedecano académico de la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional y jefe de la Unidad de Cuidados Intensivos del Hospital Universitario Nacional de Colombia, Dr. Jairo Antonio Pérez, abrió el simposio señalando que, con más de 7.8 millones de personas mayores de 60 años en el país y una tasa cada vez menor de natalidad, sumados a crecientes problemáticas de salud mental, el compromiso académico debería orientarse a formar una nueva generación de profesionales conscientes de esta realidad. Médicos, geriatras, psiquiatras, psicólogos y profesionales de todas las áreas de la salud están llamados a comprender que detrás de cada diagnóstico hay una persona con historia y necesidades más amplias que la enfermedad misma.
La atención integral del adulto mayor, especialmente de aquellos que habitan en territorios apartados, debe ser una prioridad, pues son muchos los determinantes sociales que agravan las condiciones de salud en la ruralidad. Este evento académico, por tanto, no solo celebra el conocimiento, sino que impulsa un cambio en la manera de enseñar, aprender y cuidar.
El antropólogo de la Universidad de Los Andes y doctor en filosofía de la Universidad de Pittsburgh, profesor Carlos Uribe Tobón, narró sus experiencias con las comunidades indígenas de la Sierra Nevada de Santa Marta que lo introdujeron a un universo espiritual profundamente conectado con la naturaleza y el orden cósmico. La figura del mama encarna el poder sagrado y el conocimiento ancestral, cuya función no es solo religiosa, sino también ecológica y social: mantener el equilibrio del mundo. Sin embargo, este saber se enfrenta a la pugna entre dos “sacerdocios”: la palabra oral y sagrada de los mamas frente a la palabra escrita de los misioneros, dos formas de entender y transmitir el conocimiento. La oralidad sagrada de los pueblos originarios y la escritura institucionalizada de la cultura occidental.
Hoy, esa disputa por la memoria continúa en otro campo: los computadores, las redes y la inteligencia artificial. Sin embargo, el antropólogo reivindica el valor de la experiencia y la sabiduría de los mayores como fuentes vivas e insustituibles de conocimiento y propone una reflexión crítica: aunque la tecnología transforme los modos de recordar, la verdadera memoria permanece en la palabra viva y en la transmisión intergeneracional, que mantiene viva la humanidad más allá del soporte que la contenga.
Según el Dr. Diego Chavarro Carvajal, geriatra en el Hospital Universitario San Ignacio y coordinador de la especialidad en geriatría de la Pontificia Universidad Javeriana, el mundo envejece y Colombia no es la excepción. Para el 2050, una de cada cinco personas tendrá más de 60 años, un cambio demográfico que obliga a repensar cómo se entiende el envejecimiento. Envejecer con enfermedades crónicas no debería equivaler a perder calidad de vida, sino a aprender a controlarlas y prevenir la discapacidad. Cada etapa trae transformaciones físicas y emocionales inevitables.
En Colombia, este desafío ha sido analizado a través de la encuesta SABE, un estudio global monumental que en 2015 recogió información de casi 24.000 personas mayores de 60 años en todo el país. Los resultados revelaron una población de la tercera edad mayoritariamente femenina (58%), urbana, con baja escolaridad y altos niveles de pobreza. Persisten enormes brechas entre lo urbano y lo rural, entre el régimen contributivo y el subsidiado, entre los estratos altos y bajos. El 84% de los mayores sufría más de una enfermedad crónica, principalmente hipertensión y artrosis.
El 79%, para el momento de la encuesta, era independiente para realizar actividades básicas de autocuidado como ducharse, vestirse y comer, pero hasta el 15% vivía en condición de fragilidad, un estado que puede llevar a la discapacidad. En cuanto a salud mental, el 40% de los mayores presentaba síntomas depresivos (asociados a soledad, dolor crónico, duelo y factores socioeconómicos), el 17% presentaba deterioro cognitivo leve y el 10% demencia. Frente a este escenario, los retos son tan claros como urgentes: fortalecer la educación y los ingresos, ampliar el acceso a servicios especializados, cuidar también a los cuidadores, que se convierten en el principal soporte para los mayores y no son suficientemente valorados y, sobre todo, fomentar un envejecimiento saludable e integral.
El Dr. Rodrigo Heredia, profesor asistente del Instituto de Envejecimiento de la Pontificia Universidad Javeriana y coordinador del programa curricular del posgrado de geriatría de la Universidad Nacional, sostiene que al llegar a la vejez, no basta con entender cómo funciona el cuerpo, sino cómo ha cambiado con el tiempo. El envejecimiento no comienza a los 60, sino desde antes de nacer, moldeado por genética, entorno y estilo de vida. Estudiar la fisiología del envejecimiento permite diferenciar lo que es un cambio natural de lo que podría ser patológico, y adaptar las decisiones clínicas teniendo en cuenta la vulnerabilidad progresiva del organismo.
Todos envejecemos, pero no igual: influye la educación, la cultura, la nutrición, el ambiente e incluso la carga acumulada de enfermedades. A este peso progresivo se le llama carga alostática, y es la suma de todo lo que ha impactado negativamente nuestros órganos y sistemas. La salud en la vejez, entonces, es la capacidad de adaptación del cuerpo a los cambios constantes del entorno. Pero el envejecimiento no es solo decadencia; también es oportunidad. La ciencia ha demostrado que acciones simples como el ejercicio físico pueden tener efectos sorprendentes. Un programa de rehabilitación pulmonar de apenas 24 sesiones permitió a personas mayores con EPOC recuperar autonomía, mejorar su resistencia física y calidad de vida.
Un tema que preocupa notablemente en adultos mayores es la salud mental. El Dr. Iván Fernando Díaz Molina, especialista en psiquiatría de la Universidad Nacional de Colombia y psiquiatra en el Ministerio de Salud y Protección Social, refiere que en seis décadas, la proporción de personas mayores de 60 años pasó del 4,9% al 15%. En este nuevo escenario, el suicidio en adultos mayores emerge como un fenómeno creciente y preocupante. Las cifras muestran un aumento sostenido entre 2020 y 2023, con un alza del 37,7% en los casos reportados, alcanzando tasas superiores al promedio nacional.
Este fenómeno revela un trasfondo complejo de factores de riesgo que afectan a esta población: la depresión no tratada, enfermedades crónicas, aislamiento social, duelos no elaborados, la soledad y una sensación persistente de ser una carga para los demás. A diferencia de los jóvenes, los adultos mayores presentan menos intentos de suicidio, pero estos son más letales, más planificados y con menos señales de aviso. Conductas suicidas pasivas -como dejar de comer o de tomar medicamentos- reflejan una decisión íntima, muchas veces invisibilizada.
Hay factores protectores personales, psicológicos, sociales, familiares, culturales y espirituales que pueden contribuir a afrontar de una mejor manera el envejecimiento. Desde la Política Nacional de Salud Mental hasta la Ley 2055 del Estatuto del Adulto Mayor, se han dado pasos importantes, aunque recientes, para integrar la salud mental en el abordaje del envejecimiento. Se promueven redes comunitarias, acceso directo a servicios de psicología y psiquiatría, y programas de envejecimiento activo. Sin embargo, persisten limitaciones estructurales, como el acceso desigual en zonas rurales, la escasa formación de profesionales en geriatría y la débil detección temprana en atención primaria.
El Académico Correspondiente Franklin Escobar, especialista en psiquiatría de la Universidad Nacional y director científico de la Fundación Sueño Vigilia de Colombia, abordó la compleja relación entre el sueño y el envejecimiento. A lo largo de la vida, y especialmente en la vejez, el sueño sufre transformaciones significativas: disminuye el sueño profundo, se incrementan los despertares nocturnos y se reduce el sueño REM, afectando funciones clave como la memoria, la atención y la recuperación física. Estas variaciones están mediadas por tres procesos fundamentales: la homeostasis del sueño, el ciclo circadiano (24 horas) y el ciclo ultradiano (90 a 120 minutos en la noche que coincide con el sueño REM), todos coordinados por relojes biológicos que regulan el estado de vigilia y sueño.
A medida que las personas envejecen, no solo se modifica la arquitectura del sueño, sino que aumentan los trastornos asociados. Se destacaron condiciones frecuentes como el síndrome de fase adelantada del sueño, el insomnio crónico, la apnea del sueño y el síndrome de piernas inquietas, todos con un alto impacto sobre la salud mental, cardiovascular, metabólica y emocional de los adultos mayores. Aunque el envejecimiento trae cambios naturales en el sueño, no se debe normalizar el mal dormir. Existen múltiples estrategias terapéuticas, tanto farmacológicas como no farmacológicas, para mejorar el descanso en la vejez. Hábitos como mantener horarios regulares, evitar estimulantes, crear ambientes oscuros y tranquilos, practicar ejercicio y técnicas de relajación, así como acceder a tratamientos especializados, pueden marcar una diferencia sustancial en la calidad de vida. Dormir bien no solo mejora el ánimo y la función cognitiva, sino que también puede ser un factor protector frente a enfermedades crónicas, contribuyendo a un envejecimiento más saludable y activo.
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Intervenciones completas en: IV SIMPOSIO: ENVEJECIMIENTO Y SALUD MENTAL DÍA 1
Resúmenes. Victoria Rodríguez G. Comunicaciones Academia Nacional de Medicina
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