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IV Simposio del Departamento de Psiquiatría de la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional de Colombia en asocio con la Academia Nacional de Medicina de Colombia
La Dra. Viviana Londoño Morales, docente adjunta del Departamento de Medicina Interna de la Universidad Nacional, señala que la valoración geriátrica integral es un proceso multidisciplinario y multicomponente que no se limita solo al área médica, sino que involucra aspectos funcionales, nutricionales, psicosociales y cognitivos, con la participación de geriatras, psiquiatras, psicólogos, nutricionistas, terapeutas y otros profesionales.
Dentro de este proceso se analizan cinco dominios fundamentales: clínico, funcional, cognitivo-mental, nutricional y social. En el dominio clínico se identifican las enfermedades coexistentes, los medicamentos que toma el paciente y, en general, sus condiciones clínicas. En lo funcional, se evalúa su independencia y la presencia de condiciones como caídas, fragilidad o sarcopenia. El aspecto cognitivo y emocional explora deterioros mentales, delirium o depresión. El dominio nutricional analiza el estado alimentario, y el social incluye las redes de apoyo, la carga del cuidador y el riesgo de institucionalización.
El envejecimiento no implica necesariamente enfermedad o discapacidad. La clave está en identificar en qué nivel está y si el paciente puede ejecutar actividades básicas de autocuidado, actividades instrumentales que le dan una verdadera autonomía, como cocinar, manejar su propio dinero, hacer compras o encargarse de tomar sus propios medicamentos, o si, por el contrario, se encuentra en un estado de fragilidad que puede transformarse en dependencia o pérdida total de funcionalidad. La valoración geriátrica permite establecer metas realistas según la condición del paciente, ya sea para rehabilitar, mantener o mejorar su calidad de vida.
El Dr. Paulo César Camacho, coordinador de posgrado en psiquiatría de la Universidad Nacional, abordó la evolución de los modelos familiares y de salud, como representaciones conceptuales que ayudan a entender la realidad y guiar la intervención. Comparó el modelo biomédico (como el ejemplo de la serotonina en la depresión) con modelos más integradores como el biopsicosocial, que considera aspectos biológicos, psicológicos y sociales.
El concepto de familia ha cambiado de una visión centrada en la consanguinidad a una definición basada en vínculos afectivos y de cuidado. Así mismo, los modelos de desarrollo familiar también han cambiado. El modelo tradicional del ciclo de vida familiar, lineal y centrado en etapas predecibles, ha sido reemplazado por el enfoque de curso de vida, que es más flexible y reconoce trayectorias diversas, transiciones, puntos de inflexión y sincronización de eventos vitales. Este nuevo enfoque permite comprender mejor las experiencias individuales en distintos contextos, pero también desnuda circunstancias como los efectos negativos del aislamiento y la soledad en la salud mental y física. La crisis del cuidado que enfrentan las sociedades actuales ante el aumento de la longevidad y la reducción de nacimientos pone en jaque a los sistemas de protección social.
La Dra. María Luisa Arenas, docente de práctica clínica de la Universidad de los Andes, sostiene que este “logro” al aumentar la longevidad ha traído consigo un aumento de enfermedades crónicas y trastornos de salud mental en los adultos mayores, siendo la depresión uno de los más comunes. Una condición que suele pasar desapercibida o confundirse con el envejecimiento mismo, perpetuando estigmas como el creer que estar triste, tener fallas cognitivas o perder la motivación es algo “normal” al envejecer, dando lugar a un doble estigma. La depresión en la vejez suele expresarse a través de síntomas físicos, ansiedad o deterioro cognitivo, muchas veces sin cumplir los criterios formales del DSM-5.
El abordaje ideal debe ser biopsicosocial, lo que implica integrar fármacos, psicoterapia y cambios en el entorno y el estilo de vida. A pesar de que los adultos mayores responden algo menos a los medicamentos, deben recibir tratamientos completos, adaptados a sus condiciones físicas y cognitivas. Además, la psicoterapia sigue siendo eficaz, incluso en personas con deterioro cognitivo leve.
Las adicciones en el adulto mayor fue un tema tratado por la Dra. Luz Ángela Rojas, especialista en pedagogía y presidente de la Asociación Colombiana de Patología Dual. El diagnóstico de un trastorno por uso de sustancias (TUS) se realiza a partir de la presencia de al menos dos criterios en los últimos 12 meses, según el DSM-5. Estos criterios incluyen pérdida de control sobre el consumo, deseo intenso o “craving”, deterioro social y funcional, consumo en situaciones de riesgo y síntomas fisiológicos como la tolerancia y abstinencia. La adicción se entiende hoy como una enfermedad cerebral crónica que afecta el circuito de recompensa y la toma de decisiones, lo cual desafía el estigma que la asocia con la falta de voluntad. Además, muchos adultos mayores presentan lo que se conoce como patología dual, es decir, un TUS acompañado de otro trastorno mental, lo que agrava el cuadro clínico y exige un abordaje más especializado.
Factores de riesgo particulares hacen que los adultos mayores sean más vulnerables a desarrollar TUS, incluyendo antecedentes personales o familiares, aislamiento social, dolor crónico, jubilación inesperada y polifarmacia. Las sustancias más comúnmente involucradas en esta población son el alcohol, el tabaco y los medicamentos prescritos, como las benzodiacepinas. A diferencia de los jóvenes, en los mayores el uso suele estar más relacionado con factores médicos y sociales. El diagnóstico es más complejo debido al solapamiento con síntomas de envejecimiento, comorbilidades y barreras como el estigma y la escasa inclusión en estudios clínicos.
La Dra. Laura Estefanía Arenas, neuróloga del Hospital Universitario Nacional y docente adjunta de la Universidad Nacional de Colombia, abordó el trastorno neurocognitivo mayor, también llamado demencia. Un deterioro significativo respecto al funcionamiento previo en al menos uno de seis dominios cognitivos: atención compleja, lenguaje, aprendizaje y memoria, funciones ejecutivas, funciones perceptivo-motoras y cognición social. Este deterioro debe ser evidente y debe interferir con la independencia funcional. El diagnóstico clínico se apoya en pruebas neuropsicológicas, estudios de imagen y una historia clínica detallada que permita descartar causas reversibles, como déficits vitamínicos o trastornos tiroideos, y diferenciar entre las múltiples etiologías del deterioro cognitivo. Las mujeres no solo presentan mayor prevalencia, sino que también asumen el 70% del cuidado de personas con demencia, muchas veces no remunerado.
Las imágenes juegan un papel crucial para distinguir entre diferentes tipos de demencia: Alzheimer, de tipo vascular, por cuerpos de Lewy o frontotemporal. Cada una con patrones radiológicos característicos. Los biomarcadores, tanto en líquido cefalorraquídeo como en sangre, permiten confirmar la presencia de proteína TAU y beta amiloide, facilitando el diagnóstico precoz. Tratamientos como los anticuerpos monoclonales, están indicados únicamente en fases tempranas de Alzheimer y requieren una cuidadosa selección del paciente mediante biomarcadores y resonancias periódicas.
El Dr. Julián Andrés Sucerquia, coordinador del servicio de psiquiatría del Hospital Universitario Nacional de Colombia, ilustró con un ejemplo los síntomas neuropsiquiátricos en un adulto mayor que comienza a tener cambios sutiles pero persistentes en su comportamiento, y con el tiempo estos afectan profundamente su convivencia familiar, su funcionalidad y su independencia. Lo que inicialmente puede parecer “normal para la edad” -como cambios en el carácter, pérdida de interés, confusión ocasional o dificultad para dormir-, muchas veces esconde síntomas neuropsiquiátricos que forman parte de un trastorno neurocognitivo mayor o leve, como la demencia. Estos síntomas no son extraños: ocurren en hasta el 90% de los pacientes con deterioro cognitivo. Sin embargo, el cariño, la costumbre o el desconocimiento pueden nublar la percepción de los familiares, lo que lleva a la normalización de estas señales. Así se perpetúa un ciclo de sufrimiento, en el que el paciente vive su realidad distorsionada mientras la familia se siente impotente, culpable o desbordada, con el riesgo de que todo desemboque en el abandono o la institucionalización.
Los síntomas neuropsiquiátricos pueden dividirse en dominios como apatía, síntomas afectivos, síntomas psicóticos o hiperactividad conductual. La apatía —la falta de interés, emoción o motivación— es el más común, aunque suele pasar desapercibida. En cambio, la psicosis (delirios y alucinaciones), aunque menos frecuente, es más disruptiva y por eso es la que más fácilmente lleva al paciente al psiquiatra. No obstante, existen muchos otros síntomas igualmente notorios, como la ansiedad, la irritabilidad, la desinhibición, los trastornos del sueño y los cambios en el apetito o la conducta. Identificarlos correctamente requiere una evaluación clínica cuidadosa, herramientas estructuradas como el Inventario Neuropsiquiátrico (NPI) y, sobre todo, saber interpretar cada manifestación desde su contexto y su impacto real. La severidad de los síntomas y su interferencia en la calidad de vida determinarán si es necesario intervenir y cómo.
Tratar no siempre implica medicar. El enfoque terapéutico debe ser integral y adaptado al paciente, combinando intervenciones no farmacológicas —como la estimulación cognitiva, la psicoterapia, las actividades sociales, la musicoterapia— con medicamentos cuando estos sean realmente necesarios. Estrategias como el modelo DICE (describir, investigar, crear plan e intervenir, y evaluar) permiten estructurar el abordaje de estos síntomas de forma empática y efectiva. El uso de fármacos debe ser prudente, individualizado y con monitoreo constante, evitando polifarmacia innecesaria.
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Intervenciones completas en: IV SIMPOSIO: ENVEJECIMIENTO Y SALUD MENTAL DÍA 1 PM
Resúmenes. Victoria Rodríguez G. Comunicaciones Academia Nacional de Medicina
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