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Comentario de orden del Académico Dr. Manuel Antonio Galindo Arias, médico y anestesiólogo de la Universidad Nacional de Colombia, especialista en gerencia en servicios de salud de la Universidad Jorge Tadeo Lozano. Pertenece a varias sociedades científicas y es miembro correspondiente de la Academia Nacional de Medicina.
Antes de la anestesia moderna, diversas culturas utilizaron sustancias naturales para aliviar el dolor. El vino se conocía desde 3500 a.C. como analgésico, y el opio, derivado de la planta adormidera o amapola (Papaver somniferum), fue usado por Hipócrates en el siglo V a.C. En Egipto, textos como el Papiro de Hearst mencionaban el uso del cannabis indica, y más adelante, en el Imperio Romano, médicos como Dioscórides empleaban mandrágora y amapola. También se usaba la “esponja soporífera” en tiempos de Hipócrates que contenía mezclas de opio, mandrágora y beleño. Incluso en la América precolombina se usaba la hoja de coca con fines analgésicos.
Paracelso, alquimista y médico del siglo XVI, fue un precursor importante. Defendía la observación y la experimentación en medicina. Experimentó con láudano (vino y opio) y luego con éter, observando sus efectos sedantes en animales. Fue un pionero en el estudio de sustancias tóxicas, por eso es considerado por muchos el padre de la toxicología.
El químico británico Humphrey Davy, a finales del siglo XVIII, experimentó con gases como el óxido nitroso, del cual descubrió su efecto analgésico. Lo llamó “gas hilarante” y lo usaba con amigos, entre ellos James Watt que impulsó la máquina de vapor. Aunque era un científico temerario que incluso casi muere por sus experimentos, sentó las bases para el uso de gases en medicina.
Previo a la anestesia moderna, las cirugías eran brutales. Los pacientes eran inmovilizados por varias personas y sólo los ricos podían recibir vino como paliativo. Aunque ya se conocían sustancias como el opio, la mandrágora y otras opciones como la acupuntura, la cirugía aún era una experiencia traumática no solamente para los pacientes, sino también para los cirujanos que debían afrontar los procedimientos.
Internacionalmente, se reconoce la anestesia de Morton en 1846 como la primera demostración pública del uso del éter. Sin embargo, el médico Crawford Williamson Long se presume que la usó antes, el 30 de marzo de 1842, aunque no publicó su hallazgo. Otro precursor fue Horace Wells, quien experimentó con óxido nitroso en odontología.
En Europa, el cirujano Robert Liston realizó amputaciones rápidas y fue de los primeros en probar el éter en diciembre de 1846, mientras que James Young Simpson introdujo el cloroformo en 1847, -que probó previamente en sí mismo-, más efectivo y fácil de usar, pero más peligroso que el éter.
John Snow en Inglaterra, fue uno de los primeros médicos en estudiar y calcular dosis para el uso de éter y cloroformo como anestésicos quirúrgicos, permitiendo a los pacientes someterse a procedimientos quirúrgicos con relativamente mayor seguridad.
Pero ante la cantidad de fatalidades reportadas por el uso de cloroformo, Louis Ómbredanne, jefe del servicio de pediatría en el Hospital de Saint-Louis, empezó a estudiar en el terreno práctico los problemas técnicos presentados en la anestesia con éter. Durante varios años ensayó diversos modelos, hasta que finalmente desarrolló un aparato para inhalar éter que permitía un control más preciso de la anestesia por su capacidad para calibrar con una perilla la cantidad de éter que se le proporcionaba al paciente, mejorando su seguridad.
Ya en el siglo XX, Francis Hoeffer McMechan, Ralph M. Waters y John Silas Lundy, desde Estados Unidos, buscaron la profesionalización de la anestesiología. Los dos últimos introdujeron el uso del pentotal sódico.
En América Latina, el 11 de marzo de 1847, el doctor Vicente Antonio de Castro y Bermúdez se convirtió en el primer médico de América Latina que usó anestesia (eter etílico) en una cirugía. Apenas 5 meses después de haberse descubierto el uso de la sustancia en Boston.
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Comentario de orden en:
LA PRIMERA ANESTESIA EN COLOMBIA NO FUE EN 1849, NUEVOS HALLAZGOS HISTÓRICOS.
Nota. Victoria Rodríguez G. Comunicaciones Academia Nacional de Medicina
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