Por Fernando Sánchez Torres
Como tantas otras veces en la historia legendaria del Hospital San Juan de Dios de Bogotá, su suerte está de nuevo en discusión. Conociendo su pasado, causa admiración que no haya desaparecido luego de las muchas vicisitudes que ha tenido que soportar a lo largo de sus 462 años de vida.
Fue fray Juan de los Barrios quien, en 1564, fundó y sostuvo en Santafé de Bogotá, de su propio peculio, una casa-hospital aledaña a la Catedral, y que denominó “Hospital San Pedro”, de cuyo manejo se encomendó a la Orden de San Juan de Dios por mandato de Felipe III.
Más tarde, para reemplazarlo, el fraile bogotano Pedro Pablo de Villamor construyó un nuevo hospital que se llamó inicialmente de “Jesús, María y José” y luego de “San Juan de Dios”. Fue el mismo nosocomio que en el transcurso de varios siglos funcionara vecino a la iglesia del mismo nombre, situada en la calle 12, en el centro de Bogotá. En 1929 fue trasladado finalmente a la calle Primera, en los predios conocidos como de La Hortúa, lo cual le valió que el común de las gentes así lo identificara. El Instituto Materno Infantil, construido al lado del San Juan, entró a formar parte del complejo hospitalario.
Desde un principio fue el refugio de los enfermos menesterosos. Su transcurrir también fue menesteroso. Explicable que el profesor Edmundo Rico lo llamara alguna vez “emporio de miseria”. Su administración pasó por distintas manos: en sus inicios, por la comunidad de los Hermanos de San Juan de Dios; luego, por la Beneficencia de Cundinamarca; más tarde, intervenido, por el Ministerio de Salud y, finalmente, por la Universidad Nacional. Nunca superó la condición de menesteroso.
Durante el gobierno del presidente Turbay Ayala, estuvo manejado por la Fundación San Juan de Dios, ente jurídico conformado por una junta directiva de élite: el ministro de Salud, el arzobispo de Bogotá, el gerente de la Beneficencia de Cundinamarca y por un síndico, como representante legal. No obstante quedar al cuidado de tan altos funcionarios, el hospital siguió en crisis, en ruina declarada, a tal punto que en el año 1999 hubo de clausurarse. El Instituto Materno Infantil siguió funcionando, pero a media marcha, administrado por el Hospital de La Victoria.
En el 2002, mediante la Ley 735, el San Juan y el Materno fueron declarados monumentos nacionales, estipulando que el Gobierno Nacional debería destinar recursos para las obras de remodelación, restauración y conservación, es decir, que los gastos correrían por cuenta del Distrito y la Nación.
A pesar de haber sido manejado por tantas y tan variadas instituciones, a la hora de la verdad el San Juan no tuvo dolientes. Siempre rondó la duda acerca de su verdadero dueño: ¿la Nación?, ¿el Departamento?, ¿el Distrito?, ¿la Beneficencia de Cundinamarca?, ¿la Universidad Nacional? En el 2014, durante la alcaldía de Gustavo Petro, se despejó la duda: El Distrito lo adoptó al comprar las 14 hectáreas y los 24 edificios que constituyen el complejo hospitalario, quedando adscrito al Ministerio de Salud.
Finalmente, en enero del presente año, el Gobierno Nacional y el Distrito firmaron un convenio para convertirlo en un “campus de salud de carácter estratégico para la ciudad y el país”. Es de suponer que dejará de ser el tradicional hospital para menesterosos, pues los pacientes de caridad o beneficencia pasaron a la historia. Con la promulgación de la Ley Estatutaria 1751 de 2015, el derecho a la salud quedó amparado constitucionalmente.
Según se anuncia, en uno de los edificios del nuevo San Juan funcionará un “Centro de Innovación y Pensamiento para el Envejecimiento y la Vejez”, nombre rimbombante que se presta para pensar que la salud valetudinaria será objeto de especulación científica para entenderla mejor y propiciar un final de la vida menos pesaroso. Eso está bien, pues la población anciana es cada día más numerosa, llegando a constituirse en un problema de salud pública.
Al viejo San Juan lo recuerdo con afecto y gratitud, pues allí me formé profesionalmente, atendí enfermos, dicté cátedra y fui su director.
Artículo original de El Tiempo

El Académico Dr. Fernando Sánchez Torres es doctor en medicina y cirugía, con especialización en ginecobstetricia.
Ha sido rector de la Universidad Nacional de Colombia, Presidente de la Academia Nacional de Medicina y presidente del Tribunal Nacional de Ética Médica.
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