Órgano consultor del Gobierno Nacional en temas de  Salud y  Educación Médica. Creada por Ley 71/1890, ratificada por Ley 86/1928, Ley 02/1979, Ley 100/1993.

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Órgano consultor del Gobierno Nacional en temas de  Salud y  Educación Médica. Creada por Ley 71/1890, ratificada por Ley 86/1928, Ley 02/1979, Ley 100/1993.

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Por Diego Roselli.

Ha sido algo sin precedentes en los registros de la humanidad. Nunca habíamos tenido que aprender tanto de una sola enfermedad en tan poco tiempo. La historia la sabernos todos: un organismo diminuto, un virus esférico de algo así como 100 nanómetros, o sea la décima parte de una milésima de un milímetro, saltó de alguna especie animal al ser humano en el centro de una ciudad china. Ya las primeras publicaciones, de enero 2020, describían el compromiso respiratorio como lo más destacado. Hasta ahí, algo común a muchas virosis. Esta infección, sin embargo, tenía importantes diferencias. La primera es su alta tasa de contagios, que incluye de manera alarmante los dos o tres días previos al inicio de los síntomas. Aislar a quien ya está enfermo no es suficiente. La segunda, la heterogeneidad de su cuadro clínico; la mitad o quizás más de los infectados son sintomáticos o no tienen nada más que una molestia banal. En el otro extremo de la enfermedad está la saña, la virulencia, aunque suene redundante, con la que unos pocos, cinco de cada cien o cosa así, son literalmente descuartizados por esta nueva plaga, que con rapidez se extendió por toda la tierra.

Pero cuidado, las diferencias entre este coronavirus y todas las enfermedades infecciosas conocidas van más allá de los aspectos virológicos o epidemiológicos. Este microorganismo sacudió los mercados bursátiles, derribó el precio del petróleo, cerró escuelas y universidades. modificó la movilidad de media humanidad, quebró a millones de empresas en los cinco continentes, y empobreció a cientos de millones de Personas.

La respuesta del mundo científico no se hizo esperar. En pocos días teníamos el genoma del SARS-CoV-2 no solo dilucidado sino expuesto públicamente en la red para todo el que estuviera interesado en examinar su desnudez. Ahí están desde entonces no solo las treinta mil repeticiones en los cuerpos de esas cuatro letras que componen la secuencia genética del ARN del virus inicial de Wuhan, sino las mutaciones que en su recorrido de ires y venires por el mundo ha ido acumulando poco a poco. Los esfuerzos de la ciencia se concentraron en tres objetivos: el primero, entender y explicar su propagación y sus mecanismos para hacer daño; el segundo, tratar a los infectados y evitar las complicaciones y la muerte de aquellos con las formas más graves; y el tercero, desarrollar vacunas par prevenir su avance.

Antes de analizar los logros y fracasos de la investigación científica, es necesario resaltar la otra epidemia mucho menos silenciosa que el contagio viral: la denominada infodemia, la propagación de noticias falsas y de ideas de conspiración, acompañada de una proliferación de charlatanes y falsos profetas. Incluso entre profesionales de la salud se han extendido ideas erróneas, a veces fabulosamente absurdas, que han pelechado entre ese humus de desconfianza en los gobiernos, de oposición al pensamiento científico y de ignorancia atrevida. Los medios de comunicación, tanto formales como informales, en su afán de rating, y de noticias sensacionalistas han contribuido a la desinformación.

Y no hablemos de los gobiernos, muchos de ellos negacionistas, que han sido cómplices en la propagación de la infección, y en incrementar su letalidad. Si, incluso los bien intencionados y los bien informados han tenido que improvisar en esta enfermedad en la que todos hemos tenido que ir aprendiendo sobre la marcha. Que están experimentando con nosotros, es otra queja común a la que si se ha de responder de manera honesta hay que decir: claro que si.

Aunque hay muchas brechas del conocimiento que quedan aún por rellenar, hay hechos que hoy tenemos claros. Que la principal vía de contagio es la vía aérea, por ejemplo, es un hecho irrefutable, y que por eso necesitamos barreras como el tapabocas, necesitamos espacios ventilados, y sabemos que la distancia entre individuos y el número de personas en una agrupación son variables no solo cuantificables, sino con una influencia no lineal sino exponencial. La responsabilidad, en buena medida, recae en cada cual.

En el campo de las terapias, de otro lado, los resultados han sido desconsoladores. Los fármacos que han logrado modificar el pronóstico de los casos más severos se cuentan con los dedos de una mano, y su beneficio es apenas marginal. Se exceptúan aquí, por supuesto, los biológicos que, como destaca en su artículo en este mismo número el doctor John Mario González, por mecanismos muy diferentes han logrado resultados en la prevención de aquellos casos que resultan en cuidado intensivo o que fallecen.

Muchos expertos que han venido analizando los números  de la pandemia en este último año y medio. En los primeros meses de 2020 solo los escenarios más optimistas contemplaban una vacunación masiva antes del final de 2021, pero el proceso superó, por mucho, incluso las expectativas de los optimistas.  Igual se podría decir sobre la eficacia. Tras años de búsqueda infructuosa de una vacuna para prevenir la infección por ese otro virus ARN, el VIH, o la experiencia con ese otro virus respiratorio, el de la influenza, no se estaba confiando mucho en una eficacia que superara el 70%. Y la realidad fue otra. En todo caso, los pronósticos de seguridad de una vacuna para varios miles de millones de personas estimaban que uno de cada cien mil, o quizás más, fueran los muertos, los sacrificados por ese daño colateral, por esos eventos adversos comunes a toda vacuna. Y también ahí ha habido sorpresas.

A una velocidad pasmosa, explicable por la copiosa inyección de dinero, por la sabiduría heredada de un siglo de producción de vacunas, y por la ejecución en paralelo de varias de las etapas de desarrollo y producción de vacunas, se han logrado esta docena de milagros de la tecnología llamados a cambiar el rumbo de la pandemia. Pero no cantemos victoria. Para lograr la cobertura ansiada, tenemos aún tres barreras: la capacidad de los fabricantes para cumplir con sus cuotas prometidas, la logística local para el almacenamiento y la distribución de las dosis requeridas, y finalmente la colaboración de la ciudadanía para asistir en su debido momento a los puestos de vacunación.

La historia, pues, hasta ahora se está escribiendo.

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El Dr. Diego Rosselli es médico de la Universidad del Rosario, en Bogotá, y neurólogo del Hospital Militar. Profesor y Jefe del Departamento de Epidemiología Clínica y Bioestadística, Facultad de Medicina, Pontificia Universidad Javeriana y Miembro Correspondiente de la Academia Nacional de Medicina

Artículo originalmente publicado en la revista Hospitalaria de la Asociación Colombiana de Hospitales y Clínicas ACHC

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