Órgano consultor del Gobierno Nacional en temas de  Salud y  Educación Médica. Creada por Ley 71/1890, ratificada por Ley 86/1928, Ley 02/1979, Ley 100/1993.

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Cátedra de humanismo a cargo de la Académica Dra. Martalucía Tamayo Fernández, médica genetista de la Pontificia Universidad Javeriana, fellowship en genética clínica y dismorfología de la Universidad de Nebraska-Omaha, USA.  Periodista y comunicadora social de la Universidad Jorge Tadeo Lozano y profesora titular del Instituto de Genética Humana de la Facultad de Medicina de la Universidad Javeriana. 

Desde que la Dra. Tamayo empezó su camino en el Instituto de Genética, descubrió que la ciencia y la literatura no solo podían convivir, sino que se necesitaban. En medicina cabe todo, incluso el arte. Así se lo transmite a sus estudiantes, recordando la célebre frase “El que solo medicina sabe, ni siquiera medicina sabe”.

Entre las páginas de La vuelta al día en 80 mundos, de Julio Cortázar, un nombre para ella desconocido hasta entonces llamó su atención: Macedonio Fernández. 

Macedonio fue para la Dra. Tamayo una revelación. Su concepto del “almismo”, esa introspección profunda, la atrapó, así como encontrar frases un tanto absurdas de su autoría como: “Era tan obstinado y de mal gusto que hasta un instante antes de morir, vivía”, “En fin, tantas cosas que aunque yo me vaya del mundo sin saberlas, me preocupa que las sepan ustedes” o “Se estaba produciendo una lluvia de día domingo con completa equivocación porque estábamos en martes”. La vida de Macedonio fue un ensayo interminable sobre el yo. 

La Dra. Tamayo decidió, como él, escribir un libro de prólogos sin capítulos. En 1995 publicó El libro del almismo, el libro del pensar. Ser como todos pero ser distinto, que describe “un ensayo de un ensayo”, sobre lo que hay de genética desde Macedonio Fernández hasta Julio Cortázar, pasando por Jorge Luis Borges. 

El libro de la Dra. Tamayo tiene quince prólogos, antes de llegar al primer capítulo que en realidad son las conclusiones, como una reivindicación a su atracción por lo absurdo que también ha sido parte de su vida. Una genetista, que a la vez es paciente genética, que diagnosticó su propia enfermedad y que sabe lo que es vivir en desventaja… ser como todos, pero ser distintos.  

El tercer prólogo del libro habla justamente de Macedonio Fernández. Nació en 1874 en Buenos Aires y, aunque estudió para ser abogado, su pasión eran las letras. Inspiró a afamados escritores como Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Casares y Julio Cortázar. 

Se casó con el amor de su vida, Elena de Obieta, quien infortunadamente falleció en 1920; esa muerte lo empujó al encierro. Dejó a sus cuatro hijos al cuidado de la abuela y tías y se aisló para pensar y sobre todo escribir. Fue tildado de loco; para la doctora Tamayo, pasó a vivir en el plano de la metafísica, uno donde la tristeza, la filosofía y la escritura eran inseparables.

El cuarto prólogo está dedicado a Julio Cortázar, otro “alumno” de Macedonio. El gran Cronopio para la Dra. Tamayo, un personaje que se caracteriza por ser ingenuo, idealista, desorganizado, sensible y no convencional. Leyó sus obras y entendió que él también venía del mismo linaje absurdo: “Andábamos sin buscarnos, pero sabiendo que andábamos para encontrarnos”. En Rayuela, Cortázar escribe sobre el dolor, sobre los defectos físicos y sobre las miserias humanas; temas también tratados por Macedonio y Borges. Quienes lo conocieron han dicho que, aunque murió a los 70 años, parecía de 50; nunca envejeció físicamente, tal vez por alguna condición genética no detectada. Fue un buscador nato, escribiendo sobre encuentros y desencuentros. 

Y luego en el quinto prólogo, Borges. Jorge Francisco Isidoro Luis Borges Acevedo, nació finalizando el siglo XIX en 1999, fue un gran admirador y promotor de la obra de Macedonio; incluso llegó a considerar que de cierta forma lo plagiaba. Ciego por una enfermedad genética dominante, abrazó los libros como otros abrazan la vida: “¿Me será permitido repetir que la biblioteca de mi padre ha sido el hecho capital de mi vida? La verdad es que nunca he salido de ella, como no salió nunca de la suya Alonso Quijano”. La escritora Stella Canto, amiga personal de Borges, decía que una de las peculiaridades de Borges era la enumeración, que él hubiese querido encerrar el tiempo y el espacio en un círculo y no dejar nada afuera. Lo declaró un escrito místico: “El Aleph es un encuentro con Dios”, concepto interesante si tenemos en cuenta que Borges se consideraba a sí mismo como agnóstico.  

A los tres los unía su fascinación por la inmortalidad, la búsqueda y el infinito, pero también la genética sin saberlo. Macedonio se burlaba de sus defectos, se quejaba de ser feo, bajo y cojo e hizo apología de sus defectos físicos. Borges aceptaba la ceguera como destino escrito; murió ciego como su padre y otras personas de su familia en generaciones anteriores. Cortázar parecía inmortal por su aspecto físico jovial, tal vez producto de alguna condición genética, pero falleció antes de cumplir los 70. Su literatura hablaba del duelo, del alma humana, del dolor, de lo irremediable. Y lo hacían con ironía, belleza y lucidez. 

Macedonio creó el “almismo”; Borges hablaba desde la oscuridad; Cortázar soñaba despierto. El libro escrito por la Dra. Tamayo cierra con ese capítulo I, que en realidad, más que respuestas, crea interrogantes al lector para que se convierta en el autor de ese último… o primer capítulo, con sus propias percepciones; ya que el lector —como el paciente— tiene derecho a ser parte activa de su historia. 

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Cátedra de la Dra. Tamayo en: Trilogía del almismo: Macedonio, Borges y Cortázar.

Nota. Victoria Rodríguez G. Comunicaciones Academia Nacional de Medicina.

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