La soledad y la salud mental fueron el tema central del más reciente foro de la Academia Nacional de Medicina. Un asunto abordado por la psicología y la psiquiatría de manera recurrente en los últimos años. El Académico Dr. Álvaro Rodríguez Gama, psiquiatra y miembro de la Comisión de Salud Mental de la Academia, considera que, aunque la soledad es uno de los grandes problemas del mundo contemporáneo, no toda la soledad es mala.
Existe una soledad creadora, la de artistas, científicos y pensadores que, al apartarse voluntariamente, hallan claridad y fuerza interior. Sin embargo, la soledad que hoy preocupa es otra: la no elegida, la que aísla y duele, la de quienes no tienen con quién hablar ni con quién compartir la vida.
Existen muchos tipos de soledad; ya a mediados del siglo XX, el físico Enrico Fermi formuló su paradoja, la aparente contradicción entre la alta probabilidad de existencia de vida inteligente extraterrestre en el universo y la total falta de evidencia de ello. ¿Estamos entonces solos en el universo?
Pero no hay que viajar a los confines del universo para notar esa soledad. La historia humana está atravesada por barreras que nos separan. El lenguaje, nacido de antiguas diásporas, nos deja hoy con siete mil lenguas que pocos dominan y con millones de personas atrapadas en una soledad lingüística. La geografía también divide: aldeas perdidas, islas remotas, pero también hay soledades urbanas como la del pasajero en un bus atestado que viaja en silencio. La incomunicación va dejando huellas profundas.
El arte ha sido testigo y espejo de este aislamiento. Pintores como Edward Hopper o Salvador Dalí captaron figuras solitarias; escritores como Cervantes, Hemingway o García Márquez narraron héroes apartados o pueblos condenados al olvido. El cine y la música han dado voz a esa condición que se vuelve casi compañera fiel. La soledad aparece en cada etapa de la vida: el joven rebelde que no encuentra comprensión, el anciano abandonado por familias fragmentadas, los migrantes que parten cada día en busca de futuro y se enfrentan al desarraigo.
La pandemia reveló con crudeza lo que significa un aislamiento impuesto. Personas confinadas en cuartos sin ventana, enfermos sin compañía en las unidades de cuidados intensivos y sociedades enteras descubriendo que, sin contacto humano, la vida se vuelve asfixiante. Ni la ciencia ni la psiquiatría estuvieron preparadas para ese encierro masivo que multiplicó la ansiedad, la depresión y el miedo.
La guerra, el exilio, la pobreza y la discriminación agravan aún más este panorama. Millones de personas cargan su soledad a cuestas. En medio de tantas formas de aislamiento queda una pregunta esencial: ¿cómo enfrentamos esta carencia de vínculos?
El filósofo Juan David Zuloaga Daza, invitado al foro, señala que a lo largo de la historia de Occidente han convivido dos maneras de estar en el mundo: la vida activa y la vida contemplativa.
Aristóteles vio al hombre como un animal social, mientras Meister Eckhart exaltó la soledad como el estado más alto del espíritu. José Ortega y Gasset ironizó diciendo que cuando los hombres se ponen de acuerdo, suele ser para una bellaquería. Cada época, según la forma de vida que prevalezca y el tipo de gobernanza que se dé, muestra un rostro distinto: sacerdotal y contemplativo, o guerrero y activo.
El humanismo y el Renacimiento comenzaron a desplazar la supremacía de la vida contemplativa, venerada durante la Edad Media como vía superior hacia lo divino. Con el nuevo protagonismo del hombre y el elogio del trabajo, se empezó a mirar con recelo la soledad de monjes y mendicantes. El tiempo, que antes seguía el ritmo natural de las estaciones, se volvió recurso económico, imponiendo la productividad y la eficiencia como la virtud mayor. La modernidad trasladó el eje de la existencia hacia la acción compulsiva, marcando jornadas extenuantes que terminaron por relegar el recogimiento espiritual a un segundo plano.
El capitalismo, con su exigencia incesante, empujó al individuo hacia una soledad forzada y masiva, tan preocupante que países como Japón e Inglaterra han creado ministerios para combatirla. Paradójicamente, muchas de las más grandes obras nacieron del retiro: Proust, recluido, escribió su novela monumental En busca del tiempo perdido, y Miguel de Molinos predicó el quietismo, que sostiene que la perfección espiritual se alcanza a través de una pasividad total y la supresión del esfuerzo humano para unirse a Dios.
La soledad, así sea elegida, se ha visto también como disruptora y antinatural para algunos sistemas, pues se aleja de los caminos trazados por las normas sociales.
Nietzsche denunció que la moral gregaria entrena a cada individuo para servir al rebaño, asignándole valor solo como pieza de la comunidad. La soledad, vista como virtud extrema, siempre ha sido sospechosa, pues esos seres apartados cuestionan las rutinas y jerarquías establecidas. En el pasado, se confinó a filósofos y místicos en universidades y monasterios, espacios que regulaban y neutralizaban su potencial disidente. Mientras permanecieran enclaustrados, el peligro que para algunos representaba esa libertad y forma de pensar parecía controlado; pero hoy, cuando la soledad deja de ser rareza y se convierte en epidemia, la alarma social se dispara.
No todos los individuos están hechos para vivir en soledad o hallan clarividencia en el retiro. La soledad voluntaria exige fortaleza interior, pero la soledad impuesta genera angustia y desesperación. Así como algunos santos y místicos encontraron en la soledad un éxtasis espiritual, otros hallaron la locura y allí radica el peligro de la soledad.
:::::::::::::::::
Intervenciones en: FORO: SOLEDAD Y SALUD MENTAL
Nota. Victoria Rodríguez G. Comunicaciones Academia Nacional de Medicina
Visitas: 59





