En su columna para El Bogotano, el académico Pablo Roselli-Cock hace una reflexión sobre los argumentos que esgrimen los declarados antivacunas.

 

Por Pablo Rosselli-Cock

El aporte de las vacunas al bienestar de la humanidad es innegable. La epidemia de poliomielitis en la primera mitad del siglo xx, para poner un ejemplo, trajo una estela de terror a su paso dejando muerte y secuelas graves en los niños y adultos afectados; lo mismo ocurrió con otras enfermedades como la difteria, la tuberculosis y el tétanos, responsables de que la expectativa de vida fuera corta. Por fortuna, la aparición de las vacunas marcó un hito en la medicina y gracias a ellas se evitaron muchas tristes historias que hacen parte del pasado. Sin embargo, en aquel entonces también existían quienes se negaban a inmunizarse con argumentos variados que vistos retrospectivamente carecen de fundamentos.

Hoy, las razones que esgrimen los que no quieren vacunarse contra el COVID 19 son variadas: algunos parten del principio de la desconfianza y la mala fe en la ciencia. Piensan que vacunar a toda la población hace parte de una conspiración internacional o una lucha de poderes en la que la industria farmacéutica es la beneficiada con la ayuda de los medios de comunicación y los sistemas de salud. Los que piensan que con la vacunación nos inoculan un chip para controlar nuestras vidas son ingenuos, ya que con el uso de los teléfonos móviles y la exposición a las redes sociales tienen el control parcial o total de nuestras vidas.

Otras personas niegan el método científico y la medicina basada en la evidencia y pertenecen al grupo de los muy informados, pero mal informados. Negar los avances de la ciencia es contumacia y es desconocer que este mundo es mejor gracias a ella. Algunos con condiciones médicas específicas, y con razón, temen que la inmunización empeore su enfermedad. Otro grupo corresponde a los poco solidarios que con su decisión de rechazar las vacunas ponen en riesgo la salud de los demás.

De otro lado están los que sienten vulneradas sus libertades individuales y confían más en su propia inmunidad porque quizás no han visto de cerca ninguna tragedia asociada al COVID 19. Algunos de estos no están dispuestos a usar tapabocas ni a seguir las medidas de bioseguridad, al igual que los que no respetan las señales de tránsito, no usan el cinturón de seguridad en el automóvil o el casco en la motocicleta.

Razones habrá muchas, pero argumentos contundentes que las respalden son pocos, y tristemente los medios de comunicación están llenos de basura en sus contenidos que no ayudan informar con objetividad. Quién iba a pensarlo, pero el mundo de hoy se divide en “los vacunados y los no vacunados”, no solo por el hecho de estar inmunizados sino por lo que representa ideológicamente el acto de no vacunarse.

Mi colega internista y especialista en infectología Carlos Pérez tiene mucha razón al afirmar: “Cada vez hay más evidencia de que las vacunas en la infancia producen un daño terrible: adultos sanos y saludables que forman grupos antivacunas”.

Esta columna fue publicada originalmente en El Bogotano

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Órgano consultor del Gobierno Nacional en temas de educación médica y salud del pueblo colombiano.

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