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En el marco del VIII Encuentro de Medicina y Arqueología en Colombia realizado en la Academia en octubre, algunos conferencistas invitados centraron sus presentaciones en patologías que afectaron al mundo prehispánico.
El profesor Álvaro Idrovo presentó una investigación sobre trazas de mercurio y arsénico en restos humanos prehispánicos colombianos. El mercurio, aparece en forma de cinabrio, un mineral rojizo presente en muchas regiones de Caldas. Un metal, ligado hoy a la minería del oro, pero presente en minas legendarias como Almadén en España, Idrija en Eslovenia y Huancavelica en Perú. Incluso en Colombia, en el municipio de Aranzazu, funcionó entre 1948 y 1975 una mina de mercurio que dejó un trágico legado de intoxicaciones, el mayor desastre de salud ocupacional del país.
El arsénico, un metaloide conocido por sus efectos tóxicos y su relación con el cáncer, ha afectado a comunidades enteras, como las cercanas a la mina de Cerromatoso en Córdoba, donde se documentaron los primeros casos de hidroarsenicismo.
A través de estudios hechos a comienzos del siglo XXI en restos humanos precolombinos de la comunidad Guane, los científicos descubrieron que las concentraciones de mercurio eran mínimas antes de la llegada europea. Esto sugiere que la gran contaminación comenzó con el uso del método de patio, una técnica minera que empleaba mercurio para extraer metales preciosos. Sin embargo, el hallazgo de pigmentos rojos de cinabrio en máscaras y artefactos antiguos en Ecuador y Perú deja abierta la posibilidad de un uso ritual anterior.
Algunos pueblos indígenas a lo largo de América tenían una actividad metalúrgica avanzada para emplearla en sus aleaciones y rituales, como lo muestran las tradiciones del occidente mexicano y los Andes, donde el arsénico llegó a representar hasta un 25% del material en objetos rituales. Estudios relacionan ciertas amputaciones y deformidades registradas en culturas como la Moche en el norte de Perú con los efectos del arsénico, una huella tóxica grabada en huesos y esculturas.
En el corazón del altiplano colombiano, tres momias con rostros modelados comienzan a revelar sus secretos. Dos reposan en el Museo de Historia de la Medicina de la UPTC en Tunja y una más en el Museo Arqueológico de Sogamoso. Estas piezas han sido el punto de partida de un proyecto interdisciplinario que une historia, antropología y arqueología. Los investigadores Abel Martínez, Luz Martínez y Edward Manrique buscan comprender el origen y el significado de estas prácticas funerarias, que parecen remontarse a antiguos grupos que tenían su asentamiento en el nororiente colombiano. Se presume que los restos pertenecen a antepasados de los yukpa o motilones, conocidos por su ancestral tradición de momificación y culto a los muertos. Incluso hoy, conservan un ritual de enterramiento en dos etapas. En la primera etapa, el fallecido es momificado, enterrado en un lugar apartado y, a los dos años, desenterrado para seguir un ritual de “despedida”. Lo sepultan por segunda vez en un acto simbólico de sincronismo entre el mundo de los muertos y los vivos para que finalmente su cuerpo y alma concluyan su periplo en la tierra.
Los investigadores proponen que el modelado de los rostros no era una simple ornamentación, sino un ritual destinado a mantener viva la conexión entre el mundo de los vivos y el de los muertos. Estas momias, cuyos ojos reconstruidos y bocas entreabiertas evocan una inquietante “apariencia de vida”, serían testimonios de un culto a los ancestros o incluso de prácticas chamánicas. Los cronistas de la conquista describieron escenas en las que estos “cráneos enmascarados”, con los cuerpos reconstruidos en madera o rellenos de ceniza, se exhibían en los bohíos de los caciques, como si los espíritus pudieran habitar de nuevo sus cuerpos. Lejos de ser trofeos de guerra o vestigios de canibalismo, los investigadores actuales defienden la idea de que se trataba de conservar la presencia y el poder espiritual de los muertos dentro de la comunidad.
El médico e historiador Cristian Vallejo Romo reflexionó sobre la tuberculosis en la Colombia prehispánica. Desde tiempos inmemoriales, los microorganismos han habitado la Tierra, mucho antes de que el ser humano diera sus primeros pasos. Entre ellos, uno ha dejado una huella indeleble en la historia de la humanidad: Mycobacterium tuberculosis, el agente causante de la tuberculosis. Esta enfermedad, que se manifiesta principalmente en los pulmones, pero puede atacar cualquier órgano, es testimonio de la convivencia milenaria con el hombre. El estudio del ADN bacteriano ha permitido rastrear su linaje, revelando que la tuberculosis acompañó al Homo erectus medio millón de años atrás y a los neandertales hace 40.000 años.
A lo largo de la evolución humana, la tuberculosis ha sido una silenciosa compañera, adaptándose a cada cambio del huésped. Estudios genómicos confirman que su origen es africano y que su forma humana no proviene del ganado, sino de un bacilo ancestral similar al humano. Desde los primeros homínidos, la enfermedad viajó con las migraciones hacia Europa y Asia, y más tarde cruzó los mares hasta América, transportada incluso por animales marinos como los lobos y leones marinos que actuaron como agentes vectores entre los continentes.
Momias prehispánicas de culturas como la Chiribaya en Perú y los muiscas y guanes en Colombia conservan rastros inconfundibles del bacilo. Visibles hoy gracias a técnicas moleculares como la reacción en cadena de la polimerasa (PCR). En Colombia, los hallazgos en momias y restos óseos de antiguos pueblos andinos confirman una presencia constante de la enfermedad desde tiempos precolombinos.
En las tierras del sur del Huila, el arqueólogo José Vicente Rodríguez y la antropóloga Amparo Ariza han encontrado un escenario donde la historia y la geología se entrelazan. Allí, entre los conos volcánicos de San Agustín e Isnos, el suelo conserva las huellas de antiguas erupciones fisurales, grietas que un día ardieron y cambiaron la vida de quienes habitaron sus orillas. En 1827, el río Suaza, tras un episodio sísmico, se represó y formó un lago que arrastró con fuerza todo a su paso, causando muerte y destrucción en este evento fluvio-volcánico.
Señalan los investigadores que esta misma fuerza podría haber influido en la salud de las comunidades antiguas, dejando rastros de enfermedades como la fluorosis en sus huesos y dientes, debida a la ceniza y los minerales arrojados. El proyecto arqueológico que acompañó la construcción de la Central Hidroeléctrica del Quimbo permitió recuperar más de quinientas tumbas y restos óseos que narran la historia de una población sin grandes riquezas materiales, pero con una profunda conexión con su entorno. Entre los huesos, los arqueólogos hallaron señales de enfermedades raras, como una posible acromegalia y un síndrome oculo-facio-cardio-dental, que se caracteriza por tener raíces en los dientes extremadamente alargadas. Cada tumba excavada ha contribuido a reconstruir una vida y vestigios de una sociedad completa.
Paralelamente, un nuevo capítulo se ha abierto en la historia de los “Yucos” o Yukpas. Al analizar momias y cráneos en el Laboratorio de Antropología Física de la Universidad Nacional de cráneos enmascarados o modelados, estudios isotópicos y genéticos revelaron que estos restos no pertenecerían a aquel pueblo, sino que procederían de la región de Tocaima, en el altiplano cundiboyacense. Un trabajo interdisciplinario con odontólogos, genetistas y antropólogos llevó a concluir que dichas momias guardarían parentesco con los antiguos panches, gracias a análisis de la dieta, el movimiento geográfico y el clima en el que vivieron. El origen de estos particulares cráneos sigue aún en discusión.
El bioarqueólogo German Rodríguez-Avellaneda analizó un posible caso de enfermedad de Osgood-Schlatter en Nariño, Cundinamarca. En el inicio del siglo XX, dos cirujanos —el estadounidense Robert Osgood y el suizo Carl Schlatter— describieron una extraña inflamación en las rodillas de jóvenes deportistas. Desde entonces, su hallazgo lleva sus nombres: la enfermedad de Osgood-Schlatter. Esta afección, una forma de osteocondritis, se manifiesta como una inflamación dolorosa en el tubérculo tibial, justo donde se inserta el ligamento rotuliano. Suele afectar a adolescentes activos, especialmente a quienes corren, saltan o practican deportes intensos como el fútbol, voleibol o la gimnasia. En los huesos, deja huellas visibles: avulsiones o desgarros, pequeñas osificaciones y una marcada reacción del tejido óseo ante el esfuerzo constante.
Aunque en la medicina moderna se asocia casi exclusivamente al deporte, los registros arqueológicos muestran que esta enfermedad también existía en tiempos antiguos. Se han encontrado casos en momias, necrópolis medievales y cementerios precolombinos desde Inglaterra hasta Ecuador y Chile. En Colombia, hasta hace poco solo se conocía un caso, reportado por el profesor José Vicente Rodríguez y que corresponde a un hombre de aproximadamente 40 años con evidencia de avulsión de la inserción del ligamento patelar en San José de Belén, Huila. Un reciente hallazgo en Nariño, Cundinamarca, amplió el panorama. Durante la construcción de un condominio en 2016, las obras revelaron un antiguo cementerio y entre sus tumbas apareció un esqueleto juvenil con signos claros de esta enfermedad poco común.
El reanálisis de los restos, realizado en 2024 en el Laboratorio de Arqueología del ICANH (Instituto Colombiano de Antropología e Historia), permitió identificar al individuo: un joven de unos 18 o 19 años, probablemente masculino, que en vida soportó un enorme esfuerzo físico. Aunque su cuerpo fue encontrado incompleto, las tibias conservaban las marcas características de la enfermedad de Osgood-Schlatter: inflamación bilateral, pérdida de tejido y formación de entesofitos. Todo indicaba que este joven había realizado actividades extenuantes, quizás agrícolas, que forzaron sus piernas hasta dejar huella en sus huesos.
El VIII Encuentro finalizó con un análisis del profesor Guido Lombardi sobre los hospitales de la Lima virreinal. Lima, fundada en 1535, pronto se convirtió en el corazón del virreinato, creciendo entre murallas, huacas destruidas y templos recién levantados. Allí nacieron los primeros hospitales del Perú: Nuestra Señora de la Concepción en 1538, hoy colegio Santo Tomás de Aquino, creado para atender a los españoles pobres; Santa Ana, dedicado a la atención de los nativos o naturales; y San Andrés, el gran hospital real, donde se acogieron las momias de los antiguos incas, se creó el primer pabellón psiquiátrico y se fundó el primer anfiteatro anatómico del país.
A medida que Lima crecía, los hospitales se multiplicaban siguiendo la huella de su diversidad social. Hubo recintos para mujeres, como el Hospital de Nuestra Señora del Carmen; para sacerdotes, como San Pedro Apóstol; para esclavos y africanos abandonados por sus esclavistas cuando enfermaban, como San Bartolomé; y para leprosos, como San Lázaro, el único fuera de las murallas de la ciudad colonial.
Entre los últimos vestigios de esa red hospitalaria colonial sobreviven nombres y símbolos. La enfermería de Santa Rosa, donde la santa limeña decía ser guiada por el “niño doctorcito”, como denominaba al niño Jesús. La celda de San Martín de Porres, donde la compasión se convirtió en oficio; y el Hospital de los Huérfanos, hoy borrado del mapa, pero recordado en una calle que lleva su nombre.
Algunos de estos hospitales se transformaron en cuarteles o escuelas, otros desaparecieron bajo terremotos o avenidas modernas, pero todos dejaron rastros: muros con escudos, criptas con restos humanos y plazas construidas sobre antiguos patios de convalecencia. En cada demolición y cada reconstrucción, Lima conservó la memoria de su espíritu asistencial.
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Intervenciones en: ENCUENTRO DE MEDICINA Y ARQUEOLOGÍA EN COLOMBIA
Nota. Victoria Rodríguez G. Comunicaciones Academia Nacional de Medicina
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