Académico Alberto Gómez Gutiérrez. Biólogo y microbiólogo de la Universidad de Los Andes. Doctorado en Bioquímica de la Universidad de París. Profesor titular del Instituto de Genética Humana, Pontificia Universidad Javeriana. Miembro de la Academia Nacional de Medicina y Academia Colombiana de la Lengua. Vicepresidente de la Academia Colombiana de Historia.
La visita de Jean Baptiste Boussingault, un joven químico francés, precursor de la agricultura científica, se remonta a 1823 como parte de una misión científica impulsada por Simón Bolívar. Esta misión fue producto de una visión adelantada que buscaba el progreso técnico, agrícola y minero de la república naciente. Bolívar, a través del botánico Francisco Antonio Zea, ex director del Real Jardín Botánico de Madrid, firmó en París un acuerdo que trajo a cuatro científicos franceses a Colombia, entre ellos Boussingault, quien tenía apenas 21 años y había sido recomendado por Alexander von Humboldt, el célebre naturalista prusiano que ya había explorado la región a comienzos del siglo XIX.
La influencia de Humboldt y su expedición con el médico y botánico francés, Aimé Bonpland, fue decisiva para la inspiración de estos proyectos. Las observaciones científicas de miembros de la Real Expedición Botánica de la Nueva Granada, liderada por José Celestino Mutis, sentaron las bases de una identidad científica en el virreinato. Sin embargo, sus esfuerzos enfrentaron el oscurantismo de la época. Tras la independencia, Bolívar entendió la importancia de institucionalizar el conocimiento para el desarrollo nacional, lo cual derivó en la formación de la Misión Zea y en la llegada de estos jóvenes científicos al país.
Boussingault viajó junto con François Désiré Roulin, Justin Marie Goudot y Jacques Bourdon, además del criollo peruano Mariano Eduardo de Rivero y Ustáriz, que había estudiado en la Escuela Real de Minas de París. Todos compartían una sólida formación científica adquirida en París y pusieron su conocimiento al servicio de Colombia. Goudot y Bourdon se asentaron en el país y ayudaron a fundar instituciones clave como el Museo Nacional de Colombia, en donde se organizaron las primeras colecciones científicas del país. Uno de los objetos más emblemáticos de esa época es el aerolito de Santa Rosa de Viterbo, pieza que aún se encuentra en exhibición.
En Bogotá, Boussingault se convirtió en pionero de la enseñanza de la mineralogía. Durante cuatro años, enseñó e investigó sobre minería. Junto con Mariano de Rivero, creó el gabinete de mineralogía, desde el cual se promovieron los estudios geológicos. Aunque la minería fue uno de sus focos, su interés abarcaba también la agricultura, la botánica y la meteorología.
Su encuentro con Humboldt en París, previo al viaje, marcó el inicio de una colaboración científica indirecta. El propio Humboldt le entregó instrumentos científicos que había usado en América y le enseñó cómo utilizarlos. Boussingault relató con emoción su visita al explorador alemán antes de partir y cómo esa reunión reforzó su determinación para explorar Colombia con el mayor rigor científico. Su expedición fue meticulosamente preparada con laboratorios portátiles, bibliotecas, y equipos para hacer observaciones a lo largo del trayecto, desde la costa hacia Santa Fe de Bogotá, ciudad escogida para fundar un establecimiento científico.
Durante su estancia en Colombia, Boussingault quedó maravillado por la riqueza natural del país. En Antioquia, desarrolló una buena parte de sus estudios sobre agricultura científica. Las memorias que dejó describen con nostalgia su vida en la región que describió como “un lugar de delicias”.
Al regresar a Europa en 1832, Boussingault fue reconocido como una figura clave de la ciencia. En 1849 fue elegido presidente de la Academia de Ciencias de Francia y publicó, junto a François Désiré Roulin, el libro Viajes científicos a los Andes ecuatoriales, una compilación de investigaciones realizadas en Colombia, Ecuador y Venezuela. Este volumen, traducido por el geógrafo colombiano Joaquín Acosta, se convirtió en uno de los textos primarios de la ciencia latinoamericana, abarcando la física, la química y la historia natural de las zonas exploradas.
El legado de los científicos de la “Misión Zea” perduró a través de discípulos como Juan María Céspedes y Francisco Javier Matiz, ambos botánicos.
Centenares de científicos colombianos, entre los siglos XIX y XXI, se han formado en universidades francesas, prolongando un vínculo académico de más de dos siglos. Hoy, esa relación se renueva con visitas como la de Catherine Bréchignac, secretaria perpetua de la Academia de Ciencias de Francia.
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Intervención en: De la razón a la locura, los nuevos desafíos del obscurantismo
Nota. Victoria Rodríguez G. Comunicaciones Academia Nacional de Medicina
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