Conferencia del Académico Dr. Diego Rosselli Cock, médico de la Universidad del Rosario, neurólogo de la Universidad Militar Nueva Granada, en la presentación de su libro Mil y más pueblos. La travesía del tinieblo rezandero.
En la presentación, el Dr. Rosselli tejió un interesante recorrido narrativo por la riqueza toponímica de los pueblos colombianos, desentrañando la historia y el significado oculto en los nombres de sus pueblos. A través de la geografía, se rastrean los antiguos territorios indígenas, reflejados en nombres como Anolaima, Sasaima, Bituima y Natagaima, territorios de los Panches, mientras que la historia asoma en nombres que evocan épocas de insurrección, como Armenia y Argelia. La toponimia no solo revela territorios, sino prioridades culturales, momentos históricos y decisiones relativas a su fundación.
Abordó el componente antropológico de la toponimia, en el que la diversidad étnica de Colombia queda registrada en nombres indígenas que han sobrevivido incluso a la desaparición de los pueblos que los crearon. En muchos casos, lo único que se conserva de esas culturas son los nombres de los lugares. Desde la lingüística, explora cuestiones tan curiosas como el género gramatical de los nombres —el Meta o La Guajira—, y cómo ciertas palabras se agrupan para formar nombres con identidad propia, como Planeta Rica.
Para el Dr. Rossellí, incluso se podrían categorizar las toponimias: la antropotoponimia, que proviene de nombres de personas como Uribia (Uribe Uribe) o Ragonvalia (Ramón González Valencia); la zootoponimia, con nombres inspirados en animales como Guacamayas o El Bagre; y la fitotoponimia, donde predominan plantas como Zarzal en el Valle del Cauca. También incluye litotopónimos que reflejan el terreno, como El Peñón, Mesetas o Planadas. Advierte una tendencia a la repetición de nombres como Argelia —en Antioquia, Cauca y Valle del Cauca—, Betulia —en Sucre, Santander y Antioquia—, Sabanalarga —en Antioquia, Atlántico y Casanare— o Villanueva —en Bolívar, Casanare, Santander y La Guajira—, o con leves variaciones en su escritura como Pueblorrico o Pueblo Rico.
Destaca los nombres indígenas como una de las herencias lingüísticas más ricas del país, con más de 400 municipios que llevan nombres nativos. Nombres de ciudades como Bogotá, Cali, Cúcuta, Tunja, o de municipios como Chimichagua, Tamalameque, Cumbitara, Cachipay, no solo conservan sonidos originales, sino que evocan paisajes, mitologías y memorias prehispánicas. Algunos, son monovocálicos con una sola vocal que se repite, como Aracataca, Somondoco y Opogodó en Condoto, Chocó.
La influencia de la religión, en especial del cristianismo y el catolicismo, dejó su impronta en nombres bíblicos como Jericó, Jordán o Jerusalén. Destaca especialmente la devoción a la Virgen María, presente en 30 municipios que llevan su nombre directamente —como Santamaría o Villamaría— o a través de sus advocaciones, como La Merced, El Rosario o El Carmen. Este último, El Carmen, es particularmente significativo, al punto de tener múltiples versiones como Carmen de Bolívar, Carmen del Darién y Carmen de Viboral, cada uno con su propia realidad y contraste.
Los santos también han sido fuente de inspiración para el nombre de 108 municipios, siendo San José el más recurrente, apareciendo en regiones tan distintas como Caldas, Santander, Guaviare o Chocó. Emergen nombres de santos menos comunes como San Antero o San Zenón. Las santas también están bien representadas, siendo Santa Rosa la más popular. Desde Santa Rosa del Sur en Bolívar hasta Santa Rosa en el Amazonas, su nombre adorna municipios que se extienden por todo el país.
Los nombres importados también forman parte importante del mapa de Colombia, desde los tiempos de la conquista hasta nuestros días. Muchos colonos, migrantes y fundadores trajeron consigo nombres de pueblos españoles e italianos. Cartagena, Sevilla, Ocaña, Pamplona, Florencia, Venecia, Génova se transformaron en nuevas entidades, ancladas ya no al viejo mundo, sino a las tierras fértiles, cálidas o montañosas de Colombia. Incluso, nombres procedentes de USA y México también han sido usados para bautizar municipios como Monterrey en Casanare, California en Santander o Pensilvania en Caldas.
La zootoponimia trae nombres cargados de significado. Desde Abejorral en Antioquia hasta La Hormiga en el sur del país, muchos de estos nombres dan cuenta de la huella de los primeros encuentros con la naturaleza hostil o exuberante. Las aves también prestaron sus nombres: El Guacamayo, La Cotorra, El Águila y El Paujil surcan los cielos y los registros de nombres por igual.
Los árboles y las plantas, testigos silenciosos de cada fundación, también dejaron su marca en la toponimia. Algarrobo, La Palma, Palmira o Guamal, que evoca la dulzura de la guama, se suman a esa lista de pueblos. La riqueza hídrica del país también ha dejado su huella en poblaciones como Aguachica, Aguazul, Quebrada Negra, Riofrío o Riosucio.
Los nombres que honran a personajes históricos también cuentan otra historia: la de la construcción de la identidad política del país. Colón, Belalcázar, Pizarro o Balboa, nombres de conquistadores españoles, figuran en el mapa. También, héroes y políticos nacionales, Gaitán, López, Restrepo, Caldas. Las heroínas también tienen su lugar: Policarpa, en Nariño, no solo lleva el nombre de la mártir, sino que está enclavado en una zona con algunas complicaciones en la región. Ábrego, -en honor a Mercedes Ábrego, heroina y mártir de la independencia en Colombia-, es una población cuna del río Catatumbo en Norte de Santander, un ejemplo de potencial y belleza que aún espera ser más reconocido.
Cada pueblo cuenta una historia y, para el Dr. Rosselli, el ejercicio debería ser aprender de cada uno.
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Conferencia completa en:
MIL Y MÁS PUEBLOS – LA TRAVESÍA DEL TINIEBLO REZANDERO
Nota. Victoria Rodríguez G. Comunicaciones Academia Nacional de Medicina
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